Opinión

  • | 2010/09/17 00:00

    Cómo monitorear la calidad de vida urbana

    Una nueva forma de monitoreo urbano puede hacer más efectivos a los sistemas de seguimiento, como el Bogotá Cómo Vamos.

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Viena ocupó el primer puesto como la ciudad más vivible del mundo según el reporte de Calidad de Vida, de Mercer, en su edición de 2010, uno de los muchos rankings de ciudades basados en los criterios de “expertos internacionales”. En América Latina las ciudades mejor libradas fueron Montevideo con el puesto 70 y Buenos Aires con el 72.

A pesar del despliegue que suelen recibir estos rankings, son de poca utilidad para los habitantes de las ciudades o para los alcaldes, que deben preocuparse por el bienestar de la ciudadanía. ¿De qué serviría que Bogotá o Lima ocupen un puesto mejor en estos rankings internacionales si no pueden responder a las necesidades más básicas de sus habitantes?


Por eso, numerosas ciudades y países han establecido sistemas de monitoreo de la calidad de vida urbana teniendo en mira los intereses y necesidades de sus habitantes, en lugar de los criterios de los “expertos”.


Entre los países en desarrollo, los sistemas más destacados se encuentran en varias ciudades de Colombia y Brasil. Aunque son menos estructurados que los que existen en algunos países desarrollados, algunos de estos sistemas de monitoreo tienen mayor flexibilidad para explorar temas de interés inmediato de la ciudadanía. El sistema Bogotá Cómo Vamos es un verdadero termómetro de la opinión pública sobre los principales aspectos de la ciudad, que ha servido de ejemplo para otras ciudades en Colombia y en otros países.

Hay dos rasgos interesantes, aunque problemáticos, en los sistemas de monitoreo de la calidad de vida urbana del estilo del Bogotá Cómo Vamos. El primero es mezclar información objetiva con opiniones, sin ninguna interconexión entre los dos tipos de variables.

 

Es difícil argüir que la calidad de la vida en las ciudades pueda ser monitoreada usando solo información objetiva o solo opiniones subjetivas. Muchos aspectos de la vida urbana no se prestan a la medición objetiva, por ejemplo la belleza del ambiente urbano, la percepción de seguridad o la confianza en los vecinos. Pero los indicadores subjetivos pueden ser engañosos, debido a falta de información pública, a sesgos culturales, a que la gente está habituada a ciertos problemas o a que carece de aspiraciones.

 

Por ejemplo, un deterioro en la percepción de inseguridad puede reflejar que la gente está más consciente de un problema que ya existía, aunque la situación “objetiva” no haya cambiado. Por eso es crucial entender la relación entre los indicadores objetivos y subjetivos y aprovecharla en forma complementaria para enriquecer la interpretación de unos y otros.
 
El segundo rasgo problemático es la inclusión de numerosos temas. Puede parecer necesario que cualquier sistema de monitoreo de la calidad de vida urbana tenga que cubrir muchas dimensiones de la vida urbana, pero la gran variedad de indicadores puede entorpecer, más que facilitar, el proceso de discusión y formulación de las políticas más necesarias en cada momento.

Un ambicioso proyecto del Banco Interamericano de Desarrollo, en el que participaron equipos de investigación de seis países latinoamericanos, desarrolló y puso a prueba en forma experimental un nuevo método de monitoreo de la calidad de vida urbana que intenta resolver los dos problemas mencionados.1

La clave del método consiste en entender de qué forma los distintos aspectos de la vida urbana afectan, por un lado, el precio de mercado de las viviendas y, por otro, la satisfacción con la vida de las personas.


 

Los precios de venta o de alquiler de las viviendas de una ciudad son una síntesis del reconocimiento que le da el mercado a las distintas características o atributos, no solo de la vivienda misma, sino del vecindario donde se encuentra. Desde el estado de los andenes y las facilidades de transporte hasta la cercanía a centros comerciales y zonas verdes pueden afectar los precios de las viviendas.

Por supuesto, no todas las características de los barrios que importan para el bienestar de la gente se reflejan en los precios de las viviendas. Aquí es donde entra en juego la satisfacción con la vida (que puede medirse preguntándole a la gente qué tan satisfecha se siente con su vida en una escala de cero a diez). Los estudios han encontrado que, por ejemplo, el clima de seguridad y la cercanía a centros deportivos y culturales hacen que la gente sienta una vida más plena, aunque estas cosas se reflejen muy poco o nada en los precios de las viviendas.

Si una ciudad gasta más en proveer los bienes o servicios que influyen en los precios de las viviendas, implícitamente les hace una transferencia de riqueza a ciertos dueños de viviendas y no a otros. Y si gasta más en resolver los problemas que afectan la satisfacción con la vida le hace una “transferencia de felicidad” a quienes más afectados están por esos problemas. Esto tiene implicaciones muy importantes: lo primero puede ser financiado con impuestos a la propiedad, mientras que lo segundo no, pero esto no significa que solo lo primero merezca recursos públicos. Cualquier barrio debe tener no solamente buenos andenes y buenas vías, sino también seguridad y áreas de recreación y cultura.

El método propuesto permite comparar los beneficios de ambos tipos de gasto porque la “transferencia de felicidad” que resulta de, por ejemplo, resolver el problema de seguridad de un vecindario puede expresarse en dinero y compararse con la “transferencia de riqueza” que resulta, por ejemplo, de construir vías que valorizan las casas. Esto equivale a preguntarse cuánto dinero habría que darle a quien vive en un barrio que se ha vuelto inseguro para que volviera a sentirse igual de satisfecho con su calidad de vida como cuando el barrio era seguro. Este es el valor de la seguridad para este individuo, y puede compararse con la valorización de los precios de las viviendas que generaría la construcción de más vías.


Los estudios han encontrado que el valor de la seguridad es muy grande (aunque depende de si la gente se ha habituado o no al problema), y que por consiguiente el gasto público en seguridad puede ser muy “rentable” socialmente hablando. Y así pueden valorarse los diversos aspectos de la vida urbana que no influyen en los precios de las casas, pero de los que depende la calidad de vida de una ciudad desde el punto de vista de sus habitantes.

Un método de monitoreo como el descrito puede por lo tanto ayudar a identificar qué cosas son importantes para el mercado de vivienda, qué cosas influyen en la satisfacción con la vida de los ciudadanos, cuánto se puede gastar en unas y otras cosas dados sus beneficios (económicos y no económicos), cómo se pueden financiar esos gastos y quién se beneficiaría con ellos.

De esta manera se logra combinar en forma organizada la información objetiva y subjetiva sobre los aspectos centrales de la calidad de vida urbana y responder a preguntas que son cruciales para que cualquier alcalde preocupado por el bienestar de los ciudadanos pueda medirle el pulso a su ciudad en forma continua, comunicarse con los ciudadanos teniendo en mente sus problemas e intereses, y tomar decisiones basadas en información.

1 Lora, Powell, van Praag y Sanguinetti, The Quality of Life in Latin American Cities: Markets and Perception, BID y Banco Mundial, 2010.

Nota 1: el autor está vinculado al BID pero se expresa a título personal.
Nota 2: el Instituto de Desarrollo Económico y Social (Indes) del BID ofrecerá próximamente un curso virtual de introducción a esta nueva generación de sistemas de monitoreo urbano.

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