Opinión

  • | 1999/02/12 00:00

    Arriesgar por el futuro

    No hay atajos ni fórmulas simples. Colombia tiene que insertarse en la economía mundial, atender sus responsabilidades sociales y acelerar las reformas.

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Las paradojas rompen los más elementales principios de la lógica: algo no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. Dos interpretaciones contradictorias no pueden ser ambas verdaderas. Una paradoja es una situación imposible y la vida política está llena de ellas.



La paradoja que quiero comentar es la discusión de muchos colombianos sobre la orientación de la economía y el Estado que enfrenta el país en el nuevo siglo. Analistas alimentados por el ambiente de escepticismo y de dificultades económicas, repiten sus dudas sobre la conveniencia de la modernización de las instituciones económicas y políticas emprendida en los últimos años. Se afirma que la apertura y la liberalización económica habrían contribuido al deterioro del crecimiento y de la distribución del ingreso y que ello habría contribuido a la violencia.



Los estudios recientes sobre las economías latinoamericanas presentan evidencia clara. Sólo los países que comenzaron y persistieron en las reformas estructurales lograron acelerar y sostener el crecimiento económico. Los que no lo intentaron, nada lograron. La distribución del ingreso no se afectó negativamente ni con el mayor crecimiento de la economía ni con la mayor inversión ni con la estabilización macroeconómica, pero sí con el insuficiente y desigual progreso educativo. Colombia no se destaca internacionalmente por el grado de avance de sus reformas estructurales hacia la globalización, pues sus avances son apenas moderados y, en muchas áreas, incompletos.



No hay atajos ni caminos cortos, no hay milagros ni fórmulas simples. El país tiene que pasar el trago amargo de resolver su déficit fiscal. Pero más allá, tiene que enfrentar exitosamente su inserción en la economía mundial, atender sus responsabilidades sociales y, sobre todo, retomar el hilo de las reformas al Estado y al sistema político.



No creo que la fe en la iniciativa privada y el libre mercado sea suficiente para alcanzar el desarrollo ni que los desprotegidos puedan quedar abandonados a la suerte caprichosa del mercado. No creo que se pueda evadir la creciente responsabilidad social del Estado, llegando con recursos a los ciudadanos más pobres y no a la burocracia o a los más poderosos. No he dejado de creer un segundo en la educación como el eje de nuestro acceso a una calidad de vida que asegure el desarrollo de las instituciones democráticas y la paz social. No creo que pueda renunciarse a profundizar la reforma política ni a perfeccionar y desarrollar el espacio abierto por la Constitución del 91.



No podemos reforzar la tendencia acentuada por el pesimismo reinante que, de igual manera que los alzados en armas, pregona que todo lo hemos hecho mal, que los colombianos somos incapaces de transformar nuestras instituciones económicas y políticas, que somos prisioneros de nuestro pasado. Sólo recuperando el camino, acelerando el ritmo de las reformas y buscando la voluntad política para acometerlas, Colombia podrá apostarle a su futuro en el nuevo siglo.
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