Opinión

  • | 1995/02/01 00:00

    Bienvenido monsieur Mockus

    El nuevo alcaldede Bogotá tiene que empezar por cerrar el Departamento de Planeación Distrital.

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Desde esta columna se hicieron reparos a la candidatura de don Antanas Mockus, basados en su ignorancia de los problemas de Bogotá, en su inexperiencia en el manejo de la cosa pública -tolerable en principiantes pero peligrosa en quien ocupa el segundo cargo del país- y, por qué no decirlo, en el tonito didacta con que dijo las boberías que todos aplaudieron como genialidades. Pero el señor ganó y nos gobernará durante los próximos tres años, que son los más críticos para definir si la ciudad se salva o se queda en el hueco.

Monsieur Mockus empieza su mandato con ventaja sobre sus antecesores por varios motivos: en primer término, porque no tiene compromisos con la clase política, y no me refiero a los jefes de lo que queda de los partidos sino a los dueños de los votos en los barrios, que exigen como contraprestación su cuota de corbatas. Ojalá cambie la espada rosada por una escoba y barra a los zánganos, o por lo menos los ponga a trabajar. En segundo término, porque como nunca había estado tan mal la ciudad ni los ciudadanos tan exasperados con las malas administraciones, todos estamos dispuestos a otorgarle el beneficio de la duda, así su única demostración anterior haya sido la del trasero. Y en tercer lugar, porque al final de su mandato Castro sí deja algunas cosas de las que se va a beneficiar Mockus, como el Estatuto de Bogotá, que le permite ser medio dictador, y huecos en todas las calles que no son difíciles; de tapar pero que, si los arregla pronto, se ganará el aprecio de todos. Y la mayor ventaja es que don Antanas no ofreció nada, así que a pesar del voto programático nadie le podrá revocar el mandato por no cumplir lo prometido. Esto le permite actuar sin las ataduras que a veces limitan una buena gestión, pero queda libre para hacer lo que se le dé la gana, lo que puede ser peligrosísimo en alguien que ha dado muestras de una independencia rayana en la arrogancia, porque, por genio que sea, manejar a Bogotá requiere el concurso de los expertos en la ciudad, que no son los que lo apoyaron en la campaña.

Aún no ha nombrado a la mayoría del equipo de gobierno, ¿será que se le agotaron los profesores universitarios capaces de trabajar por Bogotá, o que después de la campaña se dedicó a meditar y no a buscar gente? Ojalá no se demore más, porque ya ha perdido un mes de los 36 que tiene y la lista de problemas es larguísima, pues además de los que saltan a la vista porque los sufrimos todos los días, hay unos de mucho fondo que son los que hay que resolver para que, si logramos arreglar la ciudad, no se nos vuelva a dañar en el futuro: es indispensable fortalecer los gobiernos locales, alcaldes y juntas administradoras para que efectivamente se apersonen de los problemas de cada barrio, consulten las necesidades reales de las comunidades e inviertan juiciosamente los recursos (léase: no despilfarren o se roben la plata). Para eso se requiere capacitar a ediles, alcaldes y juntas de acción comunal. No se puede exigir gran eficiencia a personas que no saben del manejo de la cosa pública y además hay que dotarlos de los mínimos implementos para que puedan cumplir su misión.

Pero la tarea más importante, la más difícil v la que va a tener más enemigos, es una verdadera modernización del aparato estatal. Se requiere una reforma radical de todos los entes, gobierno central, institutos y empresas, cuestionando en muchos de ellos su existencia y en todos su estructura actual, pues fueron concebidos para otra ciudad, la del millón de habitantes de hace treinta años. Y el que requiere una acción más drástica es el Departamento de Planeación Distrital. Para empezar, allá no planean nada. La perspectiva apocalíptica de tener aquí más de 10 millones de habitantes dentro de 10 años no sólo los tiene sin cuidado, sino que simplemente esa no es su misión. Están encargados de vigilar como policías -pero sin salir a la calle- que los planos que les presentan se ajusten a su propia y particularísima versión de las normas. Pero atajar las miles de edificaciones que no se toman la molestia de sacar permisos no es su asunto. Poco más o menos el 50% de las construcciones se levanta sin licencia y no todas las que la obtienen cumplen las normas. Cabe preguntar si dedicar tanto tiempo y tanta burocracia a ese oficio tiene algún objeto. Yo propongo cerrar -sí, cerrar- esa dependencia, porque por la simple ley de las probabilidades se llegaría al mismo porcentaje de edificaciones cumplidoras de la ley, sin tanto gasto ni tanta traba para los que sí quieren cumplir. Sustituirlo por un control "a posteriori" con atribuciones y voluntad para demoler las obras que violen las normas, para meter a la cárcel a los urbanizadores piratas y crear un ente nuevo, ese sí de planeación, donde empiecen a pensar cómo dirigir el crecimiento de la nueva ciudad que se levantará en la próxima década, con expresa prohibición de ocuparse de asuntos del momento y la obligación de pensar más allá de cinco años.

Don Antanas tiene entre sus manos una "papa caliente" que requiere mucho trabajo y pocos jueguitos. Hoy cuenta con el apoyo de una ciudadanía esperanzada, dispuesta a abandonar su tradicional indiferencia ante los problemas de Bogotá, y que no va a darse el lujo de perder otros tres años de una mala administración. Tiene que demostrar con hechos que se metió en ese "camello" para poner a nuestra capital en el rumbo del progreso y no para ir en pos de más altos cargos, pues en ese caso comprobaríamos que, también a él, nuestra dilapidada ciudad le importa un... Mockus.
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