Opinión

  • | 2009/03/06 00:00

    A atravesar el desierto

    La crisis podría durar varios años. Quienes lo acepten más rápido tendrán mejores posibilidades de supervivencia.

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A medida que la crisis económica mundial se profundiza, se hace más relevante preguntarse cuánto durará.

Una crisis de corta duración puede ser enfrentada por una empresa en tanto se endeuda y acumula inventarios, sin necesidad de despedir personal esencial ni de replantearse los planes de inversión.

De igual forma, si tienen confianza en que la crisis será breve y cuentan con financiamiento, los gobiernos pueden embarcarse en programas de gasto público o en reducciones temporales de impuestos con miras a suavizar la contracción o evitar el desempleo.

Cosa distinta es si hay razones para creer que las condiciones adversas durarán unos cuantos años. Si la crisis actual persiste cuatro o cinco años, las empresas que la enfrenten con estrategias de corto plazo correrán el riesgo de quiebras y los gobiernos expondrán a sus países a desequilibrios fiscales que podrían desembocar en inflación, mayor desempleo y caídas más pronunciadas de ingreso.

La última crisis que asedió a América Latina se extendió desde el estallido de la crisis rusa en agosto de 1998 hasta comienzos de 2003, cuando empezaron a recuperarse las condiciones de financiamiento externo y los precios de los productos básicos. Al inicio de la crisis, Argentina tenía una economía aparentemente sólida y el gobierno se comprometió con una estrategia que consistía esencialmente en mantener las políticas anteriores sin ningún cambio. En 2001 tuvo que enfrentar la crisis más severa de todos los países de la región. Actualmente va por el mismo camino. Venezuela y Ecuador también se empeñaron inicialmente en que la crisis actual era problema de otros. A regañadientes, han empezado a reconocer que tienen que hacer ajustes, pero es posible que hayan perdido meses preciosos.

Sería un golpe de suerte que esta crisis fuera de corta duración. A diferencia de otras, esta es una crisis global, en la que quedan pocos motores de crecimiento. Entre las veinte economías más grandes del mundo, solamente China, India e Indonesia están creciendo por encima del 2%.

Estados Unidos aún no ha encontrado la fórmula para desatascar su sistema financiero. Puesto que nacionalizar es una palabra prohibida por el momento, va a pasar al menos un año más antes de saber qué nombre darle a las nuevas inyecciones de capital público que van a requerir aquellos bancos que, según las "pruebas de estrés" requieran más capital pero no lo consigan de fuentes privadas. Y, sin un sistema financiero sólido, el ambicioso programa de estímulos fiscales recientemente aprobado por el Congreso servirá de muy poco, porque su efecto multiplicador será muy limitado y pasajero.

Los países de la zona del euro han logrado una cierta unidad de criterios para enfrentar la crisis, pero carecen de un prestamista de última instancia y del compromiso de otras grandes economías para que su estrategia sea efectiva.

Cuando surjan, los amagos de recuperación económica mundial se enfrentarán con serios obstáculos. Los proyectos de inversión privada pagarán costos muy altos de financiamiento debido no sólo a la débil situación financiera de las empresas sino a la competencia de recursos con los gobiernos de Estados Unidos y Europa, que tendrán que financiar déficits colosales. En Estados Unidos, el déficit fiscal este año llegará a 12,3% del PIB, un nivel escandaloso que absorberá 1.750 miles de millones de dólares de financiamiento. Con supuestos bastante optimistas, el déficit de 2013 estará todavía en el 3% del PIB.

Es necesario que el consumo privado de bienes durables vuelva a crecer para detener el colapso de los sectores industriales en todo el mundo. Pero es muy alto el riesgo de que esa fuente de recuperación de la demanda sea abortada por un nuevo shock petrolero y de otros recursos básicos, debido a la parálisis de inversiones en estos sectores.

Nadie puede saberlo con certeza en este momento, pero es probable que la actual crisis económica mundial se prolongue por varios años. Una encuesta que acaba de realizar el BID entre más de 300 líderes latinoamericanos, cuyos resultados serán presentados a fines de marzo en las asambleas del Banco en Medellín, sugiere que los dirigentes de la región están conscientes de esta posibilidad (aunque entendiblemente no lo manifiesten en público). Una amplia mayoría de los líderes encuestados espera que el ingreso per cápita en sus países caiga durante los próximos cinco años. Chile es uno de los pocos países donde los líderes esperan que el ingreso per cápita siga creciendo en los próximos años.

¿Otra media década perdida para América Latina? No necesariamente. Si se reconoce que esta puede ser una crisis profunda y prolongada, quizás puedan concentrarse los esfuerzos de los gobiernos y de los sectores empresariales en identificar y remover los obstáculos para el crecimiento de largo plazo, en lugar de malgastar los recursos políticos y fiscales en paños de agua tibia. Las crisis son momentos de oportunidad en los que pueden lograrse grandes cambios.

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