Opinión

  • | 2010/05/07 00:00

    200 años de comercio en Colombia - Luis Fernando Molina Londoño

    Colombia es un país diverso y con muchas barreras para el comercio. No obstante, por razones históricas propias de la dominación española, sus actividades económicas siguieron girando en torno a la minería, el comercio, la agricultura y la ganadería.

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Por Luis Fernando Molina Londoño
Profesor, Facultad de Administración, Uniandes.

 Bolívar criticó a España por “los privilegios exclusivos del comercio hasta de los objetos de primera necesidad”. Incluso, pasaron más de 30 años para que el gobierno liberara el comercio. La mayoría de nuestros héroes de la independencia eran comerciantes y durante la reconquista de Murillo se exiliaron en Jamaica, a donde acostumbraban ir de compras.

En el siglo XIX, alrededor del modelo económico de desarrollo basado en las exportaciones, el país se pudo integrar al mercado mundial mediante la producción y comercialización del oro, el tabaco, la quina y finalmente el café. Estas actividades lograron impulsar la arriería, los ferrocarriles y la navegación fluvial, la conformación de bancos y hasta de una aseguradora, la colonización empresarial de baldíos, la fundación de nuevas poblaciones y ciudades en las rutas de los nuevos circuitos comerciales de la economía exportadora, que como Manizales, Pereira y Barranquilla se conectaron con las viejas ciudades (Santafé, Honda, Mompox, Medellín, Rionegro y Popayán), y una incipiente migración británica, alemana y francesa que dinamizó la organización de casas comerciales, que junto a las colombianas lograron crear las bases del mercado interno y del lento desarrollo económico colombiano.

Las casas comerciales nacionales altamente diversificadas dedicadas a la importación de mercancías inglesas y francesas, dieron origen al comerciante jamaiquino quien se especializó en viajar a Jamaica por mercancías. De allí se dirigieron directamente a Londres, Manchester, Liverpool y París donde, incluso, mantenían representantes comerciales permanentes. Desde el país enviaban barras de oro que nutrían las cuentas que las abrían sus proveedores allá para respaldar los envíos. Una vez en Bogotá, Medellín, Rionegro, Popayán u Honda, se entregaban al por menor a tratantes y mercaderes, con plazos que rara vez excedían los tres meses. Así llegaban los diversos géneros a los consumidores en los mercados pueblerinos del domingo. Las mercancías surgieron después de la independencia, iniciaron sus negocios con el exterior. Dados los altos costos del transporte o de algunas mercancías de lujo de gran tamaño y peso, varios comerciantes se reunían para organizar la denominada “ancheta”, o sea, un solo pedido a un único proveedor extranjero, logrando así un mayor descuento. Si el comerciante viajaba al exterior por la mercancía corría grandes riesgos como ahogarse por naufragio del barco en el río o en el mar, morir de fiebres durante la travesía por el Magdalena, perecer por el frecuente estallido de la máquina de vapor de los navíos, o perder a manos de los piratas en el Caribe todo el oro en polvo que llevaba a Jamaica o Europa para hacer las compras. Era frecuente la introducción de mercancía de contrabando burlando las alcabalas.

La gran experiencia adquirida en el comercio internacional durante la primera globalización, los avances en los transportes y la economía cafetera respaldada en una masa considerable de pequeños campesinos y grandes comercializadores del grano con ingresos permanentes, creó las bases para el acelerado desarrollo del comercio que va ha experimentar Colombia en la primera mitad del siglo XX. Los introductores de tela (producto que representaba casi el 80% de las importaciones del país), que con frecuencia eran también grandes exportadores de café y banqueros, se transformaron en industriales exitosos, en parte, gracias a los conocimientos acumulados sobre los productos que antes importaban pero que empezarán a producir en pequeñas fábricas. Por eso, la industrialización colombiana es iniciativa de una dinámica clase comercial, que además, aprovechó las políticas proteccionistas que paulatinamente se fueron implantando desde el gobierno de Núñez. A principios del siglo también surgió una organización institucional que se expresó en las cámaras de comercio de las principales ciudades (Bogotá: 1898; Medellín 1904), y más adelante en una agremiación –FENALCO (1945)–, en una Superintendencia de Industria y Comercio, y finalmente en un Ministerio de Comercio Exterior. La iniciativa privada aportó a la institucionalidad con la creación de bancos especializados en el sector. Por su parte el Estado, en el marco de alto intervencionismo en la economía, organizaría entidades comerciales y reguladoras de precios como el Instituto de Mercadeo Agropecuario –IDEMA– y las grandes centrales mayoristas de alimentos en Bogotá y Medellín.

Durante la primera fase de industrialización llegaron hábiles comerciantes judíos y turcos que innovaron en las formas de dar crédito y establecer relaciones con los clientes de bajos ingresos tradicionalmente muy desatendidos. Ellos enfrentaron una dura competencia con los comerciantes nacionales quienes se les opusieron cuando percibieron el éxito que iban obteniendo en el comercio. También apareció en la región Caribe el embrión de lo que más adelante serán las primeras grandes cadenas de comercio minorista: Almacenes Carulla, Helda y Ley. La primera, además, revolucionaría el comercio colombiano, con la apertura del primer autoservicio en el país (1953). Por esta misma época, el presidente Rojas Pinilla daba una nueva vida al archipiélago de San Andrés, cuando lo convierte en el primer puerto libre del país, desde el cual se surtirán muchos hogares colombianos, de mercancía extranjera, especialmente de electrodomésticos.

El modelo de industrialización basado en la sustitución de importaciones que imperó en Colombia hasta 1990, limitó considerablemente la oferta de productos en el país. A su sombra se expandió la gran empresa comercial con la cual no pudo competir ni siquiera el gigante norteamericano Sears que arribó en los años sesenta. De la plaza de mercado cubierta y del pasaje comercial, Colombia experimentó desde finales de los años setenta el auge de los centros comerciales, que no paró desde la inauguración de San Diego en Medellín y Unicentro en Bogotá. Luego apareció el mercadeo de productos populares y drogas liderado por las Cajas de Compensación que crearían grandes dificultades y evidente oposición del comercio tradicional. Finalmente, después del Pacto Andino (1969), con la apertura económica y la firma de nuevos tratados de libre comercio de segunda generación, como el G3 (México, Colombia, Venezuela) se desató la expansión de la oferta de productos nacionales y extranjeros, las formas de crédito, el abaratamiento de productos de tecnología, bienes durables, tecnología y el concepto de todo bajo un mismo techo en los almacenes por departamentos y grandes superficies.

Para enfrentar la competencia que plantearon las cadenas internacionales de comercio minorista que ingresaron al país en los años noventa (Makro, Carrefour, Falabella-Sodimac) o atender las ofertas de compra a grandes empresas colombianas como la realizada por la francesa Casino de Éxito-Ley-Carulla-Vivero, se abrió paso una internacionalización que trajo al país la modernización del retail. Frente a este continuo cambio permanece en Colombia ese mismo fenómeno con el cual se ha identificado el comercio nacional desde el siglo XIX: una población con notable destreza para comerciar que obliga a una exitosa convivencia entre mayoristas, cadenas de grandes almacenes, contrabandistas, tenderos, pequeños comerciantes de misceláneas, sanandresitos y comerciantes informales que hasta se atreven a competir en precio y a innovar en formas de venta, con los más grandes y poderosos del sector.

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