Opinión

  • | 2011/05/11 00:00

    Arroz sin pollo

    Nuestros logros contra el hambre son mediocres. Según la FAO, el índice de subnutrición en Colombia es más alto que el promedio de América Latina.

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En Colombia no podemos sentirnos orgullosos de lo que hemos hecho para reducir el hambre. De acuerdo con el Índice Global del Hambre del Instituto Internacional de Investigaciones sobre Política Agropecuaria (IFPRI), nuestro puntaje de prevalencia de hambre ( 5,7) es prácticamente igual al de países con un PIB per cápita mucho menor que el nuestro, como Paraguay o El Salvador.

La relación entre el hambre y el tamaño de la economía de un país permite juzgar su política social. Si hay menos hambre de lo que se esperaría, se concluye que las políticas anti-pobreza funcionan y, al contrario, si hay más hambre, estas políticas no funcionan.

Y nuestros logros contra el hambre son mediocres. Según la FAO, el índice de subnutrición en Colombia es más alto que el promedio de América Latina.

¿Qué es lo que pasa con nuestra política anti-pobreza? Pasa que nuestro enfoque asistencialista no basta. Preferimos que los pobres sean beneficiarios de los estipendios que les asignan los programas sociales, a cambiar las reglas del juego que los mantienen pobres. Pero para acabar con el hambre de manera definitiva no es suficiente repartir plata, que no llega a todos los que son y que, muchas veces, llega a los que no son.

Según el IFPRI, los factores críticos para reducir el hambre son: i) el modelo económico sea "pro-pobre", ii) el sector agrícola sea fuerte y iii) se avance en la igualdad de género. ¿Cómo estamos en cada una de estas aéreas?

Para lograr que nuestro modelo económico contribuya a reducir el hambre, tenemos que conseguir que las reglas de la economía de mercado -bajo las cuales supuestamente vivimos- se apliquen a mejorar la vida de los más pobres. Pero la falta de competencia que caracteriza nuestra economía golpea cruelmente a los más débiles.

En cuanto al fortalecimiento del sector agrícola, es poco lo que se puede avanzar porque el Gobierno perdió la posibilidad de hacer política agropecuaria. El precio de la comida no puede bajar sin que el Gobierno invierta en maquinaria, distritos de riego, infraestructura, financiación y apoyo al sector agropecuario. Pero después del debate sobre el AIS, al Gobierno le quedó políticamente prohibido hacer exactamente esto.

Y en cuanto a la igualdad de género, parece útil que no nos preocupemos tanto porque las mujeres ricas puedan ser Ministras, y que nos preocupemos más por que las niñas pobres puedan estudiar.

El fenómeno económico tras el precio que pagan los consumidores por el arroz, el cereal que más se come en Colombia, sirve para ilustrar la discusión sobre cómo nuestro modelo económico afecta a los pobres.

El arroz en Colombia es muy caro. Los colombianos pagamos por nuestro arroz el doble de lo que pagan los ecuatorianos por el suyo. Compruébelo usted mism@. Vaya a un almacén popular de cadena en Bogotá, como el Tía, y compre una libra de arroz. Aquí vale $1.200. Acto seguido, entre a la página web que tiene el Tía para sus almacenes en Quito y busque el precio de una libra de arroz allá. Son US$0,34. A la TRM del 29 de abril ($1.784) una libra de arroz en el Tía de Quito vale $600.

¿Por qué es tan caro nuestro arroz? Para comenzar, las tres o cuatro compañías molineras que manejan el mercado conforman un oligopsonio (cartel de compradores) que tiene demasiado poder frente a los productores. Y lo ejercen sin piedad.

Los grandes molineros fijan los precios por los cuales compran las cosechas, de manera cuidadosamente coordinada para maximizar sus ganancias, e imponen, con mano dura, las condiciones de calidad y costos del secado. También prestan dinero a los productores para comprar agroquímicos que venden ellos mismos, y los presionan para que adquieran estos insumos, por encima de sus precios de mercado, como condición para que puedan vender su arroz al molino.

Una vez los molineros adquieren control de la mayor parte del arroz producido en Colombia, se vuelve un oligopolio que puede imponer el precio de venta a las cadenas de distribución minorista.

A quien le interese profundizar en las prácticas anticompetitivas del sector molinero, le recomiendo leer la Resolución 22625 de 2005 de la Superintendencia de Industria y Comercio. (Está en la red).

¿Qué relación tiene todo esto con el hambre? Asumamos que una familia pobre consume todos los días una libra de arroz. Con los $600 diarios que paga de más por su arroz, por no vivir en Ecuador sino en Colombia, esa familia podría comprar tres huevos. Pero a quienes son muy pobres a veces no les alcanza la plata ni para eso. Necesitan comprar primero sus carbohidratos y después, cuando pueden, compran proteínas. Y cuando no, comen arroz sin pollo.

Sería muy importante para el país que quienes son muy pobres pudieran comerse estos tres huevos diarios, porque la comida que hace falta a los niños, desde su concepción hasta que cumplen dos años, marca de manera irreversible su vida. Las deficiencias nutricionales durante esa etapa causan atrasos permanentes.

Pero permitimos que todo esto pase porque, en el fondo, ¿a quién le duelen los pobres?

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