Opinión

  • | 2009/01/23 00:00

    2008: Un año de extremos

    Es irónico y trágico que Soacha y la Operación Jaque compartan honores como el peor y el mejor hecho del año.

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El año pasado trajo muy buenas y muy malas nuevas, tanto a nivel doméstico como internacional. Hubo hechos conmovedores y esperanzadores y otros decepcionantes y horripilantes.

Comencemos por lo bueno. Las mejores noticias para los colombianos fueron sin duda las liberaciones y rescates de secuestrados y las movilizaciones nacionales e internacionales contra el secuestro. Ver en todo su horror la realidad de este repugnante crimen, a través de las llamadas "pruebas de supervivencia", finalmente despertó una vasta ola de indignación contra los captores y de solidaridad con las víctimas en todo el país y en algunos sectores de la comunidad internacional. El personaje del año fue la movilización del 4 de febrero: ríos de gentes de toda condición unidos en la protesta contra un crimen y un grupo criminal, desfilando en todas las ciudades del país y en muchas capitales extranjeras, convocados por unos jóvenes a través de Facebook.
 
Fue uno de los hechos sociales más conmovedores presenciados jamás. Creo que resultó muy efectivo, además, pues es poco probable que sin ese estímulo y respaldo las fuerzas armadas del país se hubiesen atrevido a ejecutar esa acción audaz y brillante que fue la Operación Jaque y que el gobierno colombiano y otros extranjeros le hubiesen otorgado tal prioridad a esta cruzada.
 
Ver las caras jubilosas de los liberados y sus familias, sus abrazos y lágrimas de felicidad, después de haberlos visto encadenados, enfermos y desesperanzados fue el mejor regalo que recibimos todos los que de una u otra manera, desde una posición de autoridad o como ciudadanos de a pie, nos movilizamos contra este flagelo. Se debe reconocer generosamente la contribución a dicho logro colectivo ante todo al Gobierno, a las fuerzas armadas y a las familias de los secuestrados, pero también a otros que unieron sus esfuerzos en pro de la liberación, como Piedad Córdoba, Chávez y el gobierno francés. Así lo ha hecho Ingrid Betancur, quien, con otros ex secuestrados, ha dedicado su nueva libertad a mantener viva la presión nacional e internacional contra el secuestro. Por ello se ha erigido en el símbolo universal de esta lucha.

Otras buenas nuevas nacionales fueron la serie de reveses sufridos por la guerrilla (el fin de buena parte de su Estado mayor, las múltiples deserciones y sus derrotas militares) y la extradición de los jefes paramilitares, que despejó cualquier duda sobre la supuesta laxitud del Gobierno en esta materia.

La mejor noticia internacional fue la elección de Barak Obama como presidente de los Estados Unidos. Lo fue por las grandes condiciones del personaje: quienes no lo conocíamos de antes nos fuimos sorprendiendo a lo largo de la campaña por su profunda inteligencia, su carácter reflexivo, su actitud conciliadora, su decidida defensa de los derechos humanos y su vocación por el multilateralismo, que marcaron un fuerte contraste en todos estos aspectos con su antecesor, uno de los peores presidentes en la historia de ese país y que más daño le ha hecho a la causa de la democracia.
 
Pero, además, lo fue por lo que representa que un hombre negro, hijo de un inmigrante africano de origen humilde, con nombres árabes, haya sido elegido Presidente del país más poderoso de la tierra, cuya historia ha estado marcada por la esclavitud y el racismo. Basta con leer un par de libros, Rompedor de Nubes de Russell Banks y La Conciencia de un Liberal del Nobel Paul Krugman, para apreciar en toda su magnitud el cambio colosal que representa esta elección en una sociedad que tuvo que librar una guerra civil para poder erradicar la esclavitud en los estados del sur y que, según Krugman, precisamente por los prejuicios racistas de una buena parte de sus clases medias y pobres, mantuvo por muchos años en el poder a la derecha extrema delirante de Reagan y Bush hijo, que representaban los intereses de una pequeña minoría elitista.
 
Ni qué decir del poder simbólico que esta elección tiene para el resto del mundo: basta con observar las fiestas jubilosas al otro día de la elección en todas las capitales, en el África y en muchos pueblos del litoral atlántico y pacífico colombiano.
 
Esta elección hizo renacer la esperanza entre los ciudadanos de bien del mundo entero que habían visto con horror cómo en el país estandarte de los valores democráticos se institucionalizaba la tortura, la violación de derechos humanos, la guerra preventiva unilateral, la mentira y la corrupción como prácticas habituales de gobierno. E hizo nacer la esperanza entre los representantes de una gran raza que ha estado esclavizada o marginada por siglos. Ojalá Obama no defraude tantas esperanzas.

Por su parte, el peor hecho doméstico, de lejos, lo constituyeron las ejecuciones extra juicio cometidas por oficiales de nuestro ejército. Es lamentable que este atroz hecho no haya despertado una mayor indignación ciudadana y que haya sido cometido por miembros de las mismas fuerzas que han realizado actos heroicos y muy efectivos en la lucha contra la guerrilla y el paramilitarismo. Es irónico y trágico que Soacha y la Operación Jaque compartan honores como el peor y el mejor hecho del año.

El segundo lo constituyó el desastre social ocasionado por las pirámides y DMG. Como en el caso de las ejecuciones extra juicio, en el de las pirámides y DMG se juntaron la falta de valores de los promotores, la ambición por el dinero fácil de otros y la pasividad del Gobierno ante las denuncias e indicios que venían de atrás. En este caso asoma de nuevo la fea cara corruptora del narcotráfico, servida por aventureros y por personas de la élite (un ex procurador, un ex director de impuestos, unos muchachos de "buena familia"), como ya había sucedido en épocas del Cartel de Cali, y la ingenuidad o la ambición excesiva de miles de depositantes. Y da grima ver cómo el Gobierno permitió que este fenómeno se extendiera tanto sin haber procedido a tiempo a obtener la legislación de emergencia requerida para intervenir estas actividades delictivas con base en simples indicios.

Y, desafortunadamente, hubo otro hecho malo en el panorama doméstico. Le pudo más al presidente Uribe la ambición desmedida por el poder que el interés de la patria. Un Presidente que pasará a la historia como el ejecutor de una de las mejores administraciones de las últimas décadas (su primer Gobierno), que cambió definitivamente el dramático curso que traíamos en materia de orden público, también pasará a los libros de texto como un ejemplo tardío de caudillismo y de falta de respeto por las instituciones de su país. El falso positivo de la reelección, con sus jueguitos y ambigüedades, constituye un insulto para la inteligencia de los colombianos y ojalá termine como se merece.

En lo internacional, el gran hecho a lamentar fue, por supuesto, la gestación y desarrollo de la crisis financiera y económica más profunda de la posguerra y sus ramificaciones. Sabrán perdonarme no ahondar en el tema, pues se me acabó el espacio y ya he escrito mucho sobre él en columnas anteriores.
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