| 2/23/2007 12:00:00 AM

Un conflicto generacional

Para Gramsci, las crisis se generan cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Creemos que es lo que acontece en Colombia, una sociedad enferma y en conflicto.

Sería necio definir el concepto “crisis”. Basta dar una mirada a nuestro entorno para comprender que no estamos bien; que el barco hace aguas por todos sus flancos y que en medio de este naufragio se encuentra lo mejor de nuestra generación. Una mirada retrospectiva a nuestra historia es suficiente para captar el gran vacío social que se teje alrededor de nuestra juventud y de todas las generaciones que nos antecedieron. Tarde o temprano terminamos entendiendo que no bastan el talento o la inteligencia; mucho menos el esfuerzo o el afán de convertirnos en seres mejores y con un alto sentido de solidaridad. La lección que se aprende es demasiado dura como para reaccionar a tiempo y no caer en la falsa trampa del arribismo social o intelectual.

Falso sería decir que nuestros conflictos son generados por la falta de tecnología o por el hecho contundente e irrefutable de que somos una sociedad dependiente con una economía subdesarrollada. El conflicto no es de intereses, es de generaciones. Es simple cuestión de supervivencia el hecho que a la larga se traduce en falta de solidaridad o estabilidad emocional. Al fin y al cabo los conflictos económicos se resuelven cuando se deduce que para pasar a la otra orilla es necesario aliarse con aquellos que nos antecedieron en este conocimiento práctico-existencial.

Somos una sociedad en crisis, se lo ha dicho hasta la saciedad; lo que no se ha dicho es que la permanencia de estas crisis en nuestra sociedad se debe a factores que no se resolverán elevando los índices educativos o tecnológicos. El asunto es demasiado serio como para reducirlo a un análisis tan poco juicioso y racional. Tampoco podemos ser tan simples para creer que es elemental cuestión de gobernabilidad. Se aducen argumentos de carácter genético o étnico y no está distante la época de nuestra historia en la que se pensaba que permitiendo el ingreso de nuevos elementos raciales a nuestra geografía, y por supuesto a nuestra cama, nos elevaría a un nuevo plano en el contexto mundial y universal.

Cabe preguntarse si los altos índices de intelectualidad que existen en Colombia han sido un factor que nos permita vislumbrar un panorama más prometedor y esperanzador. Y es que justamente los colombianos que han tenido la oportunidad de acceder a los altos círculos académicos y universitarios son los primeros en padecer los rigores de una colectividad que desprecia el talento y se mofa de tamaña ingenuidad.

Jóvenes que para sobrevivir deben renunciar a sus más caros principios; carne de cañón que miran con nostalgia los dìas de su existencia y que deben asirse al primer salvavidas que los conduzca hacia un éxito esperado y en condiciones de muerte anticipada. Y ya se oyen las voces de quienes promulgan que para salvarse es necesario el fortalecimiento de nuestra democracia en la consolidación de unos partidos políticos que no expresan nuestros verdaderos anhelos y que se encuentran distantes de responder a nuestros eternos interrogantes.

La realidad es que no acabamos de nacer y ya estamos pensando en asesinar lo nuevo. Estamos inmersos en la cultura farisaica de unos dirigentes que se saben frustrados, que se saben incapaces de resolver tan solo uno de nuestros conflictos. Ellos, que portan credencial de Harvard o de Massachussets, saben que para sobrevivir deben vender falsas esperanzas amparados en datos y cuadros estadísticos que no impiden la muerte prematura de lo más sagrado de nuestra sociedad.

Para que Colombia encuentre un camino que la conduzca hacia su propio desarrollo social se requiere el compromiso, justamente, de quienes usurpan el poder y contienen el ímpetu y la inteligencia de la juventud. Qué puede hacer un joven profesional, con talento y capacidades, si para poder cristalizar sus destrezas debe portar, como requisito indispensable, la tarjeta de presentación de un miserable concejal que todos saben corrupto e incompetente. Ahí aprende su primera lección y no la olvida nunca. Se deja a un lado todo principio, creencia o filosofía y se enlista en las filas de un viejo partido político, que sabe que es mentira, pero que le garantiza el pasaporte hacia un porvenir, que en otras condiciones sería impensable. Y termina aprendiendo un discurso que lo convierte en una esperanza para su país.

