Opinión

  • | 2008/01/18 00:00

    América Latina frente a la recesión de EE. UU.

    Esta vez no será la debacle, pero los gobiernos latinoamericanos tienen que demostrar que han aprendido las lecciones del pasado.

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El nuevo año le trajo una serie de malas noticias económicas a Estados Unidos. Durante la primera semana del año se supo que la actividad del sector manufacturero había llegado en noviembre a su nivel más bajo en más de cuatro años, que las ventas de casas nuevas ese mismo mes habían caído 9%, situándose 34% por debajo de hace un año, y que la tasa de desempleo había pasado de 4,7% en noviembre a 5% en diciembre, debido a una caída, por primera vez en mucho tiempo, del empleo en el sector privado.

Los ánimos de los inversionistas se encuentran por el suelo. En la primera semana del año el Dow Jones bajó 4,2% y otros índices de la bolsa de valores de Nueva York cayeron hasta 7%. Esta tendencia se moderó en los días siguientes, pero no parece haber concluido. Según una encuesta del Economist Intelligence Unit entre 1.000 de las más grandes empresas de todo el mundo, los ejecutivos de Estados Unidos son actualmente los más pesimistas de todos sus colegas.

Es muy posible que Estados Unidos se encuentre ya en medio de una recesión, lo que sólo se sabrá con certeza dentro de unos seis meses (se define oficialmente una recesión como la caída del PIB durante dos trimestres consecutivos). De ser así, es poco lo que pueden hacer las autoridades económicas a estas alturas. Una reducción más acelerada de las tasas de interés de la Reserva Federal ­—que ya han descendido 1,5 puntos desde que estalló la crisis hipotecaria en agosto del 2007— solamente confirmaría que la situación es crítica, pero no produciría mayor alivio real antes de seis u ocho meses. El ambiente de temor ya es difícil de corregir: 43% de los consumidores creen que habrá una recesión y los intensos debates políticos de los meses venideros no serán el mejor tranquilizante.

La alicaída administración Bush tiene más posibilidades de agravar las cosas que de corregirlas. Proponer como prioridad en este momento que las reducciones de impuestos se vuelvan permanentes es no solo carecer de imaginación sino de entendimiento. Con el liderazgo demócrata, el Congreso seguramente hará contrapropuestas más sensatas, pero con pocas posibilidades de ser aceptadas o implementadas oportunamente por el gobierno.

Los ánimos están empezando a crisparse en América Latina. Las malas noticias de Estados Unidos resonaron en las bolsas de valores de la región: las acciones cayeron más de 4% en la primera semana de 2008 en Sao Paulo, Santiago y México D.F. En Brasil, los analistas están hablando con preocupación de la posible reaparición de un déficit externo y de las implicaciones fiscales de la decisión del Congreso en diciembre de no renovar el impuesto a las transacciones financieras, que representaba ingresos tributarios equivalentes a 1,4% del PIB. El nerviosismo también ha aumentado en Colombia, debido a que sus tensas relaciones con Venezuela podrían desembocar en restricciones comerciales que dispararían el déficit externo, que ya representa 3,6% del PIB, a pesar de los altos precios externos de sus exportaciones.

A pesar de estas inquietudes, el ambiente económico sigue siendo bueno y en toda la región siguen respirándose aires de bonanza. Los incipientes temores de que una recesión en Estados Unidos sea la debacle para América Latina son infundados. La economía mundial no está sincronizada en la actualidad al ritmo de Estados Unidos. Japón y la zona del Euro crecerán en 2008 a un ritmo sólo ligeramente menor que el año anterior y China y la India continuarán en auge. En contra de la opinión corriente, la demanda interna es el principal motor del crecimiento chino. Las menores exportaciones a Estados Unidos aliviarán apenas un poco las excesivas presiones de demanda y la China crecerá nuevamente cerca de 10%.

Los productos agrícolas que exportan Argentina, Brasil y otros países sudamericanos seguirán muy altos, gracias no solo a los nuevos consumidores de Asia, sino también a la controvertida política de subsidios al maíz para la producción de etanol en Estados Unidos, que absorbe una porción desmesurada de la oferta agrícola para reducir apenas marginalmente la dependencia del petróleo importado. La recesión de Estados Unidos se sentirá mucho más en los minerales y las materias primas industriales utilizadas en el sector de la construcción. De hecho, el cobre y el aluminio han caído más del 20% en meses recientes.

La recesión tendrá los mayores efectos en México y en Centroamérica, cuyos ingresos externos dependen no sólo de las exportaciones de manufacturas a Estados Unidos, sino de las remesas de los hispanos inmigrantes ocupados en la construcción y los servicios. Con todo, el crecimiento económico en estos países será suficiente para que el ingreso per cápita siga aumentando.

América Latina nunca había estado mejor preparada para una recesión en Estados Unidos. Los balances fiscales primarios (es decir, sin incluir el servicio de la deuda) en la mayoría de los países presentan superávit y la región en su conjunto tiene un balance positivo en la cuenta corriente con el resto del mundo. Las cuantiosas reservas acumuladas constituyen una defensa poderosa frente a las perturbaciones externas, la inflación se mantiene en niveles moderados en la mayoría de países y la recuperación del crédito doméstico ha ido acompañada por mejores prácticas de regulación y supervisión financieras.

Por supuesto que hay importantes vulnerabilidades que requieren atención inmediata. La más grave es que las tendencias recientes de crecimiento del gasto público en muchos países son insostenibles frente al aumento más pausado que tendrán los ingresos tributarios. Las circunstancias demandan una dosis de mesura por parte de los gobiernos para poner talanquera al creciente nerviosismo con una demostración real de que las economías están bajo control y que la estabilidad fiscal está asegurada. Con la excepción de Chile, los fiscos latinoamericanos aún no han llegado a la posición de solidez financiera que les permita contener los vientos adversos a base de gasto público. Lo más que podrían lograr si tratan de acelerar el gasto público en este momento sería aplazar la desaceleración, a riesgo de convertirla en una severa recesión más adelante. Éste es el momento de demostrar que han aprendido esa lección. Más tarde será muy tarde.


Nota: el autor está vinculado al BID, pero se expresa a título personal.
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