| 3/27/2007 12:00:00 AM

De la coca, las etnias y otros cuentos.

Con una inusual rapidez se movilizaron muchos columnistas que escriben en la prensa más tradicional y la menos ortodoxa, para descalificar la decisión del Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos – INVIMA - que ordenó decomisar los productos derivados de la coca distribuidos por fuera de los resguardos indígenas.


Desde actitud cantinflesca hasta macartista, pasando por racista, ha sido calificada la medida del Instituto, que debe velar porque los colombianos consumamos medicamentos y alimentos elaborados al amparo de prácticas de manufactura salubres y técnicas, cuando dicha medida ha debido ser tomada hace años en prevención de la salud de los consumidores, al menos hasta que las comunidades indígenas que producen tales alimentos y medicamentos obtengan las licencias y registros sanitarios expedidos por la autoridad nacional.

Una sola de estas empresas, que comercializa sus productos al amparo de la marca COCA INDIGENA, publicita casi una decena de productos derivados de la coca, todos para el consumo humano, sin haber obtenido la respectiva licencia sanitaria: te de coca, vino de coca, pomada de coca, mixtura de coca, galleta de coca, gaseosa de coca, bimates de coca, y, ojo, pomada de marihuana (¿también me quieren echar el cuento de que la marihuana es de consumo ancestral de los andes?).

Alguno de estos productos sugiere en su etiqueta que cuenta con el registro sanitario especial 001-01 de 2005 de ACIJT. ¿Qué es ACIJT ?, no sé, pero dudo mucho que la entidad que se haga llamar así tenga la competencia para expedir un registro sanitario que habilite el producto para ser consumido por los todos colombianos.

Para mí, el principio de igualdad radica justamente en que, respetando las diferencias culturales y la “cosmovisión” que aducen las comunidades indígenas, todos los colombianos en Bogota, Titiribí o Jambaló, cumplamos con los reglamentos establecidos por las autoridades nacionales, en el territorio de Colombia.

Por otro lado, toda la argumentación esgrimida para defender la comercialización de estos productos se monta sobre el sofisma del consumo tribal, cultural y ancestral de la coca. Nada más anticultural y antiancestral, si se me permiten la dos expresiones, que el consumo de Coca Sek, bebida gaseosa de coca del mejor estilo occidental.

Es cierto que la coca es un producto sagrado para los indígenas que la mambean, también lo es que, como manifiesta el CONSEJO REGIONAL INDÍGENA DE CAUCA –CRIC- en carta de marzo 16 de 2007 “…La planta de coca y sus hojas son de gran importancia para la cosmología y la religión de las comunidades indígenas. La masticación de hojas de coca es una práctica importante dentro de los rituales y dentro de las ceremonias de tos chamanes o especialistas religiosos y médicos”.

Lo que me dicta el entendimiento que hasta hoy tengo del tema, es que nadie ha proscrito esa visión y menos ese consumo ancestral y cultural, que por supuesto nada tiene que ver con la producción masiva de gaseosas o galletas de coca para ser expendida en supermercados, cuya manufactura sanitaria y legal alguien tiene la obligación de garantizar, so pena de estar omitiendo sus deberes.

Alguien me insiste en que por ser hermanos de los Andes todos tenemos que aceptar el consumo ancestral o cultural de la coca y de sus derivados tal como ocurre en Perú y Bolivia: déjeme contestarle que pese a que los Andes centrales de América del Sur concentran a la mayor cantidad de población indígena, Bolivia registra 5 millones de indígenas, en Ecuador los indígenas representan el 35% de la población total, en Perú la población indígena representa el 47% de la población con más de 8.6 millones de personas, al paso que en Colombia se estima que la población indígena suma cerca de 800.000 personas, lo que representa un 2% de la población total.

Que Colombia es un país ancestral y culturalmente consumidor de coca, y que por ello debemos promover las iniciativas industriales para la producción de derivados de coca, copiando el modelo de Perú y Bolivia es un gran cuento. Yo no se usted, querido lector, pero no recuerdo haber visto “mambeando” coca a mis abuelos, menos a mis papas: mi “tribu” en Santander era aficionada a la chicha y otros derivados del maíz.

*Abogado, especialista en Gobierno y Políticas públicas.
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