| 2/2/2007 12:00:00 AM

Las cifras de América Latina

En América Latina padecemos la ausencia de investigadores, los escasos cerebros que se atreven a explorar los vericuetos de la ciencia son vapuleados desde las aulas escolares. Trágico saber y comprobar que en nuestro continente (el Sur, claro está) apenas se produce el 1% de los artículos publicados en la revistas científicas del mundo y que los artículos producidos por científicos e ingenieros colombianos representan el 1% de la producción latinoamericana.

Es tal la pobreza y ausencia de ciencia y científicos en nuestro continente que las cifras hablan por sí solas: mientras Japón cuenta con 5.500 científicos e ingenieros por cada millón de habitantes, y Estados Unidos con 2.685, América Latina apenas alcanza a 210 científicos e ingenieros por millón de habitantes. Sin embargo, este promedio esconde realidades aún peores: Brasil o México disponen de 400 científicos de ingenieros por millón de habitantes, nuestro país apenas cuenta con 166.

Indiscutiblemente la economía está ligada a este proceso que nos ubica en los últimos lugares en el mundo. Los países asiáticos destinan el 2.1% de su Producto Interno Bruto a investigación científica y tecnológica; los Estados Unidos, el 3.1%; nuestros países se condenan por mano propia destinando sumas irrisorias a la investigación y a la ciencia, pues Brasil apenas destina el 0.9%; Argentina, el 0.8%; México, 0.6% y nuestro país, Colombia, está por debajo de todos ellos con tan sólo el 0.5% de su PIB. Estas cifras son irrefutables e innegables, realidad que nos convierte en víctimas de un sistema político-económico mundial al generar dependencia tecnológica que se traduce, a su vez, en una dependencia emocional y social.

El científico Rodolfo Llinás plantea en la introducción de la conclusión de la misión de ciencia, educación y desarrollo: "Urge preparar la próxima generación de colombianos con una óptima educación y con sólidas bases en ciencia y tecnología, en un proceso inicial de 25 años. Dicho lapso es el mínimo requerido para implementar un programa pertinente para el fomento de la investigación en ciencia y tecnología para el desarrollo de Colombia". La realidad es otra. En una sola de nuestras ciudades: Bogotá, la línea entre la pobreza y la miseria se angosta. El 49.6% de los capitalinos está bajo la línea de la pobreza. Y como si eso no fuera poco, el 14.9% bajo la indigencia. No obstante lo anterior, en otra de nuestras regiones, Antioquia, se invirtieron $816 mil millones en una absurda y cruenta lucha contra la violencia.

El panorama es aún peor. Para la década de los 90, el endeudamiento público se constituía en una cifra cercana a 35% del PIB. Este nivel se redujo entre 1990 y 1994 al 22.5%. Pero a partir de 1996, la deuda pública comenzó a crecer más rápidamente que el PIB, y en los tres últimos años se desbocó. No conformes con dicha cifra, en 1999 alcanzó casi el 50% del PIB y ahora supera el 75%. Deuda pública que expresa tragedia, atraso y soledad.

Únicamente en la década de los 80, América Latina pagó más de US$40 mil millones al año. Entre 1982 y 1988 se entregaron no menos de US$235 mil millones por concepto de las deudas contraídas. Para Colombia, la deuda es impagable y atroz. Solamente entre los años de 1999 al 2001 aumentó el número de pobres en 3 millones más. Esta situación se complica con la determinación tomada por nuestro presidente y los Estados Unidos de combatir el narcotráfico utilizando métodos que han generado caos y muerte, caso típico de una mentalidad subdesarrollada que a falta de liderazgo propio lo crea con una falsa imagen de poder amparado en el belicismo cruento de los norteamericanos.

Datos más recientes revelan que la deuda externa de US$89.400 millones en 1975, se elevó a US$607.230 millones en 1996; los pagos netos por utilidades e intereses de US$18.500 millones en 1980, pasaron a US$38.400 millones en 1996. Desde 1980 a 1996 América Latina y el Caribe han realizado pagos, por ese mismo concepto, por US$564.800 millones. Asimismo, durante el periodo de 1982 a 1990 la transferencia de recursos al exterior fue de US $221.500 millones. Esto explica el hecho trágico y doloroso para nuestros países, de que sus economías, paradójicamente, financian el crecimiento del capital transnacional y afianzan así el poderío económico de los países altamente desarrollados, mientras los países latinoamericanos y caribeños se hacen cada vez más dependientes y vulnerables por virtud de la riqueza que sirve para aumentar la sumisión económico-social. El problema es aún mayor por cuanto nuestros recursos son saqueados continuamente.

