Opinión

  • | 2003/10/04 00:00

    Cómo nos afecta el machismo

    Mujeres y hombres por igual nos encargamos de mantenerlo.

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Hace poco en el parque, cuando unos recreadores estaban dirigiendo un grupo de niños y niñas de 5 a 7 años para que se deslizaran por un tobogán, escuché a una mamá decirle a su pequeño de 5 años que se resistía a participar:

"¿No te vas a lanzar? ¿Quieres que piensen que eres una nena?"

Esta frase expresa en toda su extensión y profundidad cómo el machismo está metido en nuestras relaciones y cómo las madres nos encargamos de transmitirlo y cultivarlo. No ser macho (léase arrojado, valiente) es lo peor y peor aún: ¡parecerse a una nena! Este mensaje de la superioridad del macho -y las consecuentes exigencias que se le hacen de ser siempre el que manda y se impone- y del sometimiento de la mujer en todas las dimensiones, queda grabado en los tres cerebros (izquierdo-pensamiento, derecho-emociones y central-acción) y, por consiguiente, guía todas nuestras acciones, afecta nuestras emociones y define nuestras posiciones ante la vida y nuestra concepción del deber ser.

El machismo es una poderosa forma de enfatizar y mantener las diferencias entre los sexos, es la certeza de "la preeminencia de lo varonil y viril". En las actitudes cotidianas se traduce en el valor que se demuestra en las batallas, en la respuesta airada ante cualquier insulto, en la incapacidad de ceder y en una actitud agresiva y dominante hacia las mujeres. "El macho impone su voluntad", dicen los autores de un libro sobre la historia de algunas mujeres latinoamericanas famosas (Henderson & Henderson*).

Pero el machismo no es un evento histórico de tiempos pasados, al menos en América está vivo y presente en todos los espacios de nuestras relaciones en el hogar, en el trabajo, en las amistades y en el poder público. Y se mantendrá presente mientras nosotras las mujeres sigamos educando a nuestros hijos como personas que merecen ser atendidas, de diversas formas, por nosotras las mujeres. El mensaje es muy claro: lo masculino es más: más importante, más válido, más fuerte, más todo. La prelación y la predominancia de la visión y los valores de lo masculino llevan a asumir que solo hay una forma de hacer las cosas bien: la masculina, lo cual afecta tanto a los hombres como a las mujeres. Ellos gozarán o sufrirán de esta exigencia de ser siempre los machos, de imponer su voluntad a toda costa. Y ellas, por la misma predominancia, o se pliegan a sus exigencias o se comportan como hombres, en la esperanza de recibir los privilegios asignados a ellos.

En las organizaciones contemporáneas esto se manifiesta de múltiples maneras que afectan a ambos sexos. De acuerdo con investigaciones recientes, nuestras mujeres ejercen el liderazgo de forma particular, lo que podría llamarse un liderazgo femenino. Este se manifiesta, por ejemplo, en su inclinación a trabajar en equipo, a convocar a su grupo y lograr consensos, en lugar de dar órdenes. Este estilo puede respetarse y aceptarse como diferente al patrón masculino de dirigir e imponer, al ser visto como propio de la mujer. Lo que no se acepta, o se mira con sospecha, es que un hombre trabaje de esta forma y cuando alguno busca el consenso y ejerce su liderazgo convocando voluntades, se tiende a considerarlo inepto, débil e incapaz.

Todos los esquemas mentales, en este caso el machismo, limitan nuestra capacidad de aprender y de cambiar, porque frente a una determinada situación, reaccionamos con el esquema y dejamos de ver lo específico de la nueva situación. Cambiar es muy difícil; cambiar a otro lo es más. Por eso, es tan importante que nos demos cuenta del efecto de esos esquemas, en este caso del machismo, para no reproducirlo ni como mujeres ni como hombres porque alimenta una forma de relacionarse que perpetúa la discriminación y la violencia.



* Diez mujeres notables en la historia de América Latina, 1978.
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