Ser o no ser, he ahí el dilema para cientos de jóvenes colombianos que la misma sociedad excluye. Y el remedio termina siendo peor que la enfermad, una eterna comedia que nos vuelve miserables ante propios y extraños.

Sobre el factor tecnológico basta decir que en nuestro suelo poseemos una capacidad insospechada hasta hace unas pocas décadas; tecnología de punta que fácilmente se puede introducir y reproducir. Si miramos a nuestro alrededor nos encontraremos con una inusitada lista de herramientas que si bien han facilitado nuestra labor, no han sido el factor que garantice o promueva el desarrollo social.

Las crisis continúan multiplicándose en la medida que nos invaden los nuevos elementos tecnológicos e industriales. Porque para la juventud de hoy no basta pasar de la maquina de escribir a la magia del computador o de los viejos y menospreciados libros a la vertiginosa rueda del Internet. A pesar de ello aún llevamos la creencia subliminal que nuestra pobreza física y espiritual se resolverá cuando en cada casa se posea una compleja red de sofisticados inventos.

Antonio Gala, en su documento “Carta a los herederos” lo profetizó hace mucho tiempo: “No estéis de acuerdo con vosotros mismos mientras no consigáis vivir en una sociedad pluralista que respete a cada humano, cualesquiera que sean su color, su raza, su orientación sexual, su religión y su nacionalidad. Sed mejores que nosotros y que nazca lo nuevo de una vez. Porque ese esfuerzo inaugurará de nuevo el mundo. Y valdrá, pues, la pena”.

En Colombia nos encontramos con el morboso pronunciamiento de unas cuantas figuras político-intelectuales que procuran hacernos creer que ser diferente en lo sexual es una contravención contra la naturaleza. Firman manifiestos y los divulgan en los rotativos nacionales pretendiendo con ello encontrar la causa de nuestras desdichas. Si Grecia y Roma cayeron por tan abyecto comportamiento, pues los colombianos nos merecemos nuestra suerte por permitir en nuestro suelo la existencia de unos seres extraviados y diferentes a nuestra concepción. Igual sucede con los principios políticos. Si padecemos el rigor de la miseria, todo ello se debe a nuestro espíritu tropical que se resiste a entender la importancia de unas tesis creadas hace más de un siglo y que nos cubren con su sombra sin permitirnos vislumbrar los verdaderos caminos de la reconciliación nacional. En consecuencia somos culpables de nuestro destino colectivo. Toda nuestra miseria se resolverá cuando hagamos el supremo esfuerzo intelectual de entender que para ser felices es requisito indispensable fortalecer las viejas ideologías de dos partidos y que todo lo demás es causa de la ruina nacional.

Nos preguntamos con Jalil Gibran: “¿Qué es el miedo a la miseria sino la miseria misma? Y en esta miseria nos hundimos los colombianos, sin excepción. “¿què traerá el mañana al perro demasiado prudente que oculta huesos en las arenas movedizas mientras sigue a los peregrinos que van hacia la ciudad santa?”. He ahí el drama de nuestra juventud: entierra su tesoro en el fango cenagoso de su patria elevando plegarias a falsos dioses que tarde o temprano se volverán en su contra. Jóvenes envejecidos en plena pubertad, que sacrifican lo mejor de sí en el simple animo de salvar su existencia, no la de su país.

En nuestra patria, convertida en un gran cementerio, donde morir es un oficio rutinario y donde sobrevivir es un ejercicio cotidiano de muerte se debería enseñarle a la juventud la gran lección que nos legó John Donne: “la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad; por tanto, nunca mandes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

*Periodista y escritor del departamento de Nariño.
Columnista de DIARIO DEL SUR.

Cronista, cuentista y ensayista

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