| 6/1/1997 12:00:00 AM

Principios para un cambio de estrategia militar

Principios para un cambio de estrategia militar
Tanto en el sector privado como en el sector público (y tanto en Colombia como en el resto del mundo) están a la orden del día las reestructuraciones y reingenierías de empresas y organizaciones, lo cual implica un replanteamiento de medios y fines. No hay razón por la cual no se haga lo mismo con las Fuerzas Militares en Colombia, tal como ha sucedido en otros países donde los resultados no han sido los mejores o porque han cambiado las circunstancias internas y externas.



Lo primero que hay que meterse en la cabeza es que la capacidad de combate de las Fuerzas Militares no depende exclusivamente de las armas, del número de hombres o del presupuesto. Ni tampoco es cuestión de preparar unos soldados para disparar con buena puntería. Aunque hay muchos elementos claves que determinan la capacidad de combate de las fuerzas militares, sobresalen cuatro que poca atención han recibido en el caso colombiano:



_ Toda la organización de las Fuerzas Militares debe estar orientada a los objetivos propios del combate. Si por ejemplo, el entrenamiento para el combate de los soldados es óptimo pero el apoyo logístico es deficiente, entonces se puede concluir que las fuerzas no están preparadas.



Partamos de un caso simple. Si al lado de buenos soldados se encuentran malos soldados, entonces el desempeño del buen soldado es deficiente. No encontrará en su compañero el apoyo que necesita para emprender acciones arriesgadas de combate. Lo mismo podría decirse si los buenos soldados no encuentran el suficiente apoyo a su alrededor en materia de transporte, reemplazos y provisión oportuna de víveres y municiones. Sin confianza en el apoyo logístico su rendimiento no es el mismo.



De la misma manera, si los oficiales que comandan la acción no tienen una alta capacidad, ni don de mando, entonces los soldados, por buenos que sean, no rendirán lo esperado. Así también, si la atención médica a los heridos en campaña funciona con lentitud y pobremente, entonces la tropa estará menos dispuesta a asumir los riesgos necesarios para triunfar.



En las Fuerzas Militares, más que en otro tipo de organizaciones, la adecuada interrelación de las partes es crucial para la obtención de buenos resultados. Y la razón es obvia. Está de por medio la vida de las personas. Un ejército que no hace hasta lo imposible por asegurar que el frente de operaciones está bien atendido es un ejército débil. Un ejército que no subordina todo hacia el bienestar de quienes asumen los mayores riesgos, de quienes se juegan la vida, es un ejército con una mediocre capacidad de combate. Nada se saca con organizar bien una sección de las Fuerzas Militares y dejar el resto a la topa tolondra



_ Las acciones de combate deben conducirse de la manera más descentralizada posible. Es absurdo que los civiles se involucren en el desarrollo de tales acciones (tal como sucedió en el tristemente célebre episodio de la cárcel de Envigado en 1992). O la acción es militar o es civil, pero no una confusa mezcla de las dos, donde se traslapan los canales de mando y se diluye la responsabilidad.



De otra parte, es muy difícil dirigir, desde un lugar diferente al de la zona de combate, las operaciones que ahí tienen lugar. Pero este punto tiene otras implicaciones. Una de ellas es la necesidad imperiosa de que los oficiales altos estén al frente de las operaciones y suficientemente compenetrados con la tropa. No hay nada más lamentable que un ejército donde las acciones de combate son dirigidas por los sargentos o los oficiales de menor rango y donde no existe convivencia en el terreno de la acción entre los altos oficiales y sus subalternos. En todos los ejércitos, sin excepción, la actuación de los altos oficiales es determinante para la mística de la tropa.



Obviamente si los altos oficiales, quienes al final de cuentas son los que tienen la capacidad de mando, están en el terreno de operaciones, las decisiones pueden ser descentralizadas. Esto garantiza rapidez de movilización y efectividad operativa. Permite, además, delimitar responsabilidades y conocer la capacidad de la oficialidad, lo cual, a su vez, es fundamental para la definición de los futuros ascensos.



_ En lugar de obediencia ciega se debe promover la iniciativa y la responsabilidad individual. Los comandantes deben ser entrenados para ordenar a sus subordinados qué hacer, pero no cómo hacerlo. Debe dejarse a los subordinados cierta amplitud para diseñar y llevar a cabo sus propias medidas y acciones.



Naturalmente lo anterior exige armonía de criterios y un profesionalismo que solamente se alcanza con entrenamiento y experiencia. Pero exige ante todo un buen grado de confianza entre superiores y subordinados. Esto es imposible de lograr en un ejército desigual basado en reclutas sin experiencia. Se trata, en últimas, de establecer un delicado balance entre la necesidad de control desde arriba y el ejercicio de un mínimo de iniciativa desde abajo.



Pero hay otro aspecto muy importante en el caso colombiano. Las fuerzas militares han tenido que enfrentar una guerra de guerrillas que se ha librado tanto en el campo de batalla como en el escritorio de los abogados de los derechos humanos. En una guerra como la que ha planteado la guerrilla, una excesiva injerencia de los abogados y de los civiles en el enjuiciamiento de las operaciones militares, resquebraja la mística de quienes están en la zona de combate y por sobre todo, impide que el sistema de comando y de órdenes opere de manera fluida.



Sin embargo, la torpeza con la cual actúan las fuerzas frente a la población civil y la falta de confianza de ésta en la claridad y eficacia de las acciones militares, en nada ha contribuido a resolver los problemas de derechos humanos. Esto sólo se soluciona con unas Fuerzas Militares bien preparadas, bien entrenadas y que sepan enfrentar situaciones difíciles y complejas donde está involucrada la población civil. En otras palabras, unas fuerzas militares donde soldados y oficiales actúen de manera profesional y responsable.



_ En ningún ejército la parte que ejerce la misión administrativa o de apoyo logístico debe ser superior en número o en importancia al componente que ejerce la misión de combate (o de disuasión). Este principio debe reflejarse en la doctrina militar y en la estructura organizacional. En el caso colombiano no es claro que esto esté sucediendo. La parte administrativa no solamente es muy numerosa sino que es la más apreciada entre la oficialidad. De hecho, en la actual carrera militar pesan excesivamente los puestos administrativos que ha ocupado la oficialidad, sin que existan criterios claros de evaluación de resultados. Existe una gran rotación entre la oficialidad, con corta permanencia en cada puesto y sin criterio de especialización. El comandante exitoso en el combate es premiado al poco tiempo con un puesto administrativo para el cual probablemente no está preparado. La parte administrativa es vista como el principal eslabón para llegar a los puestos más altos de la jerarquía.
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