Opinión

  • | 2004/10/01 00:00

    Consagrarse al trabajo: ¿problema de ego?

    Todos nos dejamos seducir por el resultado a obtener y esto alimenta nuestro ego. Tanto el deseo de éxito como el temor al fracaso son una manifestación de ese ego.

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He llegado a pensar que la consagración total al trabajo y a tener éxito a cualquier costo -la pareja, la familia, la salud personal- es una manifestación del ego. Ese ego nos lleva a sentir que lo que nosotros pensamos, sentimos y hacemos es fundamental para el trabajo, es importantísimo y nadie más lo puede hacer tan bien como nosotros mismos. Entonces madrugamos para realizar esas tareas tan importantes, nos trasnochamos, llevamos trabajo a la casa y todo por sacar una tarea adelante que seguramente es clave, claro que sí, pero ¡no la tendríamos que hacer solos o solas, ni con tanto afán ni tanto desgaste! Y todo porque en el trabajo recibimos un reconocimiento externo, sea en especie o en alabanzas o en recompensas de distinto orden. Y el ego crece y crece con la sensación del famoso deber cumplido. Y entonces trabajamos de día y de noche y los sábados y los domingos y los festivos. Y evitamos cualquier error y nos aseguramos de que todo salga bien, que el edificio de la compañía se construya muy bien y en tiempo récord, que la plata se multiplique, que la gente produzca, que se abran nuevas sucursales, que ganemos los premios nacionales e internacionales. Y sigue creciendo el ego. Asumimos directamente todas las responsabilidades en cualquier nivel para garantizar así obtener cada vez un mayor y mejor nombre para la compañía y para nosotros mismos.

Creo que esta es una trampa más del ego que nuestro sistema económico ha aprovechado muy bien. Como me decía una alta ejecutiva caleña soltera al retirarse de la vicepresidencia de un grupo nacional: "me creí el cuento de la importancia que yo tenía para la compañía. Trabajaba a todas horas. Me sentía feliz con los resultados y con las ponderaciones que me hacían mis jefes. Me hicieron creer que era fundamental para la compañía y trabajaba más y más. Que el jefe me creía, que me escuchaba, que tenía en cuenta mi opinión. Y yo flotando por las nubes. Hasta que salí por un conflicto y no pasó nada, la compañía siguió exitosa y a mí tampoco me pasó nada".

Me temo que hombres y mujeres caemos en este éxtasis del trabajo que alimenta el ego. Todos nos dejamos seducir por el resultado a obtener y esto alimenta nuestro ego. Tanto el deseo de éxito como el temor al fracaso son una manifestación de ese ego.

Al entrevistar mujeres exitosas, he encontrado una consagración al trabajo a costa de todas las demás dimensiones de su vida. En muy buena parte esta es la condición que les ponen las organizaciones, como lo he mencionado en columnas anteriores, que funcionan bajo un patrón fundamentalmente masculino. Y es de nuevo una manifestación de esos valores que aprecian tanto los hombres: la visibilidad de su gestión, el reconocimiento del medio y la obtención consecuente de prebendas para sus organizaciones. Y las mujeres obviamente entran a jugar con las mismas reglas y a cumplir como ellos. Y quizá es lo que tienen que hacer. Cuando me dicen que aman su trabajo, me atrevo a pensar que han caído en la trampa del ego. Quizá por eso cada vez más mujeres se han volcado al trabajo externo al hogar que les permite "ser importantes" y sentirse exitosas.

Si miramos a su vez las tareas del hogar, ¡qué tarea más silenciosa! Lo que quiero señalar aquí, por contraste, es que en las diversas tareas del hogar puede uno -hombres y mujeres- aprender a desarrollar el gusto por ese trabajo silencioso que le permite a uno estar en contacto con uno mismo y disfrutar la tarea por la tarea, sin aspiraciones, sin aplausos, de manera repetida y constante, en una especie de eterno presente. Lo mismo puede suceder también en el desempeño profesional en distintas ramas que recibe poco o ningún reconocimiento social evidente.

El desafío es realizar nuestro trabajo en las organizaciones sin alimentar el ego, sin dejarnos seducir por la importancia que nos pueda conceder y con la generosidad y entrega que realizamos las tareas del hogar, cuando así lo hacemos: sin expectativas y con una consagración total a cada momento. El resultado: equilibrio entre las diferentes dimensiones de nuestra vida y un mayor desarrollo interior, todo lo cual tiene a su vez un alto beneficio social.



conniedesantamaria68@hotmail.com
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