Opinión

  • | 1999/12/17 00:00

    ¿Castrar al emisor?

    La sustitución del banco central por una "caja de conversión" solo agravaría los problemas que hoy padecemos.

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Quién iba a creer que me vería defendiendo al Emisor. Yo, que he hecho lo posible para que no se olvide que la autoridad monetaria sembró entre 1992 y 1995 la semilla de la actual crisis financiera al emitir como loca y propiciar una explosión del crédito. Yo, que he mostrado que el Banco de la República indujo un enorme déficit de la cuenta corriente y marchitó el ahorro al propiciar durante años una apreciación del peso que abarató demasiado las importaciones y arruinó a los exportadores. Y que en 1998 "le tiró una bomba atómica a la economía' al subir a la estratosfera las tasas de interés y estrangular el crédito en un intento fallido de impedir el ajuste cambiarlo en medio de un déficit externo insostenible.

Pero toca. No estoy de acuerdo con la eliminación del banco central y la adopción de un esquema de convertibilidad cambiarla a la Argentina que algunos proponen para Colombia, mediante el establecimiento de un currency board, la panacea de moda para países en desarrollo.

El esquema significaría que el peso se encadenaría al dólar tirando la llave al mar al eliminar por Constitución la posibilidad de un manejo monetario autónomo y establecer que la cantidad de pesos fuera un múltiplo de las reservas en dólares del Banco de la República. La única función del banco central sería la de convenir dólares a pesos a la tasa de cambio predeterminada. Por eso el esquema se conoce en español como "caja de conversión".

La idea de corregir la debilidad de la moneda y de la economía local adoptando unilateralmente un matrimonio con el dólar tiene gran atractivo emocional. Días antes de que lo echaran el loco Bucaram, en Ecuador, planeaba adoptar un currency board. Chávez, en Venezuela, sigue acariciando esa idea. Pero incluso para personas sensatas, que padecimos los desatinos del Banco de la República, la propuesta de acabar con su discrecionalidad es perturbadoramente tentadora.

Como la propuesta del currency board para Colombia fue presentada en esta revista hace quince días por el profesor Rudiger Dombusch, no sobra señalar que en la literatura económica están bien establecidas las condiciones requeridas para que la adopción de un esquema de ese tipo mejore en lugar de empeorar las cosas. Roben Mundell, en trabajos que le valieron este año el Nobel de Economía, precisó hace mucho tiempo esas condiciones. Y en un artículo reciente, Monomoney Manía, Paul Kmgman se burló de la nueva ventolera latinoamericana de la dolarización, recordando los argumentos expuestos varias décadas atrás por Milton Fnedman en defensa de los cambios flexibles.

No hay espacio para ir sobre tales argumentos, Ni para detenerme a explicar que el esquema de convertibilidad se usaba en todo el mundo (atando las monedas al oro, no al dólar) hasta que la Gran Depresión de los Treinta obligó a abandonarlo a la carrera. Lo que, por cierto, aquí lideró el gran ministro Esteban Jaramillo, que en medio de la depresión mundial logró para el país un desempeño económico que ya quisiéramos este año.

Hoy padecemos una depresión económica más profunda que la de los años treinta, en buena parte causada por la pretensión de impedir, en 1998, un ajuste cambiario pleno y optar, en cambio, por asfixiar la liquidez para dificultar la compra de dólares por quienes temían, ya se vio si con buenos motivos o no, el colapso de la banda cambiaría.

- Los defensores del currency board pretenden ! que la adopción de la convertibilidad daría `. certeza cambiaría y haría innecesario recurrir a altas tasas de interés para impedir fugas de capitales, o compensar esas fugas con un superávit comercial inducido vía depresión económica. Pero nada prueba que el esquema tenga esa capacidad. No la ha demostrado en Argentina, hoy sumida en una recesión intratable. Y no la tuvo en los altos treinta, cuando las corridas hacia el oro obligaron, aquí y en todo el mundo, a abandonar la convertibilidad. La peculiaridad colombiana, que hace que los riesgos de salidas de capitales, con la consiguiente recesión y deflación bajo un esquema de convertibilidad, sean mayores aquí que en Argentina es que aquí pululan farcos y elenos, con una comprobada afición y capacidad para secuestrar, asesinar o arruinar a quien tenga unos pesos. Por otro lado ¿se imaginan las repercusiones, con una "caja de conversión", de un desplome del petróleo o cualquier otro accidente comercial que hiciera caer las reservas internacionales? La actual recesión sería juego de niños pues, habiendo emparedado en concreto legal un precio relativo (el del dólar), la única vía para el ajuste sería una depresión tan profunda que borrara la capacidad de importar y que no les dejara a las empresas posibilidad de venta distinta de las exportaciones.

Y hay más. Al degradarse a caja de conversión el Banco de la República perdería la capacidad para hacer lo que ha venido haciendo en las últimas semanas:

irrigar más liquidez para desatascar el crédito y salir del círculo vicioso económico en que hemos caído. El pronóstico para el sector financiero y la economía no sería reservado sino negro.

Estados Unidos, con la mejor economía del mundo, se ha negado a discutir siquiera la posibilidad de una paridad o una banda con el euro porque ello comprometería su política monetaria. Además, ha rechazado la pretensión de ser involucrado en esquemas de dolarización donde deba asumir responsabilidades como prestamista de última instancia, por fuera de Estados Unidos.

Nadie, aquí, necesita que le prueben que el poder de un banco central puede usarse mal. Además, entiendo el anhelo de justicia y de solución radical de muchos lectores. Pero castrar al Emisor, convirtiéndolo en una caja de conversión, no resolvería ninguno de los problemas de fondo de la economía colombiana y en cambio reduciría las posibilidades de salir del atolladero.
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