Opinión

  • | 1998/03/30 00:00

    Cacaos de antaño

    ¿Cómo eran los viejos empresarios? ¿Tacaños, parranderos? Había de todo.

COMPARTIR

Entre las pertenencias que Gonzalo Rodríguez Gacha, El Mexicano, tenía antes de su muerte, había un libro: Bernardo Jaramillo Sierra, Don Pepe Sierra. El método de un campesino millonario. Sorpresa, si se tiene en cuenta que los capos no son lectores asiduos. Tal vez quería aprender, como cualquier ejecutivo, cómo ser un verdadero empresario.



Pero la lectura de un nuevo libro sobre los cacaos de antaño lo habría confundido. Empresarios colombianos del siglo XIX, de Luis Fernando Molina Londoño (Banco de la República - El Ancora Editores, 1998), cuenta las vidas de Carlos Coriolano Amador, Juan Bautista Mainero y Trucco, Leocadio María Arango, Pepe Sierra y Marco A. Restrepo Jaramillo, dueños de grandes fortunas del siglo pasado y de la primera mitad de este siglo.



¿Empresarios? Todos podemos definir uno: "un interesado en el lucro y la ganancia por medio de la innovación permanente, aumento continuo de la producción e incorporación de procedimientos administrativos sistemáticos". Pero en este libro no hay ningún prototipo ideal.



Entonces, ¿cómo eran? ¿Vulgares monopolistas? Sí, algunos remataban rentas fiscales, casi todos 'coleccionaban' ­minas, fincas, bosques ecuatorianos, destartaladas mansiones y lotes en Cartagena­, e intentaron dominar sectores. Pero los empresarios no siempre se comportan así.



De vez en cuando fueron amigos del gobierno, pero en general desconfiaban de la política. Sus creencias variaban: Amador, radical anticlerical; Sierra, regeneracionista ­encabezaba sus libros de cuentas con 'Regeneración nacional o catástrofe'­, después reyista prominente; Mainero, anticlerical pero italiano: no tomó la nacionalidad colombiana; Marco A. Restrepo despreciaba todos los gobiernos, en especial al de Ecuador, donde hizo fortuna.



No todos eran tacaños. Amador, derrochador y parrandero, fundó con unos amigos de Medellín un círculo bohemio ­el Club de los 13­. Su insignia 13 de presidente en diamantes y con un rubí, fue donada por su madre a la iglesia de San José. Esto prueba que nadie sabe para quién parrandea.



Marco A. Restrepo no fue así: "jamás he bailado... me desengañé muy temprano". Más tarde le gustó El Quijote. Pepe Sierra no lo soportaba: "¡No más de ese viejo pendejo!", le gritaba a su nieto que le servía de lector.



Por el medio en que vivieron, les tocó ser versátiles, pero a unos les fue mejor en ciertos negocios. Cada uno tuvo sus negocios de corazón. A Sierra no le gustó el café: "negocio de pobres", decía.



¿Se restringían a Colombia? Parece que sí. Restrepo trabajaba en Ecuador, pero como paisa. Mainero hizo 70 viajes a Italia, pero siguió comprando y comprando a Cartagena. Amador desconfiaba de los capitalistas extranjeros, aunque les pagara intereses más bajos.



De este libro se concluye que el empresario puro es una figura ideal sin vida en el mundo real. Pero todos estos personajes fueron capaces de tomar riesgos y de montar empresas nuevas. Aunque desaparecidos ya, dejaron verdaderas empresas. Ahora bien, ¿qué lograron Rodríguez Gacha y Cía.?
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?