Opinión

  • | 1995/06/01 00:00

    América Latina ¿Dependiente o perezosa?

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Nuestro continente no es pobre porque otros países son ricos. La explicación hay que buscarla en otro lugar.

Aunque ya con menos énfasis, todavía se escuchan las voces de quienes se quedaron anclados en consignas socialistas para explicar la pobreza relativa del hemisferio Sur. Son los que aún extraen sus argumentos de "El Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano" (próximo a aparecer en versión de Plinio Apuleyo Mendoza y otros veteranos del camino de Damasco que han visto la luz) y se aferran a la Teoría de la Dependencia. En su expresión más simple la teoría se formula así: "El subdesarrollo de los países pobres parece ser el producto histórico del enriquecimiento de otros. La dinámica de la economía capitalista lleva a que se establezca un centro y una periferia y, simultáneamente, a que unos pocos accedan al bienestar a costa de los demás, con la consecuente tensión política, desequilibrio social y empobrecimiento de muchos',.

Este enunciado parte de la convicción de que el enriquecimiento de un polo de desarrollo conlleva inevitablemente el empobrecimiento de otro. Tener más implica arrebatar bienes ajenos. A la luz de la experiencia, ya para terminar el siglo XX, esa aseveración contraría la constatación de uno de los hechos revolucionarios del devenir de la humanidad: la demostración, a partir de la Revolución Industrial, y hoy en particular, dados los prodigios de la informática, que la riqueza puede crearse, y se está creando en nuestros días con mas rapidez que nunca. Esa velocidad se refleja en cómo han evolucionado los lapsos necesarios para doblar el ingreso per cápida en algunas naciones:

Es cierto, hasta los tiempos modernos, ni siquiera los imperios mejor organizados crecían sostenida y visiblemente. La noción misma de desarrollo es una formulación económica muy nueva. El concepto nació con la economía de mercado y la Revolución Industrial. Crecimiento había existido siempre, pero de manera tan imperceptible que los contemporáneos no lo registraban, ni siquiera cualitativamente. La expansión sostenida de Inglaterra, cuyo PIB aumentó al modesto pero cuantificable ritmo del 2% anual desde fines del siglo XVIII hasta 1850, cambió la historia y convirtió en alcanzable realidad la utopía de progreso y libertad en todos los órdenes, con que soñaron los filósofos de la Ilustración.

Antes de la Revolución Industrial, la riqueza se obtenía, casi exclusivamente, mediante la transferencia de la propiedad ajena. De ahí la rapiña por los bienes existentes, y de ahí que economías estáticas, como la de Europa medieval, pusieran tanto empeño en fijar precios y salarios, definidos moral y políticamente. Si el capital no generaba riqueza adicional, era natural que el cobro de intereses, por ejemplo, fuese denunciado como pecaminoso. Equivalía a aprovecharse de los más débiles, por el mero hecho de poseer. La acumulación del capital se convirtió en elemento esencial de bienestar sólo en aquellos conglomerados humanos donde la ciencia, la tecnología y la organización racional de la producción hicieron viable la creación de riqueza. Cuando ésta dejó de ser simplemente objeto de transferencia dentro de una sociedad, o entre países rivales, para convertirse en motor de acrecentamiento del inventario disponible, se dio el desarrollo económico.

Los años del milagro inglés se inician casi al mismo tiempo que el perfeccionamiento de la máquina de vapor, que independiza de la fuerza bruta. El período se nutre de la inventiva británica, motor de su enriquecimiento e indisolublemente unida a los mecanismos de la libertad de empresa y a la asignación de recursos por la vía de las señales de precio que emite el mercado. Ese revolucionario orden económico ha sustituido, en buena parte, las directrices autoritarias sobre qué producir y qué consumir; de él ha dependido el fenomenal éxito material del capitalismo, que provocó la caída del muro de Berlín.

En Occidente la demostración que el crecimiento económico indefinido es posible ha dejado una marca indeleble. A pesar de los apocalípticos y, a la postre, erróneos vaticinios del Club de Roma, según los cuales los recursos naturales se estaban agotando, la fe en el progreso amortiguó hace pocos años la más grande transferencia de riqueza de que haya noticia en los anales del género humano: el aumento de los precios del petróleo de US$2 a US$34 por barril en el corto lapso de siete años (19731979). Por mucho menos, en otras épocas, ese asalto a las arcas ajenas hubiese provocado una guerra atroz. Descompensaciones de esa envergadura sólo se concebían como parte del botín de un triunfador en combate.

Un empobrecimiento incruento en gran escala de Estados poderosos habría sido impensable sin el bálsamo del crecimiento económico para suavizar su impacto. Dueñas de la varita mágica, las naciones más poderosas de la tierra aceptaron el mayor valor del petróleo como un accidente de ruta, como la desinflada de un neumático. Se adoptó una actitud pasiva porque se tenía la convicción de que se trataba de una contracción que en poco tiempo estarían en capacidad de superar, como efectivamente sucedió. No es accidental que veinte años más tarde, el hoy abundante petróleo se cotice a precios inferiores en términos reales a los de 1972.

