Opinión

  • | 2004/06/25 00:00

    Contradicciones de la competitividad

    La aceleración global en la innovación producirá desempleo y concentrará la riqueza. El planeta perdería parte de sus consumidores.

COMPARTIR

Bastante se ha repetido el problema social que acompaña la implantación del modelo neoliberal con la selección por el mecanismo de la competencia -tal vez más correctamente llamado 'depuración'-, en la medida en que selecciona a los eficientes y descarta a los ineficientes, pero sin decir qué debe suceder con ellos.

Es decir, produce una categoría de perjudicados que naturalmente estarán contra el orden que él crea y, al alimentar ese sector, genera su propia oposición. También en la medida en que desatiende ese efecto -que no reconoce la existencia de ese proceso y de los marginados que produce-, no le da tratamiento de inconformismo legítimo, con el carácter de problema político que requiere respuestas del Estado, sino que obliga a cada uno a buscarlas por su propia cuenta; tiende a convertir esa exclusión en subversión, delincuencia, y en general en las diferentes formas de violencia que dan una opción de supervivencia individual. Eso explica que guerrilla, paramilitares, miembros de las Fuerzas oficiales e, incluso, delincuentes pasen indiferentemente de un bando al otro, ya que no están motivados por el propósito 'idealista' de esas organizaciones: ni el recluta paramilitar está 'luchando contra la subversión', ni el soldado raso se alista por el ideal de defender al Estado, ni siquiera el guerrillero común y corriente aspira o espera derrotar al sistema para cambiarlo.

Pero las contradicciones de un sistema basado en la competencia también son de orden económico. Un muy interesante análisis producido por Wim Dierckxsens, uno de los pensadores del Foro Mundial de Alternativas, hace notar que el desarrollo tecnológico como fuente de competitividad está produciendo el fenómeno contrario al que se busca y al que producía hace algunos años1.

La idea central es que toda innovación tiene un costo que se amortiza a lo largo de su vida útil. La explotación de los tubos o diodos, su reemplazo por transistores y luego por circuitos integrados se desarrollaron en un tiempo y una variedad de aplicaciones que permitieron que el cargo a cada producto y a cada unidad fuera casi despreciable, convirtiéndose en una forma de reducir costos. Pero hoy los principios de la competencia para depurar el mercado y de ella alrededor de la innovación tecnológica hacen que el porcentaje del potencial que se explota sea cada vez menor y cada vez dure menos el período de esa explotación: además de requerir cada innovación inversiones sumamente altas, lo que debería ser su vida media no se agota sino que es superada antes por una nueva tecnología, lo cual hace que el costo de desarrollarla sea mayor que la rentabilidad que alcanza a generar.

Esto lo vivimos a diario con la capacidad de los computadores en cuanto a opciones de programas, velocidad, capacidad de procesamiento múltiple, etc., excesiva para muchos usuarios y en consecuencia inexplotada. Pero tienen que pagar por esa disponibilidad y están obligados además a actualizarse con equipos nuevos, a pesar de no tener nuevos usos o necesidades.

El avance tecnológico cumplía la función de mejorar la calidad de vida y, desde el punto de vista comercial, disminuir costos: el conjunto de mayor bienestar y mejores precios para ganar así consumidores era la razón de innovar; la novedad consiste en que el propósito hoy es eliminar las empresas rivales por medio de saltos a nuevas tecnologías, sin tener en cuenta la situación del consumidor.

Bajo la lógica competitiva, la vida media de los productos y de las tecnologías se acorta sin cesar. Mientras la reducción de los otros costos de producción -sobre todo laborales- supere el costo de desarrollo e implantación de la nueva tecnología, la tasa de ganancia en la etapa de la producción tiende al alza. Pero de lo contrario tenderá a la baja, desincentivando la inversión y reduciendo los márgenes de operación. Cuando la velocidad de la sustitución tecnológica y su costo sean tan grandes que sea imposible bajar los otros costos en la misma proporción, el principio de la competitividad choca con la racionalidad misma del capitalismo. Pero conservar productos o tecnología por mayor tiempo choca con el principio de la competitividad.

La respuesta de la mano invisible capitalista es salir de la esfera de la rentabilidad en la producción para buscarla en la redistribución: en vez de invertir en la generación de nueva riqueza con una tasa de beneficio menor (a veces, negativa) se invierte en la repartición de los mercados presentes, propiciando una concentración mayor que la existente.

Esto se ve en que la producción y la comercialización pasan a ser poco determinantes y las empresas con mayor capacidad de investigación y desarrollo serán las que fijen las pautas de supervivencia. Ninguna empresa de un país en desarrollo tiene ni tendrá recursos financieros (ni propios ni menos en el sector público) para competir en ese campo con las trasnacionales o con las entidades subvencionadas por universidades e institutos oficiales del mundo industrializado.

Se manifiesta también en que, mientras la velocidad de los cambios de tecnología obligue a reducir el tiempo de explotación de las innovaciones (disminuyendo usuarios y aumentando costos), seguiremos viviendo lo que se considera la característica de esta época: crecientes niveles de desempleo en todas partes del mundo (la reducción del costo laboral se produce más por la disminución de la nómina que por el deterioro del salario).

Desde la Economía Política, esto tiene dos efectos:

- En cuanto a los individuos, el mayor costo de los productos, y la necesidad de renovarlos más rápido hace que solo los más pudientes puedan acceder a las nuevas tecnologías. Y, como desde el punto de vista empresarial, la competencia con productos obsoletos lleva a la quiebra, no se podrá disminuir esa espiral de mayores costos. La tendencia será a amortizar en el menor tiempo posible -con el menor número de unidades- los gastos de innovación e introducción, o sea volviéndolos más inaccesibles a la masa menos rica.

- Esto produce desigualdad entre países pues cada país paga por esos costos (al amortizar el costo de innovación consumiendo los productos que de ella se derivan) así nunca la explote (algo similar a lo que pasa con la capacidad de los computadores personales). Y el control monopólico sobre patentes y propiedad intelectual permite concentrar en vez de redistribuir tanto el conocimiento como la rentabilidad de esos avances científicos.

Por último, la confrontación terminará siendo por el reparto del mundo entre las potencias y los capitales más poderosos; pero a costa de mayores precios en el ámbito productivo y de los ingresos de crecientes mayorías, o sea de la capacidad de consumo del mundo entero. La noción elemental de que si no hay consumo hay recesión llevará inevitablemente a que no habrá país ni capital triunfante y como le dice el autor: 'La única victoria será ser el último perdedor'.



1. 'El ocaso del capitalismo y la utopía reencontrada', Wim Dierckxsens, Ediciones Desde Abajo, Bogotá, Colombia, 2003.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?