| 7/11/2007 12:00:00 AM

¿Prohibido fumar en discotecas y bares?

Ya es hora de que Bogotá, siguiendo el ejemplo de Nueva York, Dublín y Londres, prohíba fumar en bares y discotecas.

La razón de ser de esta prohibición se fundamenta en la protección de la salud pública, pues se ha demostrado que el humo de segunda mano tiene efectos negativos en la salud de los empleados y clientes (fumadores pasivos) de este tipo de establecimientos.

Bares y discotecas, así como restaurantes, bancos o aviones, son sitios donde hay una alta aglomeración de gente, principalmente gente joven. Adicionalmente, con el fin de controlar la emisión de sonido e ingreso de la gente, estos locales suelen ser ambientes enclaustrados, con poca ventilación y dificultades de movilidad. Esto lleva a que cuando una persona prende un cigarrillo el humo de segunda mano, el cual se ha demostrado contiene 69 cancerígenos y afecta pulmones, vías respiratorias, corazón, piel, garganta y boca, sea inevitablemente inhalado por los no fumadores que estén en el local.

Además de sitios de diversión, bares y discotecas son lugares de trabajo. Los empleados de estos establecimientos trabajan largas jornadas expuestos a un aire contaminado, condición de trabajo a todas luces inaceptable. No sorprende, por tanto, que los no fumadores expuestos a humo de cigarrillo en sus lugares de trabajo tengan un riesgo más alto, entre 16 y 19%, de padecer cáncer de pulmón. Proteger a los empleados de bares y discotecas ha sido uno de los argumentos principales para que algunos países hayan prohibido fumar en estos locales. Argumento aplicable a Colombia pues según la Constitución (Art. 25) es deber del Estado garantizar a toda persona el derecho a un trabajo en condiciones dignas y justas, lo cual incluye un ambiente de trabajo sano.

La implementación de esta prohibición también puede generar una reducción en el consumo de cigarrillo en la población. En los países desarrollados está comprobado que el consumo de cigarrillo está disminuyendo, pues medidas como estas llevan a que la comunidad abra sus ojos y exija a sus líderes controles y restricciones. En Latinoamérica, donde no existen restricciones publicitarias ni un rechazo generalizado, va en aumento, sobre todo entre adolescentes y jóvenes. Según cifras reportadas por El Tiempo, el consumo de cigarrillos en la población infantil y juvenil en Colombia aumentó  29% en los últimos 8 años. No en vano las grandes tabacaleras tienen sus miras puestas en la región, pues la ausencia de legislación e iniciativas pedagógicas hacen del continente un mercado con mucho potencial.

Implementar esta medida también tiene efectos indirectos favorables, como reducción en costos en materia de salud, para el Estado y los empleadores, y una mejoría en la productividad laboral.

Ahora bien, esta prohibición no se encuentra ajena a críticas. Los argumentos utilizados por aquellos que se oponen a su implementación son los mismos de siempre, desde que es derecho de las personas hacer lo que quieran con sus cuerpos hasta que esta medida llevará a que los bares y discotecas pierdan su clientela. El primero es un argumento bizantino reiteradamente derrotado por los estudios que demuestran el efecto perjudicial del humo de segunda mano en los no fumadores. En una palabra, deja de ser un derecho fumar en lugares públicos cuando los efectos de esta conducta afectan negativamente la salud de los demás. Visto de otra manera, una persona mayor de edad es libre de emborracharse pero si maneja en ese estado pone en peligro la vida de los demás y, por ende, la conducta debe ser regulada.

En cuanto a las consecuencias negativas que esta prohibición tendría en las finanzas de los bares, las cifras demuestran lo contrario. Un estudio realizado en 2003 concluye que los efectos económicos de las prohibiciones no impactan o tienen un impacto positivo en las ventas de los bares y discotecas. En Irlanda, país que se caracteriza por sus pubs, la medida no ha tenido efectos negativos. Es más, hoy, dos años después de implementada, la medida cuenta con el apoyo de 91% de la población. Algunos afirman que esto demuestra que la clientela aprecia una buena calidad de aire y, por tanto, irá más a bares y discotecas.

Además, para no perder esa preciada clientela fumadora, los ingeniosos dueños de los bares pueden adaptarse creando terrazas y otras áreas al aire libre donde se permita fumar, como se ha hecho en Nueva York e Irlanda.

Ahora que sabemos tanto sobre los efectos negativos del humo de segunda mano, es hora de hacer un llamado a nuestros legisladores locales y nacionales para que prohíban fumar en bares y discotecas. Sospecho que este tipo de iniciativa tendrá el mismo tratamiento que tuvieron en Bogotá las medidas para recuperar el espacio público del alcalde Peñalosa. Sin duda habrá un rechazo liderado por las poderosas compañías tabacaleras y los cómodos fumadores que desean preservar el status quo preferente. No obstante, si la iniciativa legislativa está bien planteada, se acompaña de una labor pedagógica publicitaria y resiste las labores de cabildeo de los interesados en verla fracasar, la comunidad entenderá que esta prohibición mejora nuestro nivel de vida y nos hará más civilizados. Y llevará, ojalá, a que cuando alguien quiera prender un cigarrillo a nuestro lado en un bar, le exijamos al unísono que lo apagué o se lo fume en otro lado, tal como hoy rechazamos a quien intenta apoderarse del andén con su carro. 






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