Opinión

  • | 2005/01/21 00:00

    América Latina en 2005

    Los países latinoamericanos han manejado bien el período de vacas gordas. Esta vez, las mayores amenazas vienen de Estados Unidos y China.

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Por fin América Latina parece haber superado el estancamiento en que estuvo desde 1998. En 2004, la región creció 5,5%, la mejor tasa de crecimiento desde finales de los 70, lograda gracias al buen crecimiento mundial, la recuperación de los precios de los productos básicos y el favorable ambiente financiero internacional.

Las perspectivas para 2005 son alentadoras, pues en contra de lo que ha sido el patrón usual en América Latina, el auge no ha venido acompañado de déficits externos ni de relajamiento de las cuentas fiscales. O al menos, no todavía.

Si todo anda bien, el crecimiento estará alrededor de 4,5%. Será menor que en 2004 porque se agotará el espacio de recuperación que tuvieron Argentina, Uruguay y Venezuela para crecer 8, 12 y 18%, respectivamente, el último año. Pero los pronósticos para los demás países también tienden a ser más cautelosos, reflejando la incertidumbre que rodea la situación económica mundial y las vulnerabilidades que aún presentan las economías.

Estados Unidos y China han sido los dos motores del crecimiento mundial reciente. Paradójicamente, en estas dos economías se concentran los temores sobre el futuro de la economía mundial. Los elevados déficits fiscal y externo de Estados Unidos generan incertidumbre sobre la estabilidad del dólar y siembran dudas sobre el futuro clima financiero y de inversión en ese país y en el conjunto del mundo desarrollado. En 2005, la Reserva Federal continuará aumentando la tasa de interés para adelantarse a las previsibles presiones inflacionarias, y es posible que lo haga en forma menos pausada que hasta ahora. Pero esto no impedirá que el dólar continúe cayendo ni que sigan creciendo las preocupaciones por el futuro fiscal de Estados Unidos. Aunque la caída de la divisa estadounidense representa un alivio para los gobiernos latinoamericanos altamente endeudados en dólares, el servicio de la deuda aumentará por efecto de las mayores tasas de interés y la posible ampliación de los márgenes para los bonos latinoamericanos, que están en un nivel inusualmente bajo.

Por su parte, China constituye un factor importante de incertidumbre mundial por los temores sobre la sostenibilidad de su patrón de crecimiento basado en aumentos de inversión en capital fijo. Los temores se deben a que se están acumulando excesos de capacidad instalada en numerosos sectores y a que los grandes bancos estatales están tomando riesgos excesivos por el financiamiento de esos proyectos. Una fuerte desaceleración de China tendría efectos inmediatos sobre el comercio mundial y sobre los precios de los productos básicos, que afectarían con especial fuerza a América Latina. Una eventual desaceleración también podría acarrear inestabilidad cambiaria y financiera en el mundo, pues los excesos de ahorro que tiene China hoy son una de las principales fuentes de financiamiento de los déficits fiscal y externo de Estados Unidos.

Los altos niveles de endeudamiento de los gobiernos latinoamericanos son el principal factor de vulnerabilidad interna ante eventuales perturbaciones en el ambiente financiero o cambiario internacional. La tasa promedio de endeudamiento público en América Latina está actualmente en 59,3% del PIB, y es mayor del 50% en Argentina, Brasil y Colombia, entre otros países. La reciente tendencia a la apreciación de las monedas latinoamericanas contribuyó a que los coeficientes de deuda se redujeran en promedio cinco puntos en 2004. Pero si el ambiente internacional tuviera un cambio desfavorable, habría nuevamente devaluación de las monedas latinoamericanas y ello elevaría súbitamente los coeficientes de endeudamiento y dispararía el costo efectivo de servir la deuda. Esta fragilidad fiscal impediría además adoptar políticas fiscales expansivas para contrarrestar perturbaciones desfavorables, como sería deseable hacerlo para estabilizar el crecimiento económico.

Cuando llegue ese momento, saldrán mejor librados los gobiernos que durante el auge logren mantener la presión tributaria, ahorrar parte de los ingresos extraordinarios provenientes de los buenos precios del petróleo y moderar el crecimiento del gasto público.
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