| 2/21/2003 12:00:00 AM

Un amigo, un legado

Juan Emilio Posada.
Al comenzar, al teclado cayó una lágrima que pronto fue evaporada por el destello de una sonrisa de cariño y admiración frente a bellos recuerdos.



La vida nunca deja de sorprendernos. Después de largos días y noches de duda, pero también de una gran esperanza por encontrarlos con vida, llegó la noticia confirmada de la partida temprana de Juan Luis y sus acompañantes. Esa misma tarde, mis hijas celebraban su fiesta de cumpleaños. Pasan los días y la ausencia física de "Juanluis" me sigue produciendo una hermosa colección de sentimientos y reflexiones.

El dolor de haber perdido a ese amigote de muchos años, a quien definiría como un volcán de alegría, grandeza, frescura, acelere, optimismo, intensidad, creatividad, inteligencia y sensibilidad por el ser humano; de haber perdido al más abanderado de la protección social.

La dulzura con la cual su familia y sus amigos sembramos esperanza en una sentida y cálida ceremonia en su finca de descanso.

El vacío cuando no encontramos a ese amigo, que en épocas recientes de intensa actividad legislativa lo era más por la vía de "telegráficas" llamadas en las que compactaba su ráfaga de preguntas por nuestras preocupaciones personales, al tiempo que pedía retroalimentación sobre sus proyectos y pasiones profesionales.

El orgullo de recordar cómo ese volcán de corta vida material hizo rendir de tal manera su existencia, que sus ideas perdurarán por tiempos. "Juanluis" se dio el lujo, y lo gozó segundo a segundo, de pasar sus etapas de vida entre nosotros en forma casi igual a las que tuvo en mente y en espíritu. Pasó de economista investigador a hombre de gobierno, a político, con el objetivo de servirle al país desde la Presidencia de la República. Pasó como ráfaga entre nosotros, pero esa gigante e indeleble huella como de histórica erupción volcánica que nos deja en el corazón y en la vida nacional perdurará.

La tranquilidad de que Juliana, Daniela y Juan Felipe quedan en manos de María Zulema, una mamá en el sentido literal y pleno: brillante y querendona. Aquella que en los últimos días, junto con Lucía de la Cuesta, tanto nos ha enseñado. A no detenernos en la tristeza, sino a querer y exaltar la vida en todas sus formas. A sentir orgullo por lo que "Juanluis" logró y entregó de sí con natural genialidad.

La satisfacción de saber que "Juanluis" engendró, dio a luz y bautizó su enésimo bebé intelectual: su Ministerio de la Protección Social. El mismo que lideró por seis días. La satisfacción de recordar nuestras atrevidas experiencias, con Jota (José Darío) Uribe, como sardinos monitores de economía en EAFIT, al tiempo que, como líderes del movimiento estudiantil, acometíamos campañas electorales para los Consejos Académico y Directivo de la Universidad y promovimos un paro para presionar una mejor calidad académica. También por las largas y amenas noches de estudio y tertulia.

La nostalgia de saber que, habiéndonos dejado tanta riqueza producto de su fecunda creatividad y capacidad de ejecución, era mucho más lo que tenía diseñado hacer, y podría haber logrado por nuestra patria, si hubiese actuado otros cuantos años.

Finalmente, el reto, el de hacer de su legado algo memorable y jalonador, algo que permita continuar con su obra en beneficio de los "muchachitos" desempleados de Colombia. Este quizás deba ser cristalizado en la forma de una Fundación que promueva y premie a aquellos emprendedores que generen nuevas fuentes de empleo que sean estables, gracias a la competitividad internacional de los productos o servicios que ofrezcan.



Hasta siempre, mi querido "Juanluis".
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