Opinión

  • | 1997/07/01 00:00

    Agua que nos has de beber.

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En estos días en Bogotá se ha hablado y escrito mucho sobre agua, o la falta de ella, y día a día nos informan qué tanta estamos ahorrando, cuáles barrios de la capital tendrán racionamiento y qué tan adelantadas -o más bien, atrasadas- van las obras de reparación del túnel de Chingaza. Naturalmente harán una "investigación exhaustiva" para determinar quiénes han sido los responsables de este absurdo, que puede fácilmente convertirse en catástrofe, y lo más probable es que descubran que la culpa la tuvo el tubo, y que los alcaldes y demás funcionarios de las últimas administraciones, los consultores y las firmas constructoras, cada uno de ellos hizo su tarea en forma profesional, honesta y sin tacha, y como en tantas otras ocasiones, sólo la fuerza del destino, o como dicen los abogados, la ira divina, es la causante de que se nos esté acabando el agua.



No quiero detenerme ahora a vislumbrar qué podría ocurrir si no son capaces de reparar el túnel a tiempo. Sólo imaginarse una ciudad de 7 millones de habitantes indisciplinados y egoístas sin gota de agua le da a uno escalofríos, pues podría ocurrir lo peor. No solamente hay que pensar en suciedad, epidemia, cierre de colegios, oficinas y fábricas, y eventualmente evacuaciones y campos de refugiados, sino que en medio de la situación de desempleo, pobreza y desesperanza en que estamos sumidos, ésta bien podría ser la chispa que haga repetir un "bogotazo", éste sí de verdad.



Pero al menos esto debería obligarnos a pensar sobre el tema del agua, que es vital, y que no se ha analizado en forma integral como un problema nacional. Y no me refiero solamente al acueducto de Bogotá, sino al manejo de aguas en todo el país, y sus implicaciones de todo orden. Colombia es un país con numerosas cuencas hidrográficas, ríos de gran caudal que bajan de los macizos de los Andes o corren por las llanuras orientales alimentados por las selvas tropicales; en algunas regiones del país, como el Chocó, la precipitación es una de las más altas del mundo y hay pocos lugares que realmente carezcan de agua: la Guajira, una que otra planicie en la cordillera, como el llamado desierto de la Candelaria, y pare de contar. Y sin embargo, muchísimos municipios no tienen agua potable y en otros es escasa y de mala calidad. ¿Por qué? En parte porque seguimos pensando que el problema del suministro de agua potable es distinto del tratamiento de las aguas residuales contaminadas. De éste último sólo se ocupan los ecólogos y por motivos menos apremiantes: porque se acaban algunas especies de la flora ribereña, porque desaparece la fauna fluvial o porque los olores contaminan las viviendas cercanas, pero no por lo más importante, que es la posibilidad de darle de beber a la gente. Tan cierto es eso, que el Ministerio del Medio Ambiente no tiene entre sus responsabilidades vigilar el suministro de agua potable y en entidades como Planeación Nacional los encargados de la contaminación ambiental ni se enteran de los problemas de los acueductos municipales.



Tomemos el caso más extremo, aunque no el único: la cuenca del río Bogotá. El río tiene un caudal suficiente para suplir de agua potable a todos sus municipios ribereños, desde Suesca hasta Tocaima, con la excepción de Bogotá, y todos ellos tienen que hacer grandes inversiones para traer el agua de otro sitio, porque el río es una porquería. Y como es una porquería, tampoco hacen esfuerzo alguno por purificar sus aguas negras, y las arrojan allí, agravando el problema del municipio siguiente. Yo no sé si se les haya ocurrido, pero lo que deberían hacer todos los pueblos en la ribera de los ríos Bogotá y Magdalena, desde Chocontá hasta Barranquilla, es ponerle una tutela a todos los de río arriba, terminando en Villapinzón, donde empieza la contaminación de las curtiembres, y muy especialmente a Bogotá, que es el mayor contaminador. Sería un espectáculo judicial esplendoroso: "Demandaos los unos a los otros", donde el único que saldría bien librado sería Puerto Colombia, no por limpio, sino porque bota sus alcantarillas directamente al mar. Y si ese "zaperoco" judicial da resultado, al cabo de algunos años tendremos un río limpio, todos esos municipios con abundante agua potable en sus goteras, los juzgados aún más congestionados y un montón de abogados con los bolsillos llenos.



Claro que el problema no es solamente la contaminación. Durante los últimos 400 años nos hemos dedicado a talar montes y si no le ponemos un tatequieto definitivo a la destrucción de nuestras fuentes de agua, pronto no habrá ríos ni siquiera para contaminarlos. Valga un ejemplo que viene al caso. Parece que el lugar mismo donde nace el río Bogotá es propiedad privada de un honorable senador de la República, que se ha dedicado a tumbar toda la vegetación paramuna para sembrar papa, sumando sus fanegadas a las miles de hectáreas en las que año tras año, indios y colonos, ganaderos y guerrilleros, en los Llanos y en la Amazonia, en el valle del Magdalena y en el Pacífico, talan bosques tropicales milenarios para explotar maderas, para sembrar coca y pastos y muchas veces solamente porque "hay que acabar la manigua". Todavía el hacha antioqueña es el símbolo del progreso y, como vamos, tendremos que cambiar el himno nacional por "Agüita amarilla".



Y más allá de todas estas consideraciones, resulta que nuestra agua tiene valor estratégico en el ajedrez geopolítico de nuestras disputas territoriales, pues nuestros vecinos venezolanos viven muy conscientes de que su agua viene de Colombia. La cuenca del Orinoco se nutre de ríos que nacen casi todos a este lado de la frontera y ellos, preocupados por el uso que aquí le demos a esas cuencas, protestan cuando alguien propone desviar un río para, por ejemplo, hacerle a Bogotá un nuevo acueducto. Así que no sólo debemos usar racionalmente nuestra agua para beberla, sino como "quid pro quo" en las negociaciones con Venezuela. Que si ellos quieren quitarnos toda el agua salada del Golfo de "Coquivacoa", la dulce que hoy les mandamos podríamos usarla para fines más higiénicos.
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