Buena suerte, Ecuador

| 9/15/2000 12:00:00 AM

Buena suerte, Ecuador

La necesitará para evitar que su desesperada decisión de dolarizarse se convierta en un nuevo obstáculo al desarrollo económico y la integración.

por Javier Fernández Riva

El domingo pasado nuestro querido vecino, Ecuador, quemó sus naves monetarias y se dolarizó. El sucre dejó de circular, para siempre. En adelante la única moneda de curso legal en ese país será el dólar.



Aquí hay mucha gente que admira la decisión ecuatoriana y recomienda que hagamos lo mismo. Las autoridades de ese país, que tomaron la trascendental decisión, no incurren en ese error. Sencillamente reconocen que, debido a los excesos y errores del pasado, se quedaron sin alternativas, como el pobre diablo que tiene que aceptar un trasplante de hígado porque al suyo lo fosilizó la cirrosis.



En la página web del Banco Central de Ecuador, que contiene una larga explicación y discusión de la dolarización, se acepta que Ecuador no cumple las condiciones que el análisis económico sugiere como deseables antes de dar un paso como ese, vale decir, elevado nivel de reservas internacionales, un sistema financiero sólido, equilibrio fiscal y de la balanza de pagos y flexibilidad laboral. Pero precisa, con una franqueza que desarma, que "si estas condiciones existieran, tendría poco sentido dolarizar formalmente la economía, puesto que significaría que la política monetaria discrecional habría sido la correcta e iba por el sendero de la estabilidad (...). La dolarización formal es una medida extrema y tiene sentido porque el manejo económico ha causado crisis y solamente un cambio de rumbo puede romper las expectativas inflacionarias y devaluatorias".



Más claro no canta un gallo. Después de que un manejo económico incompetente indujo en 1999 una combinación de deuda externa aplastante e impagable, depresión profunda, hiperinflación y crisis fiscal y financiera, los ecuatorianos no creían en nada ni en nadie. La única esperanza de corregir la espiral de inflación y devaluación era cortar por lo sano, abandonando la moneda nacional. Como Don Juan Tenorio, Ecuador sufrió la quema de la parte "por do más pecado había". El emisor, por supuesto.



Hago votos por que el trasplante monetario funcione. Podría ocurrir aunque, debido a la urgencia, tuvo que hacerse en un paciente debilitado y calenturiento, extendido en la mesa de la carnicería de una plaza de mercado y usando como bisturí el cuchillo del carnicero. Pero no puedo evitar cierta aprensión.



Permítanme repetirlo: Ecuador se arruinó por la incompetencia de sus dirigentes y de su Emisor. Pero de eso no se sigue que, tras la amputación del Emisor, el país esté a salvo de nuevas desgracias. Hay varias cosas que pueden ir mal, y que en una economía dolarizada pueden tener consecuencias peores que en otra que disponga de amortiguadores monetarios y cambiarios.



Limitándome a las más probables comienzo por señalar el riesgo de que el dólar, la nueva moneda ecuatoriana, se dispare frente a las monedas del resto del mundo. Miren qué casualidad, eso es exactamente lo que está pasando. En lo corrido del año el euro se devaluó más de 12% frente al dólar. O, lo que es lo mismo, aunque suene gracioso, el euro se devaluó 12% frente a la nueva moneda ecuatoriana.



A pesar de la revaluación del dólar, que tiende a encarecer sus exportaciones, Estados Unidos compite bien con Europa porque su productividad ha crecido mucho. Pero en Ecuador las cosas son diferentes. La fortaleza de su nueva moneda es totalmente vicaria. La productividad ecuatoriana no ha crecido durante la última década y el año pasado se desplomó por la recesión y la falta de inversión. En esas condiciones las exportaciones ecuatorianas distintas del petróleo, a Europa y a otras zonas cuyas monedas se devaluaron frente al dólar, no tienen futuro. De no ser por la inesperada bonanza de precios del crudo la crisis de balanza de pagos ya sería inmanejable.



Lo cual me lleva a la segunda cosa que podría ir mal. Si mañana se derrumba el precio del petróleo la pérdida inicial de ingreso inducirá una recesión en cualquier país exportador de crudo. Pero en el dolarizado Ecuador la cosa tendrá un agravante: la pérdida de ingresos externos se traducirá en una contracción de la cantidad de dinero (una función de las reservas internacionales) con obvios efectos depresivos, o en un intento desesperado de atraer más dólares vía mayores tasas de interés internas. Aquí, donde la economía todavía no se repone del bárbaro aumento de las tasas de interés en 1998, sabemos lo que suele ocurrir cuando las autoridades hacen esas gracias.



También existe el riesgo de una crisis financiera. Basta recordar que en Colombia, con una recesión la mitad de severa que la de Ecuador, y con tasas de interés reales más bajas, la crisis financiera sigue viva. Lo preocupante es que, en un país dolarizado, no existe un prestamista de última instancia que pueda emitir para apuntalar la banca mientras se corrigen sus problemas estructurales. El "efecto dominó" sobre la banca, quiebras encadenadas y gran traumatismo en el crédito, puede ser calamitoso.



Por último, desde el punto de vista de Ecuador algo que podría ir muy mal es una fuerte devaluación de Colombia, como la que ya se presentó este año. No comparto el optimismo de la Ministra de Comercio Exterior que ha observado que, debido a la persistencia de inflación en Ecuador (71% en los primeros ocho meses del 2000) y la fuerte devaluación del peso colombiano la dolarización ecuatoriana nos conviene porque nuestros productos son cada vez más competitivos en el país vecino mientras las ventas ecuatorianas a Colombia comienzan a marchitarse. Es iluso pensar que Colombia pueda invadir el mercado de un país cuyo tamaño económico es menos de la sexta parte del colombiano, y cuya población es todavía más pobre, sin que ello acabe por inducir una reacción proteccionista y, todavía peor, un deterioro de las relaciones bilaterales, hasta ahora excelentes.



Mi previsión es que, dentro de poco, Ecuador estará solicitando que Colombia imponga restricciones voluntarias al crecimiento de sus exportaciones a ese país. Y me anticipo a decir que esa solicitud debería ser acogida, para mejorar los chances de supervivencia del vecino y para defender unas buenas relaciones que valen mucho más que el comercio, y que han adquirido una importancia todavía mayor ahora que comienza la ejecución del Plan Colombia.
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