Opinión

  • | 2005/07/22 00:00

    Bonanza de liquidez y ahorro

    Soy el primero en reconocerle al manejo monetario su mérito en las actuales vacas gordas de la liquidez, pero creo que también vivimos una bonanza de ahorro.

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En las décadas que llevo siguiendo la economía colombiana he presenciado dos verdaderas "descolgadas" de las tasas de interés reales: la que ocurrió en el cruce del milenio y la de este año. La primera se concentró en los títulos de corto plazo, cuando la DTF real cayó seis puntos entre noviembre de 1999 y febrero de 2000. La segunda afectó sobre todo los bonos de largo plazo cuando, durante el último año, la tasa de los TES de 8 años cayó tres puntos porcentuales, pero partiendo de niveles mucho menores que los de finales de los 90.

Un factor común de ambas descolgadas fue el accidente monetario de un disparo de la cantidad de dinero, no programado y, por el contrario, temido y resistido por las autoridades. Al final de 1999 el accidente tuvo relación con el mito del milenio. ¿Será que alguien lo recuerda? En este mundo materialista, incapaz de creer en cosas importantes, como el Anticristo, muchos dieron en la flor de augurar que los computadores harían cosas terribles el último día del milenio. Por ejemplo, borrar los saldos de la cuentas de los depósitos en los bancos. Se temían retiros masivos, preventivos de dinero de los bancos y, para permitir que estos pudieran atender la demanda de efectivo si se producían esos retiros, en los últimos días de 1999 el Banco de la República inundó de liquidez la economía. El público no se tragó el cuento del milenio pero la emisión masiva de dinero produjo el milagro: un desplome de las tasas de interés sin que, por cierto, la inflación dijera ni pío.

En los últimos meses, el tipo de accidente que indujo el milagro fue muy diferente. Después de que las entradas de capitales externos hicieron caer el dólar hasta los niveles de tres o cuatro años atrás el Banco de la República no tuvo más remedio que emitir dinero para comprar dólares ("acumular reservas") y sustentar su precio. Lo hizo en medio de vacilaciones, advertencias y gruñidos, pero a la postre acabó rebasando ampliamente los límites arbitrarios de emisión para compra de reservas que él mismo se había impuesto. La abundancia de liquidez llevó, primero, a que cayeran casi hasta el piso de la inflación las tasas de interés de los papeles a corto plazo. A poco andar los inversionistas, muertos de miedo pero desesperados por obtener unos puntos extra, se lanzaron sobre los papeles de largo plazo aceptando tasas de retorno que hace poco se habrían considerado impensables.

Espero que el lector excuse este largo recuento, pero me parece injusto tratar de las bajas tasas de interés sin reconocer el indiscutible mérito de la conducción monetaria de los últimos cinco años. Sin embargo, todo el mundo intuye que, aunque un aumento de la oferta de dinero puede desplomar por unos días o semanas las tasas de interés, la baja sería efímera si tales tasas no coincidieran con una relativa abundancia de ahorro, de ingreso real canalizable hacia la inversión.

En el bienio 1999-2000 la causa del exceso de ahorro fue negativa a más no poder. No había mucho ahorro pero, como había todavía menos inversión, ese ahorro bastaba y sobraba. La inversión media del bienio 1999-2000 apenas superó 13% del Producto Interno Bruto, la menor registrada desde que llevamos Cuentas Nacionales. La desgracia de una inversión escuálida tuvo, sin embargo, el lado bueno de permitirnos consolidar la baja de las tasas de interés que, en su primera etapa, fue empujada por la emisión monetaria del milenio.

Hoy la cosa es diferente. La inversión total crece cuatro veces más rápido que la producción, porque van disparadas la construcción de obras civiles, la renovación y reposición de maquinaria y la edificación. Sin embargo, este año se usará muy poco ahorro externo, pues eso es lo que señala un déficit de la cuenta corriente de cosa del 1% del Producto Interno Bruto. Aunque noto que muchos de mis colegas siguen escribiendo casi semana de por medio sobre un presunto problema de escasez de ahorro, hago mis cuentas y encuentro que el ahorro interno no solo nos está alcanzando hoy para financiar un auge de la inversión sino que ya permitió consolidar una gran baja de las tasas de interés reales.

Una de las maldiciones a las que tradicionalmente se culpaba del mediocre crecimiento de este país, la escasez de ahorro, parece haber perdido mucha de su eficacia. Y uno se va quedando cada vez con menores explicaciones de por qué Colombia no despega.
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