La constatación de que es posible crear riqueza, en el sentido de

multiplicar los bienes y servicios utilizables por un conglomerado humano, es un asombroso acontecimiento. Desconocerlo ha sido fuente de interpretaciones erróneas de los fenómenos económicos y de sus efectos políticos. Es la existencia misma de riqueza creciente la que ha facilitado su diseminación -así sea con desigualdades- y ha permitido que, contra lo profetizado por Marx, un porcentaje creciente de la humanidad goce de un bienestar nunca antes imaginable. El poseer comunitariamente cada vez más tiende, por otra parte, a evitar cambios radicales y violentos. De ahí que quienes los proconizan -con una lógica demencial- traten de detener la multiplicación de los bienes de una sociedad, impedir la acumulación de riqueza colectiva y destruir el patrimonio común. Intuyen que toda condición revolucionaria se esfuma cuando la política se concentra en el arte de distribuir los beneficios del crecimiento.

Lo constatable es que la creación de riqueza no va necesariamente ligada a la explotación de la pobreza ajena, y puede ser independiente de disponer de recursos naturales, como lo han demostrado Suiza y Taiwan. En cambio, tiene muchísimo que ver con el entorno ético y cultural de una sociedad, con los valores que modelan el comportamiento de sus componentes. Cada sistema de valores genera satisfacciones -de otra manera no se adoptaría- e implica también costos y frustraciones. América Latina se apega todavía al individualismo, al sentido del honor, y a la entereza para sobrellevar dignamente la adversidad, esa que se identifica con un sino fatal cuyo único antídoto es la buena suerte. En lo económico, como parte de sus valores, la región heredó -a la hora de la independencia- el mercantilismo trasnochado de la Contrarreforma que favorecía los monopolios de Estado y los privilegios de quienes estaban cercanos al poder; valores que se contraponen a los que enaltecen la diligencia, la tenacidad, el ahorro y el aprovechamiento libre y legítimo de las oportunidades de enriquecimiento. Esos valores conducían a estimular al avance científico y a adaptarlo a la creación de riqueza, mientras se hacían inversiones crecientes en educación y en infraestructura física. Es significativo que hacia 1850 se publicaran en los Estados Unidos más de tres mil periódicos, mientras en toda América Latina éstos no pasaban de doscientos, por falta de lectores. Tales diferencias en el desarrollo intelectual nada tenían que ver con la disponibilidad de recursos naturales, que pasivamente siempre han sido abundantes en el hemisferio Sur. Es contraproducente, por lo tanto, explicar por medio de la cómoda Teoría de la Dependencia que la prosperidad le haya sido esquiva, cuando, en realidad, la escasez se deriva más bien de no haber aprendido cómo se produce la riqueza. El Sur no es pobre porque el Norte sea rico. Sería más constructivo examinar de cerca el sistema ético-cultural que impulsó a identificar con lucidez el bien común y a hacer del ahorro y la laboriosidad virtudes supremas en el Norte, mientras América Latina se refugiaba en la superioridad de los valores espirituales frente a lo práctico y material, elementos vitales de una ética aristocrática muy dada a vegetar sobre el trabajo ajeno, pero sin admirarlo ni exaltarlo.

Todavía se repite: "Es injusto el que 75% de los recursos del mundo estén a disposición del 15% de su población". Esa frase ignora demagógicamente que gran parte de lo que hoy percibimos como recursos -por ejemplo, el petróleo, que se comenzó a extraer del fondo de la tierra en Titusville, Pennsilvania, apenas desde 1859- no eran reconocidos como tales hasta cuando fueron inventados o descubiertos, en el curso de los últimos ciento cincuenta años. Permanecieron inertes hasta cuando, recientemente, el hombre los puso al servicio del hombre. Los recursos, en el fondo, son bienes culturales que, combinados con métodos de organización de la producción, constituyen uno de los pilares del bienestar. No es accidenal que muchos de ellos se deban a la cultura noratlántica, una de las más pequeñas y de más corta tradición sobre el planeta, que adoptó la economía política democrático-capitalista, y otorgó gran énfasis a la creatividad tecnológica y a su aprovechamiento para producir riqueza. Es natural entonces que aquellas culturas cuya economía política se organizó desde temprano para explotar inteligentemente los bienes de la creación hayan tomado venta-ja en el goce de los mismos sin que se pueda argüir -como parece implícito en la Teoría de la Dependencia- que la inteligencia e inventiva de unos haya obstruido esa misma inteligencia e inventiva en otros.

