Opinión

  • | 2006/04/18 00:00

    Callejón sin salida

    Para Ecuador no habrá futuro fuera del TLC, pero, debido a la camisa de fuerza de la dolarización, tampoco habrá futuro bajo ese tratado. Hasta que algo ceda.

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En estos días he oído comentarios muy desapacibles sobre las protestas de los indígenas ecuatorianos por el inminente TLC con Estados Unidos: sus bloqueos de carreteras, sus amenazas de tumbar al gobierno si firma el Tratado. "¿Qué se creen esos indios revoltosos? ¿Pretenden forzar a las mayorías a aceptar una política insular, que le quitaría al país toda esperanza de desarrollo?". Entiendo la exasperación de muchos ecuatorianos. Es cierto que para un país tan pequeño, con un Producto Interno Bruto la cuarta parte del colombiano, la globalización parece la única posibilidad de desarrollo. Si hace unas semanas dije en Dinero que Colombia debía apuntar como estrategia de largo plazo, a tener aranceles nulos frente al mundo, no solo frente a Estados Unidos, eso me parece aún más obvio para Ecuador. Pero, dicho eso, añadiré que creo que las protestas de los indígenas irán hasta sus últimas consecuencias: impedir la firma del TLC, o ser aplastadas por la fuerza. Ello es así porque su rechazo al TLC no refleja una diferencia conceptual que pueda limarse, sino una reacción de supervivencia. Saben que las importaciones de maíz y de otros productos alimenticios bajo el TLC serán buenas para quienes deriven su ingreso de otras actividades pero matarán de hambre a los actuales productores. Y no estoy usando una figura retórica. Los indios siempre han estado muertos de hambre pero la desaparición de su única fuente de ingreso, en un país donde no existe ninguna protección social para esa población, condenará a la inanición a muchos herederos del jaguar y la anaconda. Ahora bien, las dificultades no terminarán ahí. A diferencia de lo que ocurre en la Unión Europea, en el TLC el país más rico del Acuerdo no considera, ni remotamente, la posibilidad de que parte del ajuste económico se efectúe mediante la migración de trabajadores de la periferia pobre hacia el centro. Por ello, la ocupación en el socio pobre dependerá por completo de su capacidad para aumentar sus exportaciones a Estados Unidos moviéndose según su ventaja comparativa. Y ello, en el caso del Ecuador dolarizado, plantea un problema casi insuperable. Para Ecuador, la reasignación de recursos no sería fácil ni siquiera bajo condiciones ideales de flexibilidad cambiaria pues ese país carece hoy de una vocación exportadora asociada con el factor trabajo. El año pasado, tres cuartas partes de las exportaciones ecuatorianas a Estados Unidos fueron petróleo crudo, cuyas ventas están limitadas por razones de oferta. Para que las minúsculas exportaciones de todo lo demás pudieran ampliarse hasta convertirse en las máximas fuentes de empleo del país, requeriría cambios colosales. Lo peor, sin embargo, es que para que en una economía de mercado los recursos cambien de uso, abandonando los sectores cuya demanda bajo el TLC será atendida con más importaciones, y fluyan hacia las actividades de exportación, se precisa que los precios relativos den los mensajes adecuados: que las exportaciones se vuelvan más rentables, y cuanto antes mejor. Pero, en un país dolarizado, donde se suprimió la posibilidad de que los movimientos cambiarios modifiquen los precios relativos, la vía más natural y eficiente para el ajuste de los precios quedó bloqueada. ¿Qué ocurrirá entonces? Una posibilidad es que las protestas indígenas impidan que se firme el TLC, o si el gobierno lo firma, que el Congreso no lo ratifique. En ese caso Ecuador, fuera del TLC, tendrá que competir en los mercados estadounidenses de flores, confecciones y otros en desventaja frente a países con preferencias, como Colombia, y para hacerlo ni siquiera tendrá la opción de devaluar su moneda. Salvo que Ecuador se ganara una nueva lotería petrolera la crisis de su balanza de pagos estaría a la vuelta de la esquina. Pero en un país dolarizado una crisis de balanza de pagos implica una contracción del medio circulante y una recesión profunda y prolongada. Tan profunda y prolongada como se requiera para que la recesión deprima las importaciones y permita alcanzar un nuevo equilibrio de la balanza de pagos sin una devaluación, que es imposible bajo ese arreglo institucional. Si Ecuador firma y ratifica el TLC vamos a observar, además de la ruina obvia de los indígenas, con sus ribetes de solución malthusiana, y las consiguientes revueltas nada pacíficas, una inundación inicial de importaciones en ese país, sin la contrapartida del aumento de las exportaciones. Por tanto, también en ese caso se llegaría, por una vía diferente, a una crisis de la balanza de pagos que, bajo dolarización, solo podría corregirse mediante una depresión económica larga y severa.
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