Opinión

  • | 2004/03/19 00:00

    Argentina y el pecado original

    Con la firmeza de Kirchner en la renegociación de la deuda y un poco de suerte, Argentina podría tardar años en retornar al mercado internacional de capitales.

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Dos años después del clímax de la crisis argentina la sabiduría convencional, aporreada pero resabiada, sigue gruñendo que es cosa de tiempo que ese país se vaya al diablo, y que en su recuperación económica hay mucho de ilusorio. Pero los argentinos parecen no darse cuenta de que viven una ilusión. El presidente Kirchner cuenta con el apoyo y el respeto de sus compatriotas y los ha usado para reiterar a los acreedores externos, que tanto contribuyeron al desastre, que Argentina no pagará más que una cuarta parte de la deuda en bonos que, varios años antes de la crisis, se colocó a tasas de usura.

Argentina me apasiona pues en pocos años pasó de ser un ejemplo extremo de la capacidad de gestar políticas económicas estúpidas e irresponsables, las del "abuelo Carlos", para arruinar un país, a ser el primer prospecto firme de redención del pecado original.

Sí, del pecado original. La expresión ha sido usada en economía en los contextos más diversos, cada vez que alguien quiere subrayar una causa profunda de problemas complejos, pero aquí la empleo en el sentido técnico de la literatura reciente sobre las crisis financieras y de balanza de pagos: la propensión de los países emergentes a endeudarse en exceso en moneda extranjera, cosa que, a la vuelta de pocos años, deriva en crisis financieras, cambiarias y de balanza de pagos y, a menudo, también en recesión.

No hay duda de que en la raíz de la crisis de América Latina en los 90, llamada precisamente "de la deuda", estuvo ese pecado original. También tuvieron ese origen la crisis del tequila a mediados de los 90, y la de los tigres asiáticos y de América Latina en el cruce del milenio.

Lo que hace tan persistente esa causa de la crisis es que el uso exagerado del endeudamiento externo no refleja simples errores de cálculo de los responsables de la política económica sino que responde a una dinámica natural y, para completar, cuenta con un inmerecido respaldo "técnico" que facilita que la cura se posponga hasta cuando es demasiado tarde.

La dinámica del endeudamiento refleja la pretensión de los gobiernos y, en ocasiones, del sector privado, de liberarse de las restricciones financieras internas, en forma similar a como, en tiempos de bárbaras naciones, se hacía recurriendo a la emisión monetaria. No me cabe duda de que en todos los demás países de América Latina el endeudamiento externo jugó durante los 90, con la complacencia de las entidades multilaterales, el mismo papel que antes cumplía la emisión de los bancos centrales. En la mayoría de los casos ni siquiera se buscaron los créditos externos para adquirir bienes o servicios del exterior. Todavía hoy oímos, como la cosa más normal y respetable, que se van a contratar créditos externos para financiar programas tan poco intensivos en importaciones como la reforma a la justicia o a la administración pública.

Pero la inercia perversa de los países emergentes, que buscaban sustituir la antigua emisión monetaria con crédito externo, se vio, además, respaldada conceptualmente por una masa de literatura económica que pretendía que "el uso de ahorro externo" es eficiente para un país en desarrollo, porque la productividad del capital en un país de capital escaso tiende a ser mayor que la del resto del mundo. Esa literatura de modelos matemáticos desecha la evidencia acumulada que demuestra que, en la realidad, la productividad de los créditos externos tiende a ser muy baja. Lástima no poder mostrarlo aquí, por falta de espacio, pero cualquiera que reste de los aumentos de la producción (del PIB) de los países latinoamericanos durante la última década el costo equivalente anual del endeudamiento externo podrá constatar que en no pocos casos, incluyendo el colombiano, la productividad de los nuevos recursos fue negativa.

La mayoría de los países latinoamericanos continuarán transitando durante años la vía acostumbrada: endeudarse hasta el cuello con el resto del mundo y posponer todo lo posible los pagos de intereses. Pero Argentina tiene un buen chance de romper ese círculo diabólico. Quiera Dios que la cosa funcione, y que no tenga la pésima suerte de volver demasiado pronto al mercado.
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