Opinión

  • | 2008/07/04 00:00

    ¿César Gaviria candidato?

    En la medida que desde el punto de vista de la economía política pertenecen al mismo equipo, lejos de ser Gaviria una propuesta de oposición frente a Uribe, lo que asegura es que el modelo y el pensamiento que ambos comparten continuaría en el poder.

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La economía política puede definirse como la rama de las ciencias sociales que se dedica al estudio de la sociedad y de las relaciones entre los miembros de una comunidad; la economía pura es el campo de las llamadas ciencias económicas que se concentran en el estudio de los mercados (de bienes y servicios, del dinero, del empleo, etc.), pero solamente en cuanto a la transacción misma y no respecto a cómo afecta a las personas (por ejemplo no tiene en cuenta las condiciones del empleo o de quién tiene acceso al crédito, a la salud o a la educación).

Por eso, la primera gira alrededor de los factores de producción, de las relaciones de producción, de los sistemas de producción y de las escuelas teóricas que justifican uno u otro ordenamiento alrededor de ello. Y, por eso, la otra habla de precios, de costos, de fórmulas matemáticas para explicar por qué y cómo el uso de los recursos de la sociedad afecta los mercados, bien sea como conjunto o a nivel de sectores y unidades.

De ello se deriva que en economía política se busque entender los modelos de producción -y las escuelas 'económicas' como expresión de los grupos de interés que los crean o imponen- y tengan menos importancia los indicadores que miden la inflación, o el PIB, o los balances de las empresas.

En ese sentido, esta disciplina no interpreta la política alrededor de personas (como aquí la entendemos) sino de grupos o sectores de la sociedad. Por supuesto, los individuos tienen importancia, pero en la medida que encarnan y sirven de vehículo a los factores de poder que representan.

Podemos aplicar esta metodología de análisis a los temas de la reelección de Uribe y a la posición del Director del Partido Liberal.

Debemos partir de la base que, con o sin segunda reelección, habrá Uribe para un buen tiempo. Los grupos de intereses que él representa o a quienes ha beneficiado -gran sector empresarial, terratenientes, políticos de fácil acomodamiento (en particular los de la parapolítica), medios de comunicación o propietarios de ellos, militares y sectores militaristas, y obviamente todo el poder que se ha montado bajo un gobierno autocrático en que todo cargo o servicio recibido del Estado es visto como una obligación personal con él-, todos seguirán existiendo y es poco posible que encuentren un mejor vocero, líder o servidor de ellos.

En la medida que el actual mandatario y el doctor César Gaviria están apoyados por los mismos grupos del establecimiento, que profesan las mismas doctrinas neoliberales, que tienen la misma visión respecto al manejo del poder, que se encuentran en la misma ubicación dentro del espectro ideológico, es decir, en la medida que desde el punto de vista de la economía política pertenecen al mismo equipo, lejos de ser Gaviria una propuesta de oposición, lo que se presenta es como garantía, como la complicidad o coincidencia que asegura que el modelo y el pensamiento que ambos comparten continuaría en el poder y en el Gobierno.

El fuerte de ambos es que no solo cuentan con que dentro de los factores de poder que los apoyan están en línea principalísima los medios de comunicación sino que los dos son especialmente hábiles para usarlos. Por eso se proyecta la imagen de un Gaviria exitoso que, a nivel de la 'opinión pública' que las diferentes formas de prensa dicen representar, tendría una buena acogida del electorado.

Pero como opción dentro del mismo sector la ventaja de Uribe es incuestionable.

De hecho, el caudillismo y el autoritarismo que el país admira y acoge nace del 'machismo' y las 'posiciones frenteras' del actual mandatario, las cuales no caracterizan al Director del Partido; la figura de Gaviria es más algo ambivalente, como vergonzante, a escondidas, sin dar la cara a las bases y sin confrontar ni definir posiciones.

Vale recordar además que de todos los presidentes liberales desde Olaya, Gaviria es el único que no obtuvo la mayoría absoluta del electorado y en consecuencia fue elegido por una minoría; y que, de todos los presidentes de Colombia es el que, en relación al potencial electoral, menos respaldo ha obtenido y esto por una gran diferencia (logró apenas la mitad de la votación que tuvo su partido dos meses antes en las parlamentarias, o que el anterior presidente Dr. Barco -2,8 millones sobre 14 millones, o sea 20%, cuando aquel recibió 4,2 millones sobre 15,6 millones, o sea, 37,14%, y sobre un censo menos depurado-).

No es tampoco Gaviria el apropiado para oponerse a métodos espurios para acabar con la Constitución, ya que el proceso que él adelantó fue igualmente falto de legalidad y legitimidad:

La séptima papeleta jurídicamente no existió; no fue aceptada ni reconocida por la jurisdicción competente (Consejo Electoral); por esto, la Registraduría no realizó proceso de distribución, escrutinio y conteo de esta iniciativa privada; y por eso la población, que pudo expresarse por medio de ella, se limitó a aquellos núcleos de las grandes ciudades donde algunos grupos de estudiantes pudieron promover y ofrecer la papeleta el día de elecciones; en los formularios oficiales por ser un acto inválido no tenía dónde registrarse, y simplemente se autorizó para que si alguna mesa en forma discrecional lo deseaba, -y si había acuerdo entre los jurados-, se pudiera dejar constancia de la cantidad contada en el rubro de "observaciones". Consecuencia de todo lo anterior fue que la famosa séptima papeleta escasamente bordeó los 200.000 votos, o sea que mal podía legitimar la citación a la Consituyente.

Ni puede ser Gaviria el gestor de Paz con las Farc cuando entre los males que él causó -y el que posiblemente es el mayor culpable de la situación actual- está el bombardeo a Casa Verde, el mismo día de las elecciones para lo que suponía ser 'la Constituyente de la Paz'. Con esta acción se impidió el normal arreglo que debía derivar del fin de la guerra fría y del modelo alternativo que la guerrilla defendía, y se acabó con cualquier confianza que ella pudiera tener en el juego limpio de los gobiernos.

Y, respecto a las relaciones con el narcotráfico (o eventualmente con los paramilitares), la negociación con Pablo Escobar para darle su catedral por cárcel fue una antecesora de los acuerdos del Gobierno Uribe con los paramilitares; y el posterior manejo con la decisión improvisada y ejecutada por fuera de todos los parámetros institucionales que permitió la fuga del capo -con la consecuente ola de terrorismo que azotó al país- tiene bastante similitud con la forma irregular e inexplicada con la que Uribe resolvió la extradición de los narcoparamilitares (esperemos que no tenga consecuencias similares).

En fin, a pesar de que esos casos fueron los de mayor significado político e institucional, el país recuerda más la mala administración que produjo 18 meses de 'apagón' (caso único en el mundo).

Por eso, los verdaderos liberales, los que no son 'de centro' sino defienden una ideología y una tradición de progresismo de izquierda, se concentran alrededor de un plan B, ya que tienen claro que cualquier candidatura de Gaviria, sea como 'opositor' a Uribe o sea como candidato puente con el uribismo (la existencia de las dos posibilidades confirma lo aquí analizado) lo que garantiza es la continuidad de los programas, las políticas y la visión de Estado (o más correctamente visión del poder) actual.
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