| 9/26/2007 12:00:00 AM

Turismo y carbón no son mutuamente excluyentes

La exportación de carbón por los puertos de Santa Marta y Cartagena constituye un problema al cual el gobierno, la prensa y la opinión pública, se han aproximado con una visión miope.

Por un lado, la operación de exportación por Santa Marta, altamente contaminante por el mecanismo indirecto con que se realiza, goza de especial condescendencia. No habrá alternativa a la flagrante contaminación sino hasta que en 2010 haya una ruta alterna de tren y se construya un sistema de bandas que transporte, de manera directa, el carbón hasta los barcos de gran calado, operación que hoy se hace en barcazas. En este último procedimiento se arroja una alta carga de partículas al medio ambiente y se afectan proyectos turísticos existentes. Hay una verdadera yuxtaposición entre actividades económicas.

Por otra parte, en Cartagena, y en todo el país, el revuelo por la construcción de un muelle carbonífero en la isla de Barú ha encontrado un sinnúmero de románticos pero miopes contradictores. La importancia estratégica del proyecto para el desarrollo local es innegable y por ello la evaluación de la adjudicación de la licencia ambiental no debería estar viciada, como lo está, de un populismo que no pretende más que acallar la palpable incompetencia con que se ha afrontado el problema en Santa Marta. En este afán, se ha perdido de vista que la operación en Barú se establecerá en condiciones muy diferentes a las de la samaria. Será a una distancia de 10 kilómetros del punto donde tendrá lugar la operación turística más próxima y se hará con un mecanismo de cargue directo, que evita que las partículas de carbón se esparzan por el medio ambiente llevando, a través de conductos, la carga hasta las bodegas de los buques.

En Vancouver, Canadá, existe una operación similar a tan solo 300 metros del área residencial más cercana. Mal hace la cadena Decamerón en chantajear al gobierno con congelar su proyecto en la Isla si Coalcorp obtiene la licencia ambiental para operar en Barú. Especialmente, cuando tradicionalmente esta región ha sido tierra de nadie.

El proyecto turístico también se ha sobredimensionado en su alcance. Un editorial reciente de El Tiempo afirma que, el solo proyecto, atraerá unos 400 mil turistas adicionales al año, cifra astronómica si recordamos que los turistas que visitan a Cartagena en un buen año, no llegan al millón. Hay que preguntarse si un solo proyecto será capaz de traer tanta dicha. También hay que preguntarse a cerca de la calidad de la dicha y su importancia estratégica. En Cartagena, el turismo no se caracteriza precisamente por generar empleos de calidad, el grueso de la demanda de mano de obra de este sector es de baja calificación y, por ende, de baja remuneración.

La importancia estratégica también es cuestionable, puesto que es un mito que Cartagena es una ciudad turística. La verdad es que el turismo no es el primer rubro de la economía cartagenera, la industria, el comercio y los servicios inmobiliarios lo superan ampliamente. Una situación evidente es que Cartagena aún no define su vocación. La pregunta es, ¿debe definirla ante la presión de una cadena hotelera? Obviamente no. Los proyectos en cuestión no son mutuamente excluyentes y la decisión sobre los mismos debe estar menos cargada de ánimo y más de concienzudo análisis.

Es en Santa Marta donde la opinión y el gobierno deberían ser más inquisitivos y animosos y en Cartagena más tranquilos y estudiosos. No es justo darle tan bajo nivel a la discusión, ni poner en jaque a un gobierno con la amenaza de retirar un proyecto hotelero. En este sentido yo le recomendaría más cuidado a los señores de la cadena Decameron, pues, en el mundo de hoy, amenazar a un gobierno puede llevarnos a engrosar las filas de los grupos terroristas.

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