Opinión

  • | 2006/07/07 00:00

    Algo sobre los resultados electorales

    La distancia y el tiempo ayudan a reflexionar sobre el momento postelectoral.

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Destacando la dificultad de una interpretación 'redondeada' solo se pueden plantear unas notas deshilvanadas sobre los resultados electorales.

Lo más claro es que en cuanto a desarrollo político del país significaron un gran retroceso. En la medida en que se considere que avanzar es tener instituciones, reglas del juego, órganos y actores que se inserten en un esquema conocido y funcional, lo menos que se puede decir es que se protocolizó que nada de esto cuenta (o existe).

Sin ser lo más afortunado, la propuesta de adelantar una nueva reforma para establecer un régimen parlamentario por lo menos guarda coherencia con el engendro creado al aprobar el sistema de reelección. Ya se ha dicho que los elementos que suponen justificar tal figura —la continuidad de una gestión, la consulta directa y permanente a la población, la posibilidad de revocar en cualquier momento un mal gobierno, el sistema de bancadas para acabar la 'politiquería', etc.— requieren necesariamente el sistema parlamentario como complemento. Ningún país con sistema presidencial tiene posibilidad de reelección, y la idea de que Estados Unidos sirve de ejemplo es totalmente errada: la Constitución estadounidense es un pacto entre Estados y el régimen federal, es decir, el Presidente tiene poderes solo en los aspectos que delegaron para un manejo común, a saber, las relaciones exteriores, la moneda, las fuerzas armadas y el comercio. Pero cada Estado tiene su propia legislación, su propio sistema judicial, su propio ejecutivo, etc. Incluso, el método para elegir Presidente de la Federación no es por votación directa ni idéntico en todos los Estados, sino mediante representación por delegados (en unos, escogidos mediante voto popular; en otros, por sistema representativo en convenciones o Caucus).

La ventaja del régimen parlamentario y de la separación de Estado y Gobierno en cabezas diferentes es que nadie pasa a ser más importante que las instituciones o a identificar el Estado con sus propias propuestas de Gobierno, ni cada nuevo partido o personaje que sube al poder pretende crear un nuevo mundo a imagen y semejanza de su pensamiento; la continuidad institucional la representa el Jefe de Estado mientras que la responsabilidad y la orientación administrativa quedan en manos del Jefe de Gobierno, que solo es elegido para eso.

El sistema parlamentario ha mostrado ser funcional en países cuyo orden político es bastante estricto y en general, es posible configurar un sistema de Gobierno-Oposición alrededor de partidos fuertes y definidos. Tal es el caso de Inglaterra, Francia o España, para citar los más cercanos a nosotros; infortunadamente, nuestro caso tiene más probabilidades de parecerse a Italia, donde la proliferación de pequeños partidos ha convertido en tradición la inestabilidad de gobierno.

Como bien lo señala Alejo Vargas, mal se puede decir que se ha creado un nuevo orden de partidos al disminuir de 70 a 9. Los que se formaron en la más reciente contienda lo hicieron en función de un 'uribismo' o 'antiuribismo' que solo puede ser transitorio. Pero ninguna característica de partido operó durante estos comicios: ni vigencia estatutaria de los que ya la tenían, ni desarrollo de propuestas programáticas, ni operatividad de un sistema organizacional, ni por supuesto definición ideológica diferente de con o contra Uribe.

En cuanto al Partido Liberal, paradójicamente el partido más fuerte y casi el único, fue, sin embargo, el gran perdedor. Pero no por los resultados, puesto que sigue siendo el primer partido en representación parlamentaria, el que percibe más recursos económicos en función de la votación recibida, el que más miembros carnetizados tiene, el único con una legitimidad aprobada por más de dos millones y medio de seguidores, el que con más tradición e infraestructura cuenta, etc. Había perdido su poder e importancia desde antes: como miembro del Instituto de Pensamiento Liberal, órgano responsable de la orientación ideológica del partido, participé en su reestructuración; el punto central fue la definición respecto a su ubicación en el espectro político moderno, sobre la base de que hoy la alternativa es entre socialdemocracia y neoliberalismo, y a que sobre ello debiera pronunciarse y reorientarse el Partido Liberal. Sin ninguna ambigüedad —o más correctamente, para acabar con cualquier ambigüedad—, se rechazó cualquier asimilación con el modelo o el pensamiento neoliberal que podía haber caracterizado el Gobierno que había implantado lo que en términos modernos es la extrema derecha social y económica, o sea, el neoliberalismo y el manejo de la comunidad por las reglas del mercado. El otro aspecto principal de la reforma de la colectividad fue el traslado de la capacidad decisoria y directiva de la clase política a los estratos cívicos y sociales que se consideran la base del partido —juventudes, mujeres, sectores campesinos, secretarias sociales, etc.—. Todo esto fue suspendido para dejar las decisiones de la colectividad en manos de quien representaba lo contrario.

Tal vez no sea justo tratar al doctor César Gaviria como el máximo neoliberal y, en todo caso, no debemos desconocer que en materia de visión del paramilitarismo como solución a los problemas del país está en el otro extremo. Pero infortunadamente la teoría de que 'es necesario hacer política' —propuesta y dirigida por el doctor Ernesto Samper— se impuso y se montó una estructura y una campaña que no podía llevar a ninguna parte: no solo porque desconocer todo el proceso surtido alejaba a quienes habían contribuido y defendido en él un avance necesario para poder desarrollar una actividad seria en la estructuración del país, sino porque la interinidad poco subsanaba este problema y en cambio agregaba confusión a quienes sin participar en la dirección del proceso lo habían respaldado (en principio los 2,5 millones de votos por los nuevos estatutos y los más de 1,2 millones de miembros carnetizados).

Lo que ha sucedido es que el liderazgo de un partido requiere vocación de poder, carisma, simpatía y manejo de los medios, pero también convicción, claridad y coherencia o lealtad en el comportamiento. El doctor Serpa cometió el error de relegar los segundos cuando desde la elección anterior calculó erradamente que los votos que le faltaban había que buscarlos desdibujando su figura y su personalidad, abandonando la candidatura a nombre del Partido Liberal para perseguir adeptos en otras toldas; así, su comportamiento errático fue castigado por sus propios seguidores. Pero lo previsible es que aún más duro será el castigo para el ex presidente Samper por su deslealtad. Si para el doctor Serpa aceptar la Embajada ofrecida por Uribe se convirtió en símbolo de ese rechazo por no haber mantenido una determinada línea, las descalificaciones del doctor Samper a quien fuera su 'fiel escudero' se ven como sinónimo de traición, aún más que la misma voluntad de entrega a quien ha sido la contraparte del partido en todos los debates recientes. Habría que estudiar las calidades de los posibles candidatos para saber qué expectativas puede haber, aunque parezca que más que a 'tirar línea' su tendencia fuera a buscar 'acomodarse'.
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