¿Buscando camorra?

| 11/23/2001 12:00:00 AM

¿Buscando camorra?

LEn su típico estilo, Javier Fernández la emprendió contra este servidor en la revista Dinero No. 144. Será contestarle. Y será hacerlo en los términos que él usa. No sé si seré el único que ya está harto del estilito Fernández. Ni más faltaba, en cualquier caso, despojar a sus barras de una camorra, de aquellas que se la pasa armando en sus innumerables apariciones mediáticas.



"Ustedes dirán" comienza por preguntar "si un tipo que dice que la banda cambiaria no tuvo qué ver con el alza de tasas de interés es un humorista, un marciano o un ignorante". Ofrece una cuarta posibilidad inocua: que "el tipo" (o sea, yo) es simplemente un ex funcionario, metido de neohistoriador, defendiendo su indigna labor. Digo que esta posibilidad es inocua, porque "en esa época" yo no trabajaba en el Banco de la República, sino como Economista Principal en el BID y, por tanto, no tengo nada qué defender. Estaba dedicado a mirar los efectos de la crisis de 1998 sobre economías como la de Argentina (con esquema de convertibilidad), México (con tipo de cambio flotante), Brasil, Colombia y Chile (con banda cambiaria). Y resulta que bajo todos los tres tipos de arreglo cambiario las tasas de interés subieron, hubo presión cambiaria y en la mayoría hubo caída de depósitos bancarios. Vaya coincidencia.



La explicación que Fernández les da a "ustedes" en torno de esta alza de la tasa de interés que se observa a lo largo y ancho de los países emergentes en 1998, es --para usar uno de sus términos favoritos-- estúpida. Es una explicación estúpida porque olvida el frenazo en los flujos de capital hacia nuestra región que ocurrió en el segundo semestre de ese año. Es estúpida porque supone que basta con decretar o decidir una baja en intereses, para que esa baja se dé en la práctica, olvidando toda la literatura sobre la determinación del tipo de interés que se ha producido desde los maravillosos escritos de Hume en el siglo XVIII. Es estúpida porque implicaría que fue la insensatez del Banco de la República lo que elevó las tasas en todo el mundo emergente en 1998. Es estúpida porque confunde esta sustancial perturbación, común a todos los países, con los dolorosos mecanismos de ajuste que aún tenemos que sufrir los colombianos en virtud de los errores acumulados en el pasado. Pensemos en tres errores, con efectos particularmente traumáticos cuando uno devalúa o emite. Y, ojo, devaluar y emitir, contrario a lo que plantea Fernández en su absurda idea de que dolarizar y controlar el precio de los tamales es idéntico, viene siendo lo mismo, como lo muestran las cifras. Primer error: las pírricas provisiones de liquidez en los bancos durante el período de vacas gordas, que imposibilitaron suavizar la perturbación y manejar las vacas flacas. Segundo, una política de gasto público venteado cuando entraban los capitales, gasto imposible de bajar cuando sucede el frenazo en la cuenta de capitales, dejando al país con los calzones fiscales abajo. Tercero, una regulación bancaria laxa e irresponsable que le permitió, por ejemplo, a la banca pública botar a la basura una parte muy importante de la entrada de capitales, cosa que luego se convirtió en una cuenta de cobro que pagaremos los contribuyentes por muchos años.



Abandonar la banda cambiaria a favor de la flotación era solo una de las posibilidades abiertas en aquel entonces y, ni de lejos, parece la más atinada a la luz de las cifras posteriores. Era posible, por ejemplo, dolarizar de una buena vez. El "fetiche del peso" que lo impidió no logró, obviamente, atajar la caída en competitividad --como lo atestigua nuestro desplome en los índices más serios sobre el tema-- ni la recesión, ni el aumento en la pobreza, ni el desempleo, ni la desconfianza, ni el estancamiento de nuestros productos transables, ni, en consecuencia, la reversión del "ajuste" en la cuenta corriente que se dio en virtud de la recesión. Al contrario, atizó la hoguera del desmadre fiscal y de las quiebras empresariales. La idea de que "sin devaluación todo habría sido peor" es carreta y sobre esa fábula, pues "ustedes dirán".



Para terminar, creo que dos cosas son ciertas. Primero, que Javier Fernández, infortunadamente para el país, piensa muy parecido a como se piensa en el seno de influyentes burocracias económicas criollas, y ahí reside su mercado. En ponerles verborrea y chistes flojos a la insensatez y los lugares comunes. Y ahí nos tienen donde nos tienen esas ridículas ideas de emitir y gastar plata ajena.



Segundo, por fortuna, el número de economistas que se toman en serio al señor Fernández se acerca cada día más a cero. Ello no debe sorprender a nadie puesto que la credibilidad de un profesional entre sus colegas no depende del talento para esgrimir sarcasmos gaseosos y vacuos. Depende de la calidad y creatividad de sus publicaciones, de la profundidad de su cátedra, de la seriedad de su participación en foros especializados nacionales e internacionales y de sus demás aportes a la sustancia.



Nada peor para un formador de opinión que la mezcla de esa patética grosería "cómica" que Fernández ha escogido como suya, con la flojera conceptual que lo caracteriza y que queda tan ampliamente ilustrada en su estúpida interpretación sobre el alza de tasas de interés en 1998. Escogiendo esa combinación de grosería y flojera mental, un analista eventualmente se queda, si acaso, con la endeble adoración de las tribunas bravas de gallinero.



Decano Facultad de Economía, Universidad de Los Andes

Alberto Carrasquilla

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