Opinión

  • | 2004/10/12 00:00

    Algo sobre libros

    El contraste con el despliegue del libro de Gabo me hizo pensar que somos poco apreciativos de ciertas cosas y valores que por lo discretos no tienen el reconocimiento debido.

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La coincidencia de haber recibido un regalo distinto al libro de García Márquez y de la promoción que ha recibido, me produjo inquietudes diferentes a las de la política y la economía.

El regalo y el motivo de esta columna es el libro que Villegas Editores me envió (como, según entiendo, a varios columnistas), el cual, con el nombre de Colombia Secreta y las estupendas fotos de Andrés Hurtado, es una linda invitación a apreciar más a nuestro país.

Andrés Hurtado es un sacerdote de una iglesia que tiene mucho cardenal pero pocos curas, pocos pastores en contacto con el mundo del cual predican la religión, en este caso la del amor por el ambiente. Miembro activo también de la Iglesia Católica (Hermano Marista) y entregado también al culto de enseñar a los otros, sus fotos y sus recuentos de las peripecias vividas para obtenerlas, tienen mucho más que la estética de la imagen o de la redacción, puesto que transmiten ese mensaje cuasi religioso, o más que religioso, de filosofía de la vida, que inspira al autor.

Benjamín Villegas es un hippie perdido en un mundo de donde desapareció el hippismo. Fue uno de los promotores de 'la callecita', tal vez el único reducto donde en Colombia se intentó vivir colectivamente esa experiencia, y con cuya desaparición se puede decir que murió no solo esa posibilidad sino esa época. Se refugió en un arte, nobilísimo y antiquísimo, como ha sido el de producir libros pero actualizándose a todas las posibilidades que da la tecnología moderna. Son bastante conocidos algunos logros y premios alcanzados por él, pero puede ser que amerite algo más de reconocimiento.

En una reunión promovida por el Secretario General Adjunto de Naciones Unidas, Antonio María Costa, se preguntó al auditorio qué empresas consideraban que mejor cumplían una función social. Todos los presentes coincidieron en nombrar a Carvajal S.A. Se aclaró entonces que la pregunta se orientaba no a la labor por medio de fundaciones, sino dentro de su propia actividad. Es una pregunta curiosa que invita a reflexionar.

En ese sentido, tal vez por lo destacado en lo específico del ramo editorial, la labor de Villegas Editores ha pasado algo inadvertida. Porque la otra característica paralela a la calidad del producto ha sido la de dedicarse a la función social de descubrir y promocionar lo nuestro, o sea, en términos no solamente figurados, a 'hacer patria'.

Ha sido reconocida universalmente por su arte la excelencia de sus libros sobre nuestros paisajes, flora, haciendas, artesanías, o incluso sobre las virtudes de nuestros chefs (así sea su hija la protagonista); pero no se le ha dado igual importancia a la fuente, al contenido del conjunto de sus ediciones que, más que reconocer, descubren los diferentes aspectos de valor de nuestra nación. Como parte de esta labor callada -pero más que meritoria- están sacando la Colección Dorada de primeras ediciones de autores colombianos, en su mayoría inéditos (54 títulos), y que van desde investigaciones históricas hasta profundos ensayos sobre Nostradamus.

El contraste con el despliegue hecho al libro de Gabo me hizo pensar que somos poco apreciativos de ciertas cosas y valores que por lo discretos no tienen el reconocimiento debido: Colombia Secreta es un libro en el que tanto autor como editor 'se sobraron' y que -sin querer faltarle al respeto al Nóbel- merece tanta o más atención que sus recuerdos de las meretrices.

Pero pensando en el tema de los libros caemos inevitablemente en el del deterioro cultural de Colombia. De la Atenas Suramericana pasamos a ser uno de los países con menos lectores de América Latina (en Argentina, el promedio de lectura puede ser de 8 libros por persona por año, aquí apenas de 2,4). Este renglón es uno de los más suntuarios, ya que el impacto de la reciente crisis económica de los hogares se refleja en la siguiente forma*: Año 1994 > ejemplares impresos en Colombia: 33 millones; ejemplares importados: 50 millones. Año 2002 > impresos en Colombia 16,5 millones; importados: 29 millones. O, desagregado entre 1998 y 2002, de 14.627.000 libros didácticos (o sea, para las escuelas) bajamos a 7.762.000; mientras de la literatura esotérica (incluye sanación, yoga, religiones, superación individual, etc.) subió de 268 títulos a 1.076. Por cada US$4 que se gastaban entonces hoy apenas se supera US$1,50. El tiraje de un libro nuevo que solía alcanzar entre 3.000 y 5.000 ejemplares hace 10 años hoy con 1.500 sería un gran éxito de librería, y del millón de ejemplares de nuestro Nóbel no se venderán acá más de 80.000.

Algo tiene qué ver lo desestimulante del alto precio del producto, ya que no se justifica en los costos. Al vender una obra como estas 'memorias' al mismo precio de una edición de un tiraje de 3.000 ejemplares, o sea a $26.000, da una gran rentabilidad porque además del volumen de ventas hay un margen de ganancia mayor al normal, gracias a la reducción de costos por el gran tiraje. Pero esto produce un círculo vicioso en el que en vez de crecer la industria editorial con bajos precios que propician el aumento del consumo, el deseo de extraer el máximo del público lleva a promover la competencia pirata (que en otras condiciones solo tendría la diferencia por el ahorro en calidad y los derechos de autor para competir) y la disminución de los lectores; en otras palabras, a mayor margen, menos ventas y más piratería, lo que a su turno deteriora el negocio editorial, conllevando elevación de costos, ergo aumento del precio.

No es el caso de otros países donde Monica Lewinsky o Hillary Clinton o el hermano de Lady Di reciben millones de dólares de adelanto (sin que tengan aptitudes literarias), mientras Gabo, siendo el primer escritor de lengua castellana (único que lanza un millón de ejemplares en la primera edición), recibirá solo la mitad o la quinta parte de lo de ellas. Pero es que en el extranjero donde todos los costos -edición, impresión, distribución- son menores, aprovechan además los grandes volúmenes de ventas ofreciendo bajos precios, con lo cual se genera un círculo virtuoso en que el manejo comercial dinamiza el sector, promoviendo la lectura y el 'éxito literario' que llaman best seller. Porque lo cierto, aunque lamentable, es que hoy la difusión de un libro, como cualquier bien de la sociedad de consumo, no depende de la calidad o el contenido de la obra, sino de otros ganchos, como el protagonismo del autor, escándalos por piratería u otros recursos de promoción de ventas, ajenas e independientes del producto mismo.

Dentro de estos últimos no puedo dejar de destacar 'El Opinómetro' de 'El Tiempo' y 'La W' (27 de octubre), según el cual el 26,7% de los consultados ha leído entre 3 y 6 obras de García Márquez. No hay nadie en Colombia (a comenzar por el mismo GGM) para quien una de cada cuatro personas que conozca cumpla esta condición. Esta relación probablemente ni siquiera se daría en una encuesta entre los alumnos de una cátedra universitaria sobre literatura colombiana, y da mucho qué pensar sobre la validez de esa metodología de consulta que en tantos otros aspectos guía e informa sobre lo que es o lo que pasa en nuestro país.



* Datos de la Cámara del libro "Estadísticas del libro en Colombia 2002".
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