| 1/23/2009 12:00:00 AM

Un duro año de transición

El año 2009 marcará el camino hacia un nuevo orden económico mundial. Los años de derroche llegaron a su fin y en adelante se espera un mundo más equilibrado.

De los dos escenarios previstos por Dinero a comienzos de 2008, el más pesimista se convirtió en realidad. La crisis financiera se profundizó, las tasas de interés bajaron en Estados Unidos y en la gran mayoría de países y, al final de 2008, las economías avanzadas entraron en recesión por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Los países en desarrollo también se han visto afectados y quedó abandonada la idea de que estos últimos habían logrado un “desacoplamiento” respecto a las economías más desarrolladas. La crisis se globalizó y profundizó. Hoy, incluso, debemos contemplar entre los escenarios posibles una nueva Gran Depresión como la de los años 30.

En este momento, la economía mundial está sujeta a incógnitas de una magnitud extraordinaria. La incertidumbre se encuentra en su punto máximo, pues es muy difícil anticipar el curso que puedan tomar los acontecimientos; y las posibilidades van desde la deflación y la depresión hasta una recuperación gradual y una reorganización estructural de la economía mundial, en la cual se definirán los nuevos motores de crecimiento económico para el Siglo XXI.

Sin embargo, esas incógnitas no durarán mucho tiempo, pues la situación se tiene que definir en algún sentido. Por este motivo, 2009 es un año de transición. Si la economía mundial va hacia una depresión, ese escenario se definirá en 2009, y si se desarrolla un modelo de recuperación, también conoceremos sus principales características en este año. Los inversionistas tendrán que templar los nervios, preservar la calma y estar alerta, manteniendo el máximo de flexibilidad posible para ajustarse a la evolución de los hechos a medida que se consolide un nuevo modelo global.

El regreso de Keynes

El escenario de deflación y depresión de la economía mundial les quita el sueño hoy a los ministros de Hacienda y a los presidentes de los bancos centrales de los principales países del mundo.

En un mundo en deflación se da un círculo vicioso que retroalimenta la caída del consumo y hace que sea cada vez más difícil enderezar la situación. La deflación es el opuesto de la inflación; es la caída de los precios en medio de la caída de la demanda.
En ese escenario, la gente aprende que es mejor esperar antes de consumir, pues lo que compra hoy será más barato mañana, y la inseguridad económica lleva a ahorrar en lugar de gastar. Las empresas se hacen rápidamente inviables, no solamente por la caída del consumo, sino porque la carga real de deuda se vuelve insoportable. En consecuencia, aumentan los despidos de personal, el desempleo agrava la crisis de consumo y la espiral hacia abajo puede acelerarse en forma extraordinaria. Por estos motivos, una depresión es un fenómeno cualitativamente diferente a una recesión económica.

En 1933, cuando Franklin D. Roosevelt llegó a la presidencia de Estados Unidos, el PIB de ese país era inferior al de 1929 en casi una cuarta parte y el desempleo llegaba a 25%. Una crisis de esa magnitud está fuera de la experiencia de quienes manejan hoy la economía mundial y nadie la desea. Nouriel Roubini, economista de New York University, que ha adquirido gran renombre entre la opinión pública general ya que predijo la caída de los mercados de 2008, le da al escenario de depresión una probabilidad de 30%.

Bajo dicha amenaza, en los últimos meses se ha consolidado un consenso espontáneo en el mundo entero en torno a la resurrección de las ideas de John Maynard Keynes, el economista inglés que forjó las teorías que permitieron sacar al mundo de la depresión de los años 30. Según Keynes, los gobiernos, ante una situación de extrema debilidad del consumo privado, no tienen más alternativa que estimular la demanda de forma directa. La aplicación de los modelos de Keynes en la política se tradujo en una combinación de gasto masivo del gobierno, estímulos fiscales y reducción de impuestos. 

El propio Fondo Monetario Internacional, FMI, está recomendando la aplicación de políticas de corte keynesiano en esta coyuntura. El FMI está convencido de que la caída en el consumo podría ser la peor desde la gran depresión y ha solicitado a los países que aumenten el gasto público en un 2% del PIB.

Así, hoy el foco de la atención está en Estados Unidos y en las propuestas del nuevo presidente, Barack Obama, para la recuperación económica de ese país. Estados Unidos ha sido el motor de crecimiento de la economía global desde la Segunda Guerra Mundial y, en particular, su extraordinaria demanda de consumo ha permitido el crecimiento de los países emergentes. Sin una economía fuerte en Estados Unidos, la dinámica de crecimiento de países como China no habría sido posible.

El nuevo consenso keynesiano significa que el presidente Obama tiene hoy un cheque en blanco para aumentar el gasto público en Estados Unidos en proporciones sin precedentes, con la esperanza de que una acción decidida en este frente movilice la economía y reduzca significativamente el riesgo de una depresión.

