Opinión

  • | 2007/02/16 00:00

    Cómo van cambiando los valores

    Presentar el narcotráfico como delito mayor y como conciliables los de lesa humanidad busca que se acepte a quienes llegaron al poder y coinciden con los paramilitares en un modelo de Estado.

COMPARTIR

Hasta hace poco entre un individuo que se guiaba por los principios y uno que se preciaba de ser pragmático se favorecía al primero, al punto de que se consideraba casi una ofensa que se pensara lo contrario. Hoy, quien no es 'pragmático' y aún defiende los principios es visto como un tonto.

El reflejo de esto en la sociedad hace que hayamos aceptado que las violaciones a los Derechos Humanos o al Derecho Internacional Humanitario son más tolerables que el tráfico de drogas, tanto que se ve lo último como inadmisible pero el paramilitarismo como un mal menor, cuando no se califica de 'necesario'. Incluso ante la misma guerrilla se presenta su vínculo con las drogas como una causal mayor de persecución que su actividad subversiva.

La explicación de esto es que son los 'aires de la época', porque la visión estadounidense los impone. En efecto, Estados Unidos ha mantenido como base de su relación con el mundo que no acepta la igualdad entre todos los países y menos entre todos los humanos, y que, siendo su prioridad absoluta el ciudadano estadounidense, no tiene ese país por qué someterse a leyes universales. Bajo el gobierno de este Bush en particular, lo que atente contra el interés del estadounidense o de su sistema justifica cualquier comportamiento, por ser considerado de mayor gravedad que lo que atente contra los principios que serían comunes a toda la humanidad.

La definición que dieron los estadounidenses de 'problema de seguridad nacional' no necesariamente corresponde a una realidad, aunque sea potestativo de sus autoridades declararlo; en todo caso, mal se puede atribuir a los colombianos la culpa de la prosperidad del consumo en Estados Unidos, cuando la demanda es cinco veces la de los países que simplemente lo consideran un problema de delincuencia porque nace de las mismas causas socioculturales que hacen que en Estados Unidos las tasas de homicidios o los porcentajes de población bajo la línea de pobreza sean cinco veces los de Europa; además el objetivo de 'tolerancia cero' es irreal y el método de persecución con la calificación de ilegal no ha logrado su control o reducción, sino su multiplicación.

'La droga' no hace referencia a algo concreto, sino a una abstracción que se identifica con la ilegalidad, por eso cobija por igual productos realmente nocivos como la heroína, y otros ya reconocidos como más inocuos que cualquier droga legal (como la marihuana en comparación con el alcohol, el cigarrillo o los fármacos). Es una imposición de Estados Unidos, que la requiere en parte como argumento de legitimidad para intervenir en el extranjero, y en parte como condición para mantener dentro de su política interna el poder del llamado cartel de la moral (toda la burocracia de la DEA, los congresistas de ultraderecha, cuya elección depende de su posición antidrogas, etc.).

Tal es la causa de que esa actividad sea el alimento que dinamiza la guerra y multiplica la delincuencia entre nosotros. El delito de tráfico de droga puede acompañarse de delitos de lesa humanidad pero no es de la esencia del mismo y no los hace comparables.

La estadística de 11.200 víctimas con nombre propio entre muertos y desparecidos entre 2002 y 2006 por los paramilitares —según datos de la Comisión Colombiana de Juristas—; o el reconocimiento en la primera confesión paramilitar (de Mancuso), según la cual entre las masacres colectivas o asesinatos selectivos que produjeron 7.000 víctimas 'solo' recuerda el nombre de algo más de trescientos; o los datos de la Fiscalía, según los cuales ya se conoce la ubicación de 4.000 fosas comunes aunque por falta de personal y recursos 'solo se han exhumado los cadáveres de 500' (¡!!)… todos estos revelan delitos de lesa humanidad, porque son consecuencia directa y parte esencial de un proyecto de Estado que se basa en ellos.

A pesar del intento de Colombia para que se incluyera el narcotráfico en el Estatuto de Roma (como delito de lesa humanidad) esto fue negado. Por eso, darle mayor gravedad o mayor importancia a ese delito que al paramilitarismo puro es otra forma de desdibujar la realidad de la mayor barbarie que ha sufrido la Nación. Al igual que pretender solo hacer juicios por responsabilidades personales o acudir al expediente de 'todos somos culpables', con esto lo que se busca es disminuir la gravedad de lo sucedido: ¿cómo se entiende que sea censurable que se eligiera a determinados protagonistas (hoy sindicados) con los votos conseguidos mediante esos métodos, pero que los mismos votos sí sirvan para elegir a sus suplentes o al Presidente, ¿o que —como lo pidió el Presidente— sigan votando las leyes que desarrollan su proyecto mientras los meten a la cárcel , ¿o para dar legitimidad a las leyes que desarrollaron sus propósitos (como la reforma para la reelección)? Presentar como delito mayor el narcotráfico y como conciliables o transables los delitos de lesa humanidad permite maquillar la realidad para que el país acepte la forma en que gracias a los métodos de los paramilitares llegaron al poder quienes coinciden con ellos en un mismo modelo o concepto de Estado.

Aceptar que los narcotraficantes entren en los procesos de 'Justicia y Paz' es cuestionable, pero no porque sus delitos merezcan más rechazo que los otros, sino porque no debería existir esa situación en la que se muestra más benevolencia hacia quien ofende la conciencia de la humanidad que hacia quien viola unas reglas —probablemente transitorias— impuestas por autoridades extrañas al país.

Lo que estamos haciendo es seguir los parámetros de valores de Estados Unidos como si fuésemos parte de ellos, y distanciarnos del resto de la humanidad y de los valores de los cuales hasta hace poco nos preciábamos de ser ardientes defensores.

Después de aceptar que ese fenómeno paramilitar fue una necesidad política 'que ya cumplió su ciclo' —como lo dijera alguna vez el Presidente—, siguiendo esa línea procederemos a 'flexibilizar' el concepto de tortura; o a acabar con el habeas corpus (como ya de hecho se intentó); o a montar cárceles a lo Guantánamo, donde no se viola el debido proceso porque simplemente no existe proceso (lo que sucede con cualquier proyecto político totalitario y con cualquier gobernante mesiánico); o podremos ser sujeto de interceptación a nuestras conversaciones privadas por la simple voluntad del gobernante (como ya sucedió); o lanzaremos ya no guerras pero sí 'operaciones preventivas' internas contra quien se suponga enemigo del Estado o del gobierno; o con el respaldo del gobierno Bush seguiremos considerando inconvenientes los acuerdos humanitarios.

En el fondo, el cambio de valores ante el cual estamos es renunciar a la historia, a la filosofía política que nos identificaba como respetables miembros de la comunidad internacional y nos daba autoridad moral para defender causas ajenas o solicitar solidaridad con las nuestras, para encontrarnos ahora adhiriendo a la que da prioridad a los egoísmos nacionales o las vanidades personales, la que privilegia la fuerza sobre la razón y sobre el consenso, la que es indiferente al cuestionamiento que eso produce, la que no solo se margina del resto de los países, sino los confronta.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?