| 3/15/2007 12:00:00 AM

Tengo un amigo. ¡A Emprender!

Conozco a alguien que tiene como máxima aspiración en la vida trabajar en una gran empresa, ascender en ella cuanto sea posible y esperar la pensión que le ayude a pasar su vejez de manera digna. Su aspiración es respetable, pero a mi manera de ver, insuficiente. Es más, para otros, como el autor del libro “Padre rico, Padre pobre”, es imperdonable. Él denomina este comportamiento, como la “carrera de ratas”. Verán porqué.

Comenzamos con un trabajo modesto y ajustamos nuestros gastos a él. Lo más probable es que adquiramos una hipoteca para pagar una casa que será nuestro refugio en los días en los que no tengamos la suerte de trabajar. Si estamos muy de buenas, nos ascienden. Inmediatamente nuestros gastos aumentan, ahora hay que responder a los estándares sociales de gastos. Nuestros hijos van a un mejor colegio y nuestras esposas exigen un mejor plan de fin de semana y unas mejores vacaciones. Porqué no, al fin y al cabo trabajamos para ello.

Si trabajamos duro y evitamos que nos boten, tendremos la oportunidad de ver otro ascenso. En esta ocasión pensamos ya que hay que cambiar de barrio y ponernos al nivel de nuestro cargo. Todo eso cuesta y hace que siempre dependamos de nuestro trabajo (de nuestro jefe) para vivir y cubrir nuestras necesidades básicas y las creadas.

Somos unas ratas detrás de un queso que nunca llega. Jamás llega esa sensación de emancipación económica, de hecho, cada vez tememos más perder nuestros trabajos pues tenemos más que perder. ¿Cómo librarse de ésta patética dependencia? Robert Kiyosaki, autor de la obra citada, afirma que debemos evitar entrar en ella y, si lo hacemos, debe ser para amasar un capital que nos permita luego escapar.

Bueno y ¿qué hacer si no se trabaja? Pregunta mi amigo. Pues, emprender.

Sí, el emprendimiento es la respuesta a la carrera de ratas. Trabajar para nosotros mismos y no para los demás. Todos podemos hacerlo, incluso mi amigo. De hecho, hasta el ausente Estado participa hoy en la promoción del emprendimiento. Es lo que está “in” en economía y no precisamente por ser una moda, sino porque se ha descubierto en él una alternativa que, mientras genera valor, aumenta el nivel de ocupación.

Lo malo es que nos toca pensar, generar ideas o nuevos métodos de hacer las cosas que generen valor. No se trata de replicar el negocio del vecino, se trata de desarrollar el nuestro propio. Es probable que no tengamos éxito en el primer intento, pero lo importante es seguir adelante si queremos finalmente ser económicamente independientes. Respecto a esto, Kiyosaki afirma que no sólo es probable que no nos vaya bien en el primer intento, sino que seguramente nos irá mal. Lo importante es que aprendamos algo en el proceso y lo intentemos nuevamente. Al fin y al cabo, si todo el mundo lo lograra en el primer intento, el mundo estaría lleno de ricos.

Muchos pensarán que todo este proceso sea quizás muy factible en el primer mundo, donde todo es prosperidad. Y es cierto. Las probabilidades de éxito son mayores en economías más grandes y con menos niveles de pobreza. Pero eso no quiere decir que sea imposible, en nuestro mundo, establecer un negocio casi de la nada. Por el contrario, en nuestro país hay casos ejemplares, historias de éxito inspiradoras para todos. Y cuando digo todos no me refiero sólo al habitante promedio que quiero inspirar a salir de la carrera de ratas, sino también al inversionista privado que puede encontrar en este tipo de negocios una alternativa de inversión que permita diversificar su portafolio, protegiéndolo de vaivenes.

Si esta práctica fuera acogida con fuerza por pobres y ricos ocasionaría una sinergia que casi escapa a la imaginación. Mis amigos, ricos y pobres trabajando juntos. Unos aportando capital y otros valor agregado y capacidad de gestión. Seguramente estaríamos en la ruta hacia un modelo económico diferente, pero para ello hay que intentarlo. Tener valor, informarse bien (porque no se trata de salir a hacer cualquier cosa como sea) y arriesgarse.

Culpamos todo el tiempo al Estado porque no hay empleo, y con razón, pero no hacemos nada al respecto. Ahora ya sabemos qué hacer. ¡A emprender!


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