Opinión

  • | 2008/05/22 00:00

    Colombia, el desarrollo sostenible, la paz: un compromiso

    El país tiene una enorme oportunidad de jalonar el crecimiento económico y la paz bajo un enfoque sistémico, en donde los recursos naturales se conviertan en el centro de una nueva dinámica social.

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Calentamiento global, inundaciones, sequías y alteraciones ambientales de todo tipo, con sus consecuentes repercusiones en la vida de los hombres y de los seres vivos, se han convertido en "tema de cada día". Extinción de especies, hambre, nuevas enfermedades y hasta ese tono gris que ahora acompaña el aire que respiramos, hace parte del deterioro del planeta. Un tema de moda, bandera de artistas internacionales, del que se ocupan los más importantes organismos mundiales, y que atañe a todos. Los políticos también lo usan y no necesariamente para noble finalidad.

Puedo decir que he pasado por diversos estados de ánimo, ante las muy variadas noticias relacionadas tanto con las catástrofes naturales, como con el trabajo comprometido que en diferentes puntos y frentes se adelanta para la protección y conservación de los recursos que nos quedan.

De este modo, hemos ido todos entendiendo el estrecho vínculo existente entre desarrollo y bienestar. Así, aun cuando la meta sea el progreso, la productividad y el crecimiento económico, es claro que estos no pueden ni deben darse a costa de la morada que nos ha sido dada para vivir y buscar la felicidad. Personalmente, estoy seguro de que es posible hacer todo el desarrollo requerido, preservando el hábitat.

De allí la importancia del concepto "desarrollo sostenible", que nos permite comprender cómo la energía solar, el aire, el agua y los organismos vivos, constituyen parte fundamental del sistema social, cultural y ecológico, convirtiéndose en elementos determinantes de la calidad de vida de los individuos.

En ese marco, en un reciente foro de empresarios, me referí a la enorme oportunidad que tiene Colombia de jalonar el crecimiento económico y la paz bajo un enfoque sistémico, en donde los recursos naturales se conviertan en el centro de una nueva dinámica social.

Colombia y los colombianos nos merecemos esta oportunidad. Las cifras son impresionantes: en promedio, una de cada diez especies de fauna y flora del mundo habita en Colombia. El 15% del total de orquídeas del mundo y el 20% del total de las aves del hemisferio se encuentran en el país. También tenemos el 7% del total de los mamíferos y el 6% del total de especies reptiles, para dar solo algunos ejemplos.

Sin embargo, existen altos riesgos que vulneran esta biodiversidad. De un lado, gran parte de los organismos vivos cohabitan espacios ocupados por poblaciones que talan bosques para transformar su entorno y "vivir mejor". De otro lado, la guerra ha limitado la plantación de millones de hectáreas de bosques y ha desplazado a las urbes, a comunidades ancestralmente arraigadas a la tierra, lo que ahonda el conflicto y pone en riesgo el conocimiento sobre el funcionamiento del ecosistema, así como la relación natural del hombre con su entorno.

Es precisamente esta coyuntura, lo que debe animarnos a convertirnos en promotores del campo, de la inversión en agroindustria y en la recuperación de la naturaleza como fuente inagotable de vida y energía para todos.

El Gobierno ha destinado recursos para monitorear el entorno, con miras a mitigar el impacto de la guerra y de la industria emisora de gases perjudiciales. Se crearon incentivos tributarios para proyectos de producción limpia. Se impulsó el ecoturismo responsable, se trabaja en la delimitación de áreas de reserva y se implementan estrategias para conservar las fuentes de agua y otros recursos. Gracias a esta labor, Colombia ocupa el noveno puesto entre los 149 países que mejor cuidan el medio ambiente. Pero si queremos, podemos hacer más y mejor, y no tengo duda de que lo lograremos.

Entre todos podemos hacer que este trabajo que el país adelanta en el marco de convenios internacionales, se convierta en una oportunidad para jalonar nuevas formas de vida, en donde el sistema económico se haga compatible con el sistema social y ecológico. Existen el potencial, los medios, los proyectos y la voluntad política para que, esto que comenzó como una obligación, se convierta en un verdadero trabajo en pro del fortalecimiento de las relaciones personas-naturaleza, donde ésta última deje de ser "pieza de mercado" y recobre el valor que tiene para la existencia de los hombres.

Disminuir la cultura del deseo, en donde prima la acumulación de bienes materiales, y promover el regreso a lo natural, son un gran reto y deben ser la meta.
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