Opinión

  • | 2004/10/29 00:00

    Comentarios a un comentario sobre China

    Quienes hablan de los excelentes resultados de China, cuestionan su modelo político y descalifican el camino tomado, sin darse cuenta de la contradicción que esto implica.

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Al referirse al crecimiento de China (superior al 9% anual en promedio en los últimos 20 años), el Ministro de Comercio Exterior escribió: "Los ingredientes de la receta son fáciles de establecer: un volcamiento sobre el comercio exterior de tales magnitudes que entre 2000 y 2003 las exportaciones chinas, como proporción del comercio global, pasaron del 3,9 al 6,0%; y enormes flujos de inversión extranjera que hoy equivalen al 40% del PIB.

"Las lecciones para Colombia saltan a la vista. Si un país con un mercado doméstico de casi 1.300 millones de personas opta por un modelo de desarrollo jalonado por su sector externo, con cuánta mayor razón tiene que resultar adecuado para una nación de tamaño mediano cuya población es 30 veces menor (.)".

Esta simplificación permite señalar lo que puede ser la controversia de fondo respecto a la globalización y a las negociaciones de tratados como el TLC.

En efecto, el doctor Jorge H. Botero omite que esta política y este crecimiento se dieron bajo un régimen en que, con el nombre que se le quiera dar, es el Estado quien dirige la economía, no estando presionado por grupos de intereses privados, ni sujeto a la manipulación que estos hacen de las emociones o pasiones de un electorado. Es decir, ha sido un desarrollo basado en la planeación y la intervención máxima del Estado, mediante la continuidad y el poder que solo se pueden dar en un gobierno autocrático y totalitario.

El otro punto que omite es que este logro no ha sido bajo la tutela ni siguiendo los lineamientos o planteamientos de los órganos de poder internacionales (Fondo Monetario Internacional o Banco Mundial), ni con base en las 'políticas de ajuste' o de 'estabilidad macroeconómica' que predican como religión esas entidades, ni siquiera por medio de la integración a la Organización Mundial del Comercio que hoy parece tan importante.

La diferencia es alrededor de cuál camino es el mejor para la globalización, si debe ser dirigida y adelantada mediante la planeación y la intervención profunda del Estado, o si, según lo indican de esas entidades, es mejor vía la capacidad competitiva de los empresarios particulares y el 'mercado'.

No se trata de debatir sobre si Colombia debe someterse a un régimen totalitario y autocrático, pero el raciocinio del Ministro, si fuera completo, llevaría a esa conclusión.

Lo que sucede es que en cuanto a libertades (o democracia) y desarrollo desde el Estado, 'lo que en lo uno se pierde, en lo otro se gana'. Por eso, aunque no fuera bajo un régimen comunista, los milagros de Corea, Taiwán, Singapur o el mismo Japón tuvieron un esquema similar al de China: capacidad y poder del gobierno, tanto en continuidad como en autoridad, para mediante la planeación y la intervención estatal volcarse hacia el comercio internacional (como dependió también del poder y la permanencia de Pinochet -se sabe a qué costo- el relativo éxito de los Chicago Boys en Chile).

Y muy seguramente, al igual que sucedió a esos países, el desarrollo político hacia tendencias más democráticas traerá alguna disminución en las tasas de crecimiento de China (como en efecto ya está sucediendo).

Como a veces hay que acudir a perogrulladas, lo cierto es que en cuanto al aspecto 'desarrollo económico' los resultados dependen del modelo de desarrollo por el cual se opte; y que el éxito en la implementación depende más del sistema político que del manejo económico. Como todo modelo de desarrollo tiene también un aspecto político y uno 'social', cómo se armonizan estas tres dimensiones y cuáles son los objetivos buscados en cada una, es lo que define el tipo de Estado y de gobierno que deseamos.

Lo paradójico es que quienes hoy argumentan los excelentes resultados en crecimiento de China presentándolo como ejemplo, son quienes cuestionan su modelo político y descalifican el camino tomado, aparentemente sin darse cuenta de la contradicción que esto implica.

En cuanto a nuestro caso, es claro que no tenemos ningún 'modelo de desarrollo': en el Gobierno actual solo existe un plan de 'seguridad democrática', y como Estado funcionamos solo alrededor de los parámetros que desarrollan e imponen el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para el manejo macroeconómico.

En este sentido es interesante también que, según parece, el más reciente premio Nobel de Economía fue otorgado por trabajos que ponen en entredicho la importancia y preeminencia de la 'estabilidad macroeconómica' como condición básica para el crecimiento; que, sea cual sea el valor o la importancia que se otorgue a estos premios, es significativo que todos los más recientes los han recibido autores que cuestionan la ortodoxia imperante; y que el que llaman 'Testamento Intelectual de Galbraith' concluya que la sabiduría convencional económica está trufada con falsas ideologías, porque no existen leyes naturales de la economía sino construcciones ideologizadas para que haya ganadores y perdedores.

Sería sano dudar más y ser menos fundamentalista, tanto en cuanto a lo científico como a lo ideológico, cuando de tomar decisiones que afectan a toda la población y a las generaciones futuras se trata.

Curiosamente sucede algo parecido en el famoso tema de la reelección. Sus defensores argumentan que cumple ciertos propósitos (que la ciudadanía debe poder decidir si desea prolongar un mandato, que es un error excluir de la posibilidad de aportar sus capacidades a quien ha sido un buen gobernante, etc.), y que por eso todos los países más desarrollados tienen reelección, luego deberíamos seguir su ejemplo; pero resulta que todos esos planteamientos se aplican al régimen parlamentario y en forma más apropiada (la prolongación del mandato se puede hacer cuantas veces sea conveniente, en caso de duda sobre el respaldo de la ciudadanía se verifica en cualquier momento, etc.), y que esos países desarrollados todos funcionan bajo ese sistema (menos Estados Unidos donde la Federación que maneja el Presidente es responsable de unos intereses comunes -moneda, fuerzas armadas, relaciones exteriores, comercio interestatal-, pero los ciudadanos son gobernados por los respectivos poderes ejecutivo, legislativo y judicial de cada Estado). En sentido contrario, los cambios que han llevado a permitir la reelección en regímenes presidenciales (solo ha sucedido en África y Latinoamérica) han producido prácticamente siempre resultados catastróficos.

Al igual que las altas tasas de crecimiento mediante la inserción a los mercados mundiales dependen de que el país tenga un régimen de las características mencionadas, la bondad de la reelección como sistema en abstracto (no la de determinada persona) depende de que se integre dentro de un sistema apropiado. Y al igual que las reelecciones bajo un régimen inapropiado (presidencial) han traído muchos más males que beneficios, las aperturas o procesos de globalización bajo 'el orden del libre mercado' han traído en los aspectos político y social perjuicios mucho más grandes que los beneficios económicos.

También en relación con la reelección, sería conveniente menos fanatismo por las personas y algo más de reflexión respecto a las instituciones.
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