| 3/27/2007 12:00:00 AM

¿Qué es este país?

“Cada año, once millones de niños mueren de hambre, frío, sed o por falta de asistencia médica en este mundo que acaba de estrenar con guerras su tercer milenio. Esa cifra significa que cada día mueren 30 000 niños, es decir, cinco veces más que los que perdieron la vida por los atentados contra las torres gemelas el once de septiembre del pasado año. Y si a estos niños sumamos los adultos, cada 24 horas, 100. 000 seres de esta tierra mueren de pobreza. Tan condenable como los atentados del once de septiembre es este terrorismo económico patrocinado por las políticas fondo monetaristas y el neoliberalismo”. Germán Ferrás

 

Sí, que país es este, donde los niños mueren y los estadistas se entretienen recontando los muertos. Que no son media docena, pero que tampoco llegan a los veinte. Que a lo sumo son diecisiete o, quizás, solamente diecinueve. Ni uno más, y en consecuencia el asunto no es tan grave. Lo cierto es que murieron de hambre, de física hambre, de inanición, como elegantemente lo designan para que el pueblo no se entere de que estas muertes pudieron evitarse con un simple plato de lentejas. Estos niños del Chocó murieron sin que el Estado haga algo para evitarlo o la opinión publica se lance a las calles para repudiar este atentado contra la vida misma, contra nuestros niños cuyo único delito es nacer pobres y en un país consagrado al Sagrado Corazón de Jesús.

En un país culto y civilizado, estas muertes no quedarían impunes. Los responsables serían juzgados y procesados por homicidio culposo, por negligencia, por omisión en el cumplimiento de las funciones delegadas. Para el gobernador del Chocó debería significar la declaratoria de abandono de cargo, pues fueron muertes que se pudieron evitar con la implementación de programas de gobierno con cobertura alimenticia para niños en estado de indefensión. Pero en Colombia nada ocurrirá, salvo unos cuantos titulares de prensa que ocuparan la atención de la opinión publica por unos cuantos días.

Lo que realmente duele es que estas ofrendas a la muerte ocurran en una región donde los recursos naturales abundan y que a los funcionarios de la Presidencia de la República simplemente les parezca “que tenemos una población infantil que presenta síntomas de paludismo, desnutrición y tuberculosis…” o, que como atenuante, se diga por los mismos funcionarios que el sitio donde ocurrieron los hechos “es bastante alejado para verificar los hechos…”. Pero nada dicen de los miles de millones de pesos gastados en simples y vacuos escenarios de los festivales vallenatos en regiones donde la influencia paramilitar es notoria. Nada se dice de los miles de millones gastados para recibir a unos reyes españoles que, como en los tiempos de la colonia, vienen a jactarse de un idioma que nos fue impuesto a fuerza de garrote y muerte. Simplemente los muertos eran niños y como tal de poca monta para el verdadero interés nacional.

Para Germán Ferrás en su artículo periodístico “Un terrorismo que mata a diario”, la realidad supera la imaginación de la más sofisticada mente criminal: “Hoy, 900 millones de personas, es decir un sexto de la población mundial, no tienen qué comer. El pasado año, 60 millones perecieron víctimas del hambre, enfermedades y guerras. Fueron cuatro millones de personas más que las muertas en la Segunda Guerra Mundial”. Son muertes silenciosas que responden a la dinámica económica de las grandes potencias comerciales; simples datos estadísticos que comprueban las bondades de unas políticas económicas surgidas y creadas en las bancas de Harvard, Oxford o Yale. Son muertos inevitables que contribuyen a sostener la economía mundial. Como cuando se recomienda regar la leche por las alcantarillas o arrojar el café en altamar con el fin de sostener los precios internacionales. Cómo olvidar los miles de pollitos en el río Bogotá, en el ánimo mercantilista de no permitir el descenso de esta carne en los mercados mundiales y nacionales. Los muertos no importan, el hambre que las produce menos, únicamente cuentan las leyes de una economía de mercado que en nuestro continente producen miles de niños desnutridos y la aparición de su odiosa figura en los medios de comunicación.

Duele la muerte de estos niños chocoanos en un país tan rico como Colombia. Su muerte es producto de la desidia administrativa y gubernamental y en nombre de cada uno de ellos y de los futuros niños asesinados por el hambre exigimos mayor inversión social. El presupuesto de los colombianos no puede contribuir a cebar las arcas de las inútiles muertes de compatriotas.

peobando@telecom.com.co






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