Opinión

  • | 2010/04/30 12:00

    Consumo y nación en el siglo XIX colombiano - Ana María Otero Cleves

    En 1822, el periodista norteamericano William Duane, gran entusiasta de las guerras de independencia en Latinoamérica, describió a sus lectores las condiciones del mercado en la plaza mayor de la capital de la nueva República de Colombia.

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Por Ana María Otero Cleves
Candidata a doctora en historia de la Universidad de Oxford


“Acá pueden verse –manifestó el periodista– los productos de todas partes del mundo, de Japón y China, India, Persia, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y Holanda, y por último y no menos importante, de los Estados Unidos”. Según Duane, la variedad de productos importados que se vendían en Bogotá era enorme. Ropa, sombreros, cubiertos, vajillas, telas, vinos y alimentos aparecen en sus descripciones, así como en las largas listas de las estadísticas oficiales de la época. Estas importaciones fueron, sin duda, una parte importante de la historia del país después de la independencia, no sólo desde el punto de vista económico, sino cultural y social. Su consumo no se limitó a la búsqueda de una identidad ‘civilizada’ por parte de las clases más acomodadas, sino que estableció como un mecanismo para suplir las necesidades de un sector amplio de la población del país y constituyó, de esta forma, un reflejo del escaso desarrollo industrial de Colombia a lo largo del siglo XIX.

La impresión frente al consumo de bienes extranjeros durante este período de la historia colombiana, ha sido, por lo general, que dicho consumo se limitaba a paños ingleses y sedas francesas o, en otras palabras, a los bienes de lujo. Si bien algunos colombianos importaron o trajeron de sus viajes a Europa, objetos y ajuares a la última moda, estos constituyeron sólo una parte de los productos extranjeros consumidos en el país. Aunque importantes social y culturalmente, los bienes de lujo no fueron los únicos, ni mucho menos los más significativos productos importados a lo largo del siglo. Colombia importaría todo tipo de bienes, desde telas baratas de algodón hasta instrumentos musicales, almendras y aceitunas, vinos y harina, damajuanas y baterías de cocina, medicamentos, jabón y agua de florida, fósforos y velas, artículos para dentistas, imprentas y papel, máquinas de coser, tijeras y trapiches, entre muchos otros artículos enlistados en los anuncios de prensa de la época y los anuarios estadísticos de mitad de siglo.

Después de la independencia se esperaba que Latinoamérica proporcionara una masa importante de consumidores. Los comerciantes ingleses, por ejemplo, vieron en el mercado latinoamericano una nueva fuente de recursos. Con un entusiasmo que años más tarde les parecería desmedido, proclamaron la apertura de este nuevo mercado para sus productos y tomaron las acciones necesarias para incentivarlo –como el otorgamiento de los préstamos británicos de 1821 y 1824–. Solo faltaba que el país, como lo manifestaría en 1823 el cónsul general de Inglaterra en Colombia, James Henderson, una vez ‘conocedor de la libertad y del progreso’, se recuperara de las sanguinarias guerras del período independentista y comenzara a desarrollar sus propias fuentes de ingreso. Henderson consideraba, además, que a los actuales consumidores latinoamericanos se les unirían, no en poco tiempo, la población indígena y la mestiza.

Pero una vez imposibilitado el gobierno de la nueva República a pagar sus deudas y reducida la inversión extranjera, la economía entre en un período de estancamiento, así como el impulso de sus importaciones. Con todo, los bajos precios del mercado mundial, al menos en lo que respecta a los textiles de algodón, favorecieron la importación de este tipo de productos, convirtiéndose los textiles en el ramo de importación más importante del país durante el siglo XIX. Para 1850, el mercado de importación se recuperaría gracias a la estabilización de la economía de exportación; un período de crecimiento que se mantendría hasta la década de los años 80. De 1850 a 1880, Gran Bretaña suministraría alrededor del 50% de los bienes importados al país, mientras Francia aportaría un 25% adicional. Alemania, por su parte, participaría más activamente a partir de la década de los setenta, junto con los Estados Unidos. Para las dos últimas décadas del siglo las importaciones vuelven a estancarse hasta comienzos de la Primera Guerra Mundial.

Evidentemente, a pesar de los primeros intentos industriales en la década de los treinta –fábricas de vidrios, de papel, de loza, entre otras– la industria nacional no fue capaz de proveer al país con la mayoría de los bienes de consumo demandados por su población. Pero ello no significó, sin embargo, el desconocimiento de los gustos y de las demandas locales por parte de los comerciantes nacionales y extranjeros al momento de seleccionar sus productos. En Lancashire los comerciantes encargaban modelos especialmente diseñados para el mercado colombiano, entre ellos carmelitas, bayetas y ponchos, y otras manufacturas aptas, por ejemplo, para el mercado de Barranquilla, pero no para el de Bogotá. Conocían los colores que preferían los consumidores colombianos, colores mucho menos brillantes que los solicitados en México, así como el tamaño en que debían ser cortados los textiles dependiendo del uso que se les daría y de su calidad.

A lo largo del siglo XIX los bienes extranjeros fueron consumidos por gente acomodada, artesanos, obreros y campesinos del país. Pero como lo indicaría, P.L. Bell –ya a principios del siglo XX– no en la misma proporción, ni de la misma manera. Mientras que la gente acomodada consumía vinos y licores importados, y vestía ropa, zapatos y sombreros extranjeros, los burócratas y los artesanos –aseguraba Bell– consumían menos bienes europeos, exceptuando los textiles. Los obreros, por su parte, se encargaban de tomar la mayor parte de la producción manufacturera nacional. Finalmente, quedaban –según la esquemática descripción del norteamericano– los habitantes de las costas y de los valles de interior del país. Estos tendrían en sus manos, como únicos objetos importados, géneros del más barato algodón y un machete –seguramente, un muy preciado machete alemán–. Colombia tendría que esperar hasta la segunda década del siglo XX para que sus dinámicas de consumo cambiaran; para que la industria nacional y los cambios del mercado mundial dieran un giro a la economía de importación del largo siglo XIX.

 

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