| 1/15/2008 12:00:00 AM

La inutilidad del ejército colombiano

"Parece que a este nuestro pueblo, al igual del personaje de Poe, lo ha invadido la irremediable cobardía de no abrir los ojos, no tanto por esquivar la visión de horribles cosas cuanto por el fundado temor de no ver nada." Jorge Eliécer Gaitán

Los colombianos parecemos estar condenados a padecer los males de nuestros propios dirigentes e instituciones. No de ahora, ¡de siempre¡ Basta recordar los mil y un escándalos de los integrantes del Congreso de la República que, en una ciclicidad estúpida y perversa, nos enfrentan entre quienes creemos en las actuaciones de nuestros legisladores y entre quienes no concebimos tantos despropósitos en suelo colombiano.

 

Parece que todas las perversidades se juntarán en los corruptos funcionarios oficiales que prefieren alimentar cerdos con la bienestarina destinada a calmar el hambre de los infantes colombianos. O la perversidad de entidades como Bienestar familiar que prefiere adquirir títulos de ahorro por valor de 820 mil millones de pesos, simplemente para ganar unos usureros intereses, mientras los programas de la niñez y la infancia se ven truncados, justamente, por falta de recursos estatales. Y los niños mueren mientras la insensibilidad de estos funcionarios campea en la nomina oficial y los recursos económicos se dilapidan en suntuosas recepciones y agasajos pagados con el dinero del pueblo colombiano.

Y, como el personaje de Poe, citado por Gaitán, cerramos los ojos para no vernos, para no entendernos en nuestra verdadera esencia de asesinos, para no sentirnos culpables de tanto despropósito nacional. Y uno de ellos, quizá el más grave, es la manutención de un ejercito que a lo largo de su historia ha dado muestras de incompetencia, inutilidad y corrupción. Que nos pueden decir de Guaitarilla o Jamundí, qué de las guacas millonarias o de los falsos positivos que cobraron la vida de muchos compatriotas.

 

Qué nos puede decir el ejercito colombiano de la masacre de las bananeras del año 28 del siglo pasado, relatada con lujo de detalles por Gabriel García Márquez en su mítica Novela Cien años de soledad. Porque ese Nóbel no fue tanto literario sino el reconocimiento al valor civil de un hombre que se atrevió a denunciar los abusos de un ejercito que, como lo sentenciará Gaitán “Dolorosamente sabemos que en este país el gobierno tiene la metralla homicida para los hijos de la patria y la temblorosa rodilla en tierra ante el oro yanqui...”. Y un ejercito así es oneroso para cualquier pueblo.

 


A los colombianos nos está matando la corrupción y el Ejercito no combate ni persigue a los corruptos. Los muertos, más que las bombas o los ataques terroristas, los siembra en nuestro país la corrupción administrativa fomentada y promovida por los gobiernos de turno; solo basta mirar a regiones como el Litoral Pacifico nariñense, al Chocó o gran parte del Atlántico colombiano para entender que los muertos vienen sellados de las oficinas estatales y de los burócratas que se amparan en su poder corrupto y centenario.

 

Los cadáveres vienen marcados con el INRI del CONPES que a duras penas destina el 0.5 por ciento del presupuesto nacional para programas de asistencia social y alimentario y ordena las grandes inversiones y los inmensos capitales para sostener una guerra a todas luces inútil e indecorosa. Nuevamente lo sentencia Gaitán: "Nada más cruel e inhumano que una guerra. Nada más deseable que la paz. Pero la paz tiene sus causas, es un efecto. El efecto del respeto a los mutuos derechos."

Un día de guerra nos cuesta a los colombianos lo que una escuela o un hospital en una vereda o un corregimiento. Un día de guerra que puede significar alimentos para cientos de niños que padecen la crudeza de no contar con un miserable pan. Un día de guerra que traducido en inversión social significaría el fin del padecimiento de miles de colombianos que sufren la ausencia de un mezquino centro de salud. Y la posibilidad de que cientos y miles de indigentes y miserables cuenten con la calidez de una cama en un albergue estatal.

Este ejercito no puede ni quiere terminar la guerra. Lo primero por cuanto ha sido incapaz después de cincuenta años de beligerancia de imponerse sobre su contrincante en el campo de batalla. Lo segundo, porque la guerra es un juego rentable que deja grandes dividendos. Entonces, como el personaje de Poe, no cerremos los ojos para tapar tanto muerto. Pensemos más bien en un Cuerpo de Paz con Veeduría Internacional. No nos puede ir peor de lo que nos va, pero si nos ahorraríamos muchos muertos. Los colombianos debemos decidirlo en un gran referendo nacional.

* peobando@gmail.com


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