Opinión

  • | 1997/05/01 00:00

    ¿Alcaldía o trampolín?

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En estos días han estado sobre el tapete la renuncia de don Antanas y sus aspiraciones presidenciales. Y muy pronto llegará la campaña para la elección del nuevo alcalde. Se ha hablado de la irresponsabilidad de Mockus al dejar huérfano el cargo y, sobre todo, está a flor de piel de los bogotanos el desastre de nuestra ciudad. Su causa principal es el crecimiento desmedido, producto de la inmigración de miles de nuevos ciudadanos de todas las regiones del país, en su mayoría en la inopia, que son un lastre para el desarrollo porque requieren que sus viviendas, sus servicios, su atención médica y su educación sean subsidiados por los demás contribuyentes. También hace falta adecuar la red vial de la ciudad y su sistema de transporte, mejorar los servicios de acueducto, el manejo de las aguas negras, el control ambiental, la generación de energía y la seguridad ciudadana. Y no se han hecho planes para encauzar, en forma técnica y sensata, y de la mano de todos los municipios vecinos, el crecimiento de una ciudad que en 15 o 20 años ocupará otras 30.000 hectáreas de la sabana de Bogotá. Todos son problemas de gran envergadura que requieren soluciones de largo plazo, tiempo y capacidad técnica para formularlas, y continuidad para ejecutarlas y ajustarlas a los inevitables cambios que las circunstancias futuras demanden.



Los alcaldes recientes han sido incapaces de resolver estos graves problemas, en parte por incompetencia y en parte porque los problemas son de tal magnitud, que requieren mucho más de tres años para proponer y ejecutar soluciones de fondo. Y si al cortísimo período del mandato agregamos que ninguno de los candidatos electos en Bogotá se había tomado el trabajo de prepararse cuidadosamente para ser alcalde, ni había conformado un equipo idóneo que estuviera listo a actuar desde el día de su posesión -el peor fue Mockus, que se demoró un año para completar su gabinete-, los tres años del período constitucional no les alcanzan ni para enterarse dónde están parados.



Muchas ciudades grandes en otros países han pasado por épocas de gran deterioro, con problemas aparentemente insolubles, casi siempre causados por un rápido crecimiento, y todas las que han logrado superar esas crisis lo han hecho con alcaldes que duraron mucho tiempo. Los ejemplos son muchos y últimamente se ha escrito sobre ellos: Chirac en París y La Guardia en Nueva York, Uruchurtu en Ciudad de México y Maragall en Barcelona, lograron en períodos de 10 a 20 años mejorar sus ciudades. Pero nosotros, por mandato constitucional, tenemos un período de tres años sin reelección, posiblemente por miedo -tal vez justificado por los chanchullos electorales- de que algún incompetente se perpetúe en el cargo para su beneficio personal. Pero es absolutamente imposible que los grandes problemas de nuestras ciudades se arreglen en tan corto tiempo, en especial con la inveterada manía de que el flamante y recién posesionado funcionario suspenda los programas de su antecesor, cambie los funcionarios para nombrar a sus amigos e inicie su mandato por un rumbo distinto, dejando abandonadas e inconclusas las iniciativas, buenas o malas, del gobierno anterior. Esa falta de continuidad en los programas está enquistada en nuestras costumbres políticas, en todos los niveles y en todas las instituciones. Y aunque esa maña también se da en el sector privado, a ningún accionista con dos dedos de frente se le ocurría proponer en una asamblea, gerentes irreelegibles de tres años. Y las asambleas, al fin y al cabo, también son elecciones populares donde los dueños eligen a sus administradores y los pueden hacer botar en cualquier momento, si lo están haciendo mal.



Yo no sé si influyó en la decisión -oportunista e irresponsable- de don Antanas de abandonar su cargo, el corto tiempo que le quedaba; si se dio cuenta de que lo poco que había hecho era todo lo que podía hacer y que, sin muchas consecuencias reales, podía abandonar a Bogotá para irse a ensayar payasadas en el resto del país, consciente de que lo que no hizo en dos años ya no lo hará en 8 meses; y que como nunca propuso un programa de gobierno, se podía dar el lujo de interrumpir su gestión en cualquier momento. Pero no me cabe duda de que cualquier alcalde serio que elijamos en el futuro tendrá menos tentación de usar el puesto de trampolín, si sabe que puede ser reelegido para que ejecute, hasta sus últimas consecuencias, su programa de gobierno. Naturalmente este planteamiento presupone la existencia de tal programa, y todos debemos recordar que a Mockus lo elegimos sin haber propuesto nada.



Así que si queremos que nuestra pobre ciudad salga del hueco negro, si aspiramos a que en 10 o 15 años ofrezca una calidad de vida comparable, no a la maravillosa de Barcelona o Vancouver, sino al menos a la de Medellín o Bucaramanga, tenemos que reformar la Constitución para alargar el período del alcalde, permitir su reelección indefinida para períodos consecutivos e instaurar mecanismos expeditos para destituirlo si no cumple (y aprovechar la reforma para borrar de su nombre el afectado e inútil Santafé). Y, aún más importante, votar solamente por personas que garanticen quedarse en el cargo el tiempo necesario. Más importante que dejarnos deslumbrar por las aparentes virtudes personales de los candidatos, o su filiación política, debemos escoger al que tenga un equipo que con él se comprometa a quedarse los años que hagan falta para hacer la tarea completa. Hacernos cargo de fiscalizarlos más efectivamente y caer en cuenta de que Bogotá es nuestra, de cada uno de los que aquí habitamos, y que no podemos volver a entregársela a cualquier oportunista que, ofreciéndonos pajaritos de oro o sin ofrecernos nada, se largue poco tiempo después y nos deje otra vez con los crespos hechos y en peores condiciones de las que encontró.
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