Condiciones para mi candidatura

| 6/22/2001 12:00:00 AM

Condiciones para mi candidatura

El poder con diminutivos es patético. Para ejercerlo se requiere grandeza.

Mi mamá, una señora que hacía suspiros en la casa de mi abuela y mi perro consideran que yo sería un fantástico candidato presidencial. Yo, en forma modesta, les he dicho que no creo que sea el momento. Ellos tercamente insisten. Por eso, he considerado necesario, ante este clamor popular, poner algunas condiciones antes de lanzarme a prestarle este servicio al país. Mis condiciones son:



Que no me toque tener opiniones llenas de cifras preparadas por doscientos asesores sobre los cultivos de champiñones salvajes, la ortodoncia en el Huila o el proyecto de una planta ensambladora de Harley Davidson en el Vichada para capturar, vía planchón, el mercado brasileño y el venezolano. El país necesita gobernantes con marcos ideológicos, no remedos de esas enciclopedias por fascículos que uno compraba en las droguerías y que con el uno le regalaban el dos.



Que no me toque ser diferente, ser el cambio o ser una nueva forma de hacer política. Eso se lo dejamos a las reinas, a quienes les encantan los niños, tienen una linda relación con sus papás, van a promover el currulao y quieren la paz. Lo de tener silicona en las nalgas, en últimas, no le hace daño a nadie. Lo que sí es gravísimo es tener silicona en el cerebro. Por eso, me niego a ser diferente y a proyectar una imagen fresca y no tradicional de la política. O hacemos campañas políticas o hacemos campañas de jabones. Es que aquí las dos se nos han vuelto una.



Que después de indignarme contra el Congreso, contra el uso de celulares por los ministros, contra los auxilios parlamentarios, alguien quiera oír algo sobre la distribución del ingreso, sobre el desplome del ahorro, sobre la definición de lo que es bien público y lo que es bien privado, sobre el límite de los derechos de las mayorías y los de las minorías. Que alguien quiera oír algo sobre lo que realmente afecta el bienestar de los colombianos, pero que por no tener nombres ni apellidos, ni pruebas reinas, ha pasado inadvertido para las Unidades Investigativas de los periódicos y para nuestros radiales divos mañaneros.



Que los grandes grupos económicos de este país entiendan que sus empresas valen más estando en un país que en una finca. Que mientras sigan tratando el país y sus instituciones como una finca, nunca tendrán empresas sino empresitas; que nunca serán ricos sino riquitos. Que entiendan que el poder con diminutivos es patético; que para ejercerlo se requiere grandeza.



Que la Corte Suprema de Justicia nombre a un Fiscal que no sea heredero de odios, que no sea cuota de nadie, que garantice la seguridad jurídica, que ejerza la justicia con todo su vigor, que no sea simplemente la venganza de la venganza de la venganza del ocho mil. Que no me toque vengarme de nadie, que se pueda volver a gobernar con ideas más que con indignaciones, con odios, con rencores o con lugares comunes.



Mientras escribía esto, mi mamá adhirió a Noemí, porque le vio un sastre divino. La señora de los suspiros adhirió a Serpa, porque "el único godo bueno es un godo muerto". Mi perro, que es lo que más me duele, adhirió a Alvaro Uribe. No hay derecho. Yo me quedé aquí solo, por estar hablando bobadas. Odio la política. Mentiras.
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