Aporte femenino al trabajo

| 4/9/2001 12:00:00 AM

Aporte femenino al trabajo

Si rescatamos la particularidad de las mujeres al realizar su trabajo, todos ganamos.

por Connie de Santamaría

¡Nada más rico que sentirse inteligente! ¿O no? Y en el trabajo hay muchas oportunidades de experimentarlo: aportando soluciones a situaciones problemáticas; llevando a feliz término proyectos propios que produzcan admiración; causando impacto con un discurso, una presentación o un escrito. Estos 'éxitos' producen satisfacción y orgullo de 'ser inteligente', pero tienen su precio: o se lo cobran o se lo ignoran o se lo roban. ¡Ojo! ¡Si lo siente así, cayó en la trampa! Se dejó llevar por su ego, se creyó el cuento de que lo fundamental es usted, con sus ideas, sus resultados, su aporte... Nos ocurre todo el tiempo.



La alternativa es bien difícil: hacer "la tarea" por la tarea misma, realizar el mejor esfuerzo, de la mejor manera, sin esperar aprobación o reconocimiento, manteniéndose igualmente sereno frente al éxito o el fracaso.



Las mujeres, en general, trabajamos más así: disfrutando el hecho mismo de hacerlo bien, con o sin reconocimiento. Es lo que aprendemos con las tareas del hogar. Si todo sale bien, era obvio. Si la comida estaba rica y a tiempo, había flores, la ropa limpia, etc. "todo bien, todo bien". Nadie lo nota, nadie lo pondera, y nosotras... ¡felices! ¿Puede haber libertad más real?



En el mundo del trabajo, las reglas son otras: hay que competir, hacerse sentir, ponerle la firma a todo, apropiarse del trabajo realizado, ganar méritos. ¡Todo con "marca registrada"! El egoísmo a ultranza.



Las mujeres trabajadoras tenemos dos opciones:



"Caer en la trampa" y "luchar" para que se nos reconozca la 'autoría' de cada idea, de cada propuesta... porque se nos admire nuestra "inteligencia". O,

Dejar que ocurra lo que ocurra, que el resultado evidencie el trabajo invertido, que la calidad de la tarea hable por sí sola, ocupándonos siempre --eso sí-- de hacer lo mejor posible.

Con frecuencia, caemos en la primera: nos volvemos 'hombres' en el trabajo, desaparecemos como mujeres y dejamos de aportar lo que tenemos que aportar: la no competitividad, la quiebra del egoísmo, el abandono de toda codicia. Mantener el compromiso con la contribución femenina es muy difícil, porque implica ser ignoradas, no llegar a altas posiciones. Solo acogiéndose a las reglas de juego que priman --la competencia, la lucha personal, la necesidad del reconocimiento individual-- es posible avanzar en la pirámide organizacional, participar en la toma de decisiones, tener poder, ser parte del equipo directivo.



Pero la contribución femenina tenemos que hacerla, cualquiera que sea el sacrificio. Solo así será posible realizar el trabajo sin costo familiar, con beneficios para todos: colaborando unos con otras, cuidando la forma y los detalles, cultivando la calidez, admitiendo y manejando las interrupciones de todo orden, pudiendo hacer varias cosas a la vez, eliminando horarios extendidos, tomándose el tiempo para conversar y para comer, y sobre todo recordando que las personas no somos 'recursos' en el trabajo: ¡Somos el propósito mismo de todo trabajo!
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