Existen elementos más lógicos que los de la Teoría de la Dependencia para explicar las diferencias entre el Sur y el Norte. Las consecuencias institucionales de ver el mundo bajo prismas distintos a los del Norte, se manifiestan en aspectos tan diversos como la dispendiosa permisología para dar cualquier paso, la precaria educación primaria, o la despreocupada actitud hacia la propiedad intelectual, todos obstáculos para la producción de riqueza. De otra parte, se ha señalado -sin caer en el determinismo geográfico- cómo el desarrollo de una agricultura en suelos pesados a orillas de los ríos del norte (y de la Argentina) multiplicó la productividad campesina y, sobre todo, abarató el transporte. Los centros urbanos del Norte (y Buenos'Aires) podían recibir insumos fluviales o marítimos sin que el transporte valiese más que los artículos transados, desde 300 horas de distancia, lo cual facilitó la especialización. En ciudades como Santafé de Bogotá o Ciudad de México, en cambio, el radio de los suministros económicos no pasaba durante el siglo pasado de 100 horas de distancia. Así, mientras en Colombia los retos de las comunicaciones terrestres precariamente se han venido superando ya bien entrado el siglo XX, la Argentina llegó a ser un país desarrollado -a principios de este siglo- porque su agricultura siguió patrones europeos y norteamericanos.

Al mismo tiempo en América Latina, contrario a lo afirmado en la literatura batalladora de izquierda, también la distribución del ingreso ha mejorado: en términos reales, los salarios aumentaron el 2% por año, desde la guerra hasta 1980; mucho más que en los Estados Unidos entre 1865-1914. El logro sostenido de un aumento en el ingreso per cápita, mientras que el número de habitantes pasaba de 140 a 370 millones, es notable, y aun aceptando una defectuosa distribución, benefició a un porcentaje de la población rara vez registrado antes.

Un análisis de crecimientos per cápita muestra cómo América Latina se subdesarrolló realmente en el siglo XVIII y a principios del XIX. Ya en el siglo XX la región inició un gran salto económico -desde una base muy pequeña- fruto no de mejores términos de intercambio (inferiores realmente a los del siglo XIX), o de las llamadas "reformas de estructura" que, después de años de populismo, han quedado al des

nudo como retardatarias, sino de la modificación radical de los valores de la élite dominante. Ello, aunado a la ventaja de comenzar tarde, con la ganga de poder adquirir, a precios módicos, la experiencia tecnológica y administrativa penosamente acumulada por otros, han sido factores determinantes del progreso latinoamericano. El cambio de mentalidad de la élite durante la primera mitad de este siglo, con el injerto de valores nuevos, dentro de esquemas tradicionales pero más acordes con los postulados de la economía de mercado, condujo al despegue relativo de América Latina. A ese cambio contribuyó poderosamente el impacto avasallador de la potencia imperialista que hace cien años se hizo sentir con arrogante poder, y el repudio que su abuso produjo en una sociedad todavía pastoril, que se sentía inerme. El acicate gringo espoleó a la generación de Jorge Enrique Rodó (Ariel) y de Laureano Gómez, cuyas airadas páginas contra el coloso del norte aún influyen en las percepciones.

Sin embargo, con la aparición del mundo bipolar de la guerra fría, en que América Latina dejó de considerarse tan directamente asediada por un vecino cuyos intereses vitales se concentraban ahora en otras latitudes, se perdió algo del impulso que caracterizó la primera mitad de este siglo. A ello contribuyó también la infiltración de las ideas socialistas como modelo alterno que no sólo condujo a errores de política económica, sino que desestimuló la reinversión de ahorro interno por parte de las élites. Con la mejor intención de proteger a los más débiles y erradicar injusticias evidentes, el espejismo socialista distrajo esfuerzos de la tarea esencial de multiplicar los bienes y servicios a disposición del conjunto.

El crecimiento se ha desacelerado en época reciente, quizá porque el ímpetu que indujo a repensar valores, y que tan buenos resultados parecía estar dando, se descarriló víctima de "shocks" petroleros y del dinero fácil del reciclaje. La crisis de la década pasada tuvo su origen en una muy defectuosa administración de la prosperidad. Un huracán populista pretendió encontrar imposibles atajos hacia el desarrollo. Se perdieron años y, por trechos, hubo que desandar el camino con las consecuentes crisis y períodos de crecimiento negativo. Hoy, con altibajos, América Latina parece haber caído en cuenta que no hay sustituto para el trabajo tenaz estimulado por la competencia externa y para el ahorro interno creciente. Ha reconocido que "la calentura no está en las sábanas" como pretende la Teoría de la Dependencia. Este espíritu imbuye hasta a los que, pasado el turbión del desplome socialista, están levantando cabeza y cuestionando las reformas económicas de fondo de los últimos años. Es la ley del péndulo que rige la política -combinada con que los dinosaurios no desaparecen en un día. Pero los hechos son tozudos. Otros sitios neurálgicos del mundo, como esa esquina caliente de los tigres surasiáticos, están relegando la América Latina a un oscuro cuarto de San Alejo y de allí no saldrá si no se convence que sólo el esfuerzo propio la sacará de pobre.
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