Eso es exactamente lo que ha anunciado Obama con su paquete de medidas de estímulo fiscal. Las medidas, que ya han sido acordadas con los legisladores demócratas en Estados Unidos, tienen un valor de US$825.000 millones. El paquete se compone de dos partes: la primera, por US$275.000 millones en recortes tributarios. La segunda, de $550.000 millones, será utilizada en gasto público en proyectos de infraestructura “de pico y pala” que estén listos; ayuda para los gobiernos de los Estados; e inversiones para el mejoramiento de las tecnologías de la información en el sistema de salud y para mejorar la eficiencia energética de los edificios estatales.
Algunos analistas consideran que el paquete podría llegar a US$1 billón, es decir, un 1 con 12 ceros a la derecha.

Esta magnitud se acerca al 13% del total del gasto del gobierno de ese país. De acuerdo con el Wall Street Journal, el único antecedente de un esfuerzo de gasto público superior a este monto en el pasado, en términos reales, fue el que se realizó para financiar la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

¿Funcionará?

Ante estas medidas extraordinarias surgen dos preguntas centrales. La primera se refiere a si el paquete de gasto será suficiente para evitar el escenario de depresión. La segunda tiene que ver con qué pasaría en el escenario más probable; es decir, aquel donde el paquete de estímulo económico del presidente Obama efectivamente funcione y logre evitar una depresión. La probabilidad de este último escenario está entre 70% y 80%.

Sin embargo, la velocidad en la implementación del paquete de estímulo no será muy alta. Nancy Pelosi, vocera del Partido Demócrata en la Cámara de Representantes y líder de dicho partido en la Cámara, anunció que el paquete de estímulos fiscales sometido por el Presidente Obama al Congreso tardará algunas semanas en ser aprobado. A partir de la aprobación, su efectividad dependerá de la rapidez con que se implemente. La devolución de impuestos puede hacerse inmediatamente, pero los proyectos de infraestructura son más demorados y la experiencia ha demostrado que nunca están listos para arrancar, tan pronto reciben la autorización de gasto, sino que siempre requieren ajustes y procesos previos al inicio de sus actividades.

De otro lado, la política monetaria de la FED, que ha sido en extremo expansionista y hoy ha reducido las tasas de préstamo a los bancos hasta llegar muy cerca de cero, va a demorarse en tener un impacto. En términos generales, la política monetaria tiene siempre un rezago para actuar, pero en esta oportunidad es necesario considerar el hecho de que, a partir de septiembre de 2008, los mercados de capital se volvieron disfuncionales. Los canales de crédito no están operando y los incentivos tradicionales de reducción de tasas de interés no se traducen fácilmente en incrementos de crédito al público. En consecuencia, el impacto de las medidas se va a sentir posiblemente a finales de 2009, o incluso a comienzos de 2010.

Por otra parte, incluso cuando esté en marcha el plan de gasto, este no se traducirá en crecimiento económico en su totalidad. De acuerdo con el economista Gregory Mankiw, por cada dólar de gasto público en Estados Unidos, solamente se puede esperar 40 centavos adicionales en crecimiento del PIB. Este multiplicador puede ser menor en el paquete de gasto público de Obama, en el que se plantea ejecutar una suma extraordinaria en apenas dos años. Será imposible realizar un análisis riguroso de costo-beneficio de estos proyectos, lo que traerá sin duda toda clase de problemas operacionales en áreas que van desde la logística hasta la corrupción.

Por lo demás, el paquete de estímulo implica una expansión extraordinaria de la deuda pública. Esta deuda se convertirá en una carga para la economía de Estados Unidos durante un largo periodo.

Todo ello implica que el estímulo fiscal no sea una panacea que pueda arreglar los males de la economía de Estados Unidos en una sola jugada. Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, ha advertido que el aumento del gasto público genera una carga de impuestos para las generaciones futuras que termina afectando la confianza; por lo cual es preferible intensificar los programas de ayuda directa, como por ejemplo los beneficios para los desempleados. El propio Keynes sostenía que, una vez recuperado el crecimiento, los gobiernos deben reducir el gasto, así como el tamaño de su déficit.

En suma, incluso si el paquete de estímulo logra mover de nuevo la economía de Estados Unidos, no podemos esperar volver a una fase de crecimiento rápido en poco tiempo. Por el contrario, será necesario un período de varios años para encontrar un nuevo modelo y un nuevo motor de la economía global.

Las perspectivas

Para que el mundo pueda entrar en una nueva fase de crecimiento económico se requiere que otros países, diferentes de Estados Unidos, hagan esfuerzos sustanciales por aumentar su demanda interna.

Estados Unidos ha sido el motor de la economía global desde mediados del siglo pasado. En particular, en las últimas décadas, la extraordinaria demanda de consumo de Estados Unidos se convirtió en el factor que hizo posible el crecimiento de países emergentes como China. De ahora en adelante, sin embargo, puesto que los consumidores de Estados Unidos se volverán más precavidos y ahorradores, y además estarán limitados por la sobrecarga de deuda, será indispensable que otros países incrementen sus demandas de consumo muy por encima del pasado.