La dependencia tecnológica ha generado una dependencia económica y cultural. Nuestros bosques y selvas son deforestados por cuanto la exportación de bienes de la mayoría de los países está constituida en más del 70% por productos primarios. Y aterrador, las cifras nos hacen saber que en América Latina y el Caribe existen 150 millones de personas sumidas en la pobreza crítica, más del 41% de la población padece de algún grado de desnutrición, la tasa de criminalidad multiplica cuatro veces la normal y es considerado el continente con más altos niveles de desigualdad del mundo.

¿Cuántos millones de niños mueren en las calles víctimas del sistema? Las cifras son escandalosas y aterradoras: madres de familia que duermen en la calle, abrazando sus niños como único medio de protegerlos contra las inclemencias del frío, la muerte, la hambruna, la pobreza, la desnutrición como una desgarradora realidad producto de cifras frías y sin corazón. Y en medio de todo esto, una juventud que se educa para llenar egos y ansiedades del sistema. Hacemos nuestro el pensamiento de Fernando Vallejo cuando expresa que "El hombre no viene del simio: el hombre es un simio". Un simio alzado al que Linneo puso ya hace 200 años junto con los otros simios, en el orden o jaula de los primates, y sin embargo todavía no se le bajan los humos.

En el mundo llegamos al dato irrisorio de 0.01 en la cifra técnica de científicos e investigadores. Los presupuestos de la guerra aumentan en detrimento de la inversión social en educación pública. Los pobres se vuelven miserables y los miserables son condenados a desaparecer de la faz de la Tierra. En Colombia, país con 40 millones de habitantes, 32 millones viven en la pobreza. Muchos han dejado de serlo para “pauperizarse y miserabilizarse”, condenados a ser mano de obra barata. Cientos de los nuestros viajan al exterior con el simple ánimo de ser los niñeros de los europeos o los limpia traseros de los viejos norteamericanos. El colonialismo se hace a la inversa, no vienen a nosotros para explotarnos, simplemente vamos hacia ellos para que nos exploten y humillen. Ante un panorama así, sólo resta preguntarse: ¿Qué hacer? ¿Qué hacer cuando el 50% de nuestros recursos se destinan al pago de la deuda externa? ¿Qué hacer cuando de lo poco que nos queda, un alto porcentaje se destina a la guerra? ¿Qué hacer si nuestros jóvenes no desarrollan una conciencia política o social y se conforman con ser unos profesionales brillantes que desembocan en simples empleados oficiales al servicio de un gamonal? ¿Qué hacer con el militarismo desmedido y con unas fuerzas revolucionarias sin bases sociales y sin fundamentos ideológicos que interprete a su pueblo? ¿Que hacer con esta falta de dignidad que nos hace vivir en la miseria como simple cifras estadísticas? Miren donde estamos: Colombia convertida un matadero, con miles de secuestrados, decenas de miles de asesinados, un millón y medio de desplazados, otro tanto de exiliados, el campo arruinado; la industria arruinada; los niños y los muchachos reclutados para la guerra o convertidos en sicarios, medio país sin empleo, de limosnero o atracando, y como burla máxima de la farsa de la Ley.

Estamos donde queremos estar, donde la miseria colectiva de la indignidad nos ha arrastrado, comiendo nuestro propio vómito por temor de ser considerados dignos. Estamos en el sitio exacto para ser lo que somos, por negarnos colectivamente a un futuro mejor, por elegir a unos cuantos patrioteros que se autodenominan libertarios. Somos y estamos en América Latina, en un paraíso de papel ensangrentado, en un continente desorbitado que se alimenta de sus propios desengaños. Somos lo que somos por envejecer prematuramente sin brindarnos el derecho de vivir en juventud.

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