Este debería ser el verdadero sentido del nuevo consenso keynesiano: el de facilitar el reacomodamiento del consumo en la economía mundial, en un esfuerzo mancomunado de política fiscal entre países. El Fondo Monetario Internacional insiste en que la política fiscal en una crisis global como la actual debe ser oportuna, amplia, duradera, diversificada, contingente, colectiva y sostenible. Oportuna, porque debe ser inmediata. Amplia, porque la caída del consumo privado actual y futuro es excepcionalmente grande. Duradera, porque la desaceleración va a ser larga.

Diversificada, por la magnitud de la incertidumbre asociada a la crisis en cada país. Contingente, porque la necesidad de eliminar la posibilidad de una nueva depresión requiere el compromiso de hacer más. Colectiva, porque todo país que tenga espacio fiscal debe contribuir. Y sostenible, para que no conduzca a una explosión de deuda y la reacción adversa de los mercados financieros. En este sentido, el FMI advierte que no todos los países tienen el espacio fiscal para llevar a cabo una política fiscal expansionista y que por lo tanto deben abstenerse dado que podrían poner en juego la sostenibilidad de las finanzas públicas.

La agenda de gasto fiscal es hoy una prioridad global. China, preocupada por los problemas sociales que han surgido en el sur del país a raíz del cierre de algunas fábricas, anunció que está dispuesta a gastar alrededor de US$600.000 millones en obras de infraestructura, mientras Europa está trabajando en un paquete de ayudas por US$250.000 millones. En Europa, sin embargo, hay una mayor reticencia a aumentar el gasto público; no solo porque les ha tomado muchos años reducir el déficit, sino porque en este continente el gasto que realizan los gobiernos es proporcionalmente mayor al de Estados Unidos, debido a que los beneficios para los desempleados son más generosos y tienen un impacto más profundo.

Lo que ocurra en China es particularmente importante. China es la tercera economía más grande del mundo, pues acaba de superar a Alemania y tiene un papel crítico, tanto por su tamaño, como por su capacidad de financiar la recuperación de Estados Unidos. China es tan importante actualmente que el Foro Económico Mundial en su informe de riesgos globales ha enunciado como un gran riesgo para la economía global el que China llegara a crecer por debajo de 6%, ya que golpearía fuertemente el valor de dólar y caerían aún más los precios de los commodities. Se estima que este año la economía china crecerá un 7%, lo cual es muy inferior al 12% de los últimos veinte años, pero suficiente para compensar lo que está pasando al otro lado del mundo.

En el corto plazo, el año 2009 va a ser, sin excepción, malo para las economías del mundo. La peor caída, alrededor de un 2%, la sentirán las economías desarrolladas, que ya están en recesión, mientras que los países emergentes crecerán en promedio un 4%, después de haber crecido por encima de 7% en 2007 y de 6% en 2008.

Dentro de ese grupo, los países exportadores de Asia, aunque se han visto afectados por la caída en la demanda mundial, son los que mejor sortearán la crisis, en la medida que cuentan con los recursos para estimular su demanda interna. Adicionalmente, para Asia, importadora de commodities, la caída de los precios de estos son un gran beneficio. Probablemente, sean estos países los primeros en salir adelante. Este año crecerán 6%.

Todo lo contrario se aplica a Latinoamérica, donde los gobiernos, con excepción de Chile, se consumieron la bonanza y donde, además, la reducción de los precios de los commodities ha afectado sus cuentas corrientes. Se estima que esta región del mundo crecerá alrededor de 2% en 2009.

La tasa general de inflación de 12 meses en EstadosUnidos va a caer por debajo de cero a comienzos de este año debido a la caída de los precios de la energía frente a dicho período del año anterior. No obstante, esto no es deflación. Para que lo fuera, la inflación núcleo, sin energía ni alimentos, tendrá que caer por debajo de cero. Se espera que esta inflación caiga por debajo de 2% en 2009, en la medida que aumente el desempleo, y por debajo de 1% en 2010.

La economía mundial vive en este momento un periodo de ajuste y realineamiento de las columnas estructurales que la sostienen. Por años, Estados Unidos se extralimitó en su consumo, al tiempo que China ahorró y adquirió reservas billonarias de dólares que invirtió en bonos del Tesoro de Estados Unidos, que ayudaban a mantener bajas las tasas de interés en ese país, lo que a su vez facilitaba el consumo. Esa dinámica llegó a su fin en 2008. Para que la economía mundial vuelva realmente a crecer, Estados Unidos tendrá que volver a su tradición: producir para el resto del mundo productos de vanguardia, en lugar de importar al debe todo tipo de mercancías. China, por su parte, tendrá que entrar en una nueva etapa, en la cual habrá de prestar mayor atención a mejorar el nivel de vida de la población y a fortalecer su consumo interno. Este desplazamiento en las fuerzas básicas en la economía mundial será el foco de atención a partir de 2009.

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