| 9/10/1999 12:00:00 AM

Regiones nuevo mapa económico

Es un momento de decisión para las regiones. Si le apuestan a fondo al crecimiento exportador, lograrían las aspiraciones que se vieron frustradas en la década de los 90.

Para su fortuna, Colombia fue durante este siglo un país de regiones. Al contrario de lo que ocurrió en otros países de América Latina, el desarrollo urbano no se concentró en una gran megalópolis, sino que permitió el desarrollo de cuatro grandes ciudades y un número notable de urbes intermedias. Esta diversificación de la actividad económica fue decisiva para que el país lograra una estabilidad en el crecimiento económico que no tiene paralelo en la subregión. Sin embargo, al cerrar el siglo nos estamos encontrando con un hecho sorprendente: justo cuando el país más necesita unas regiones fuertes, generadoras de riqueza y dueñas de su propio destino, la dinámica del crecimiento se invirtió. En la década de los 90, Bogotá se quedó con todo.



Mientras que las disparidades del nivel de actividad económica entre las regiones se redujeron durante los primeros 80 años del siglo, en la década del 90 las diferencias regionales del ingreso se dispararon . Hoy Bogotá tiene un nivel de ingreso como el de Rusia; Antioquia y el Valle como el de El Salvador; el Caribe como las Filipinas o Indonesia; y el Pacífico como Bolivia o Albania .



Y mientras que Bogotá representa hoy el 16% de la población y el 23% de la producción del país, su importancia es mucho mayor en las cuentas macroeconómicas, como lo ha mostrado la investigadora Angela Cordi: "aunque Bogotá participa apenas del 14% del consumo público y del 18% de la inversión, sus hogares cuentan con el 29% del ingreso disponible, su administración pública representa el 37%, su ahorro el 55% y los ingresos empresariales el 66% del país en su conjunto. Y aunque en la ciudad reside sólo el 13% de la población pobre del país, allí se encuentra el 45% de los hogares de estrato alto" .



Esta distorsión del crecimiento regional tiene implicaciones críticas para las posibilidades de los negocios en las próximas décadas pues, si los problemas de Colombia tienen solución, ésta tiene que pasar por las regiones. Sólo en las regiones puede generarse la fuerza propulsora que se necesita para encarrilar a Colombia en un modelo económico de orientación exportadora.



¿Por qué? La evidencia internacional indica que el desarrollo económico tiene bastante más que ver con lo micro que con lo macro. Por supuesto, un país necesita tener estabilidad macroeconómica, tasas de interés bajas y tasas de cambio que no sean noticia de primera página todas las semanas. Pero esto es apenas el andamiaje que soporta la construcción. El verdadero motor del desarrollo está en contar con un entorno en el que las empresas puedan progresar. Las empresas deben tener acceso fácil a recursos de inversión, trabajadores capacitados, tecnología adecuada a sus necesidades e infraestructura que funcione. Además, deben moverse en un entorno en el cual puedan trabajar con tranquilidad, con una confianza básica entre los empresarios a la hora de hacer negocios, dentro de comunidades capaces de trabajar por el progreso. Nada de esto puede ser ordenado y dispuesto desde Bogotá.





Todo esto lleva a pensar que si Colombia no logra detener el desplazamiento hacia Bogotá, sus posibilidades de desarrollarse en el siglo XXI se van a ver seriamente limitadas. Por el contrario, si las regiones se convierten en jalonadoras de crecimiento, el país podrá superar su crisis actual. Un desarrollo exportador basado en las regiones podría aumentar la tasa de crecimiento de la economía en cerca del 3% anual, por encima de las tendencias de largo plazo. La gran pregunta es cómo revertir la tendencia y hacer realidad el potencial regional.



Algo falló



Se suponía que los grandes beneficiarios de la apertura económica iban a ser las regiones fronterizas y portuarias, que iban a crecer por cuenta del comercio exterior. Eso no ocurrió. Investigaciones de Javier Birchenal y Angela Cordi de Planeación Nacional, Cristina Fernández del Banco de la República, Ricardo Rocha de la Universidad del Rosario, así como Santiago Montenegro y Fabio Sánchez de la Universidad de los Andes han encontrado buenas pistas para entender esta dinámica.



Sorprendentemente, el crecimiento económico de los departamentos fue menor para aquellos que están más cerca de los puertos, y mayor para aquellos que se ubican más cerca de Bogotá .Como lo pudo demostrar Fabio Sánchez, vale la pena destacar que una tercera parte de los municipios del país hoy tiene un ingreso per cápita más bajo que el de hace 25 años y que el crecimiento económico municipal también resultó más jalonado por la capital que por los centros de comercio exterior.



Por ello, el investigador Jaime Bonet encuentra que justo cuando, se suponía, iba a irrumpir un cambio estructural de la economía impulsado por la globalización, las diferencias de crecimiento de las grandes regiones estuvieron dominadas por eventos locales: el desarrollo de los proyectos mineros en los nuevos departamentos y la atracción del mercado de consumo bogotano fueron los grandes eventos de la década .



Así, las "economías de la aglomeración" y la atracción que ejercen hacia Bogotá fueron más poderosas que cualquier incentivo que presentaran los mercados internacionales. Este fenómeno de la aglomeración, que tiene cada vez más importancia en el trabajo académico internacional (en los análisis de economistas como Paul Krugman y Jeffrey Sachs), se resume en que las regiones que albergan más consumidores y más industrias tienden a ser la ubicación preferida de las nuevas empresas, porque así resulta más barato atender los mercados y se tiene acceso a mayor cantidad y diversidad de insumos.



Lo grave es que la aglomeración tiende a retroalimentarse a sí misma. Es un círculo vicioso: cada vez serán más las empresas y personas que querrán estar en Bogotá, porque cada día habrá más negocios y más consumidores en la capital. Así lo prevén para los próximos años investigadores como Adolfo Meisel y Fabio Sánchez.



La región decide



Todo esto no quiere decir que las regiones diferentes a Bogotá tengan que resignarse a un proceso de marchitamiento en el próximo siglo. Al contrario de lo que se creía, "geografía no es destino". Por el contrario, aunque el mecanismo de la aglomeración funciona con toda eficacia, su dirección puede cambiar con el transcurso del tiempo (como lo demuestra el hecho de que el actual desplazamiento hacia Bogotá había sido precedido por muchas décadas de convergencia regional).



Paul Krugman ha demostrado que el proceso de aglomeración no tiene nada de "natural". Así como se acelera una vez que una región ha alcanzado una masa crítica de consumidores y empresas, también puede desacelerarse y orientarse a otra región, dependiendo de la forma como cambien las expectativas de las personas, las facilidades de desplazamiento de las firmas y los costos de transporte de mercancías. El surgimiento y la caída de las regiones es algo normal en el dinamismo de la economía mundial.



Por supuesto que no va a ser fácil contrarrestar el poder gravitacional de Bogotá en los próximos años, pero hay factores importantes que se deben considerar. El éxito de Bogotá en los 90 es, en su mayor medida, consecuencia de la estructura que tomó la economía en la primera mitad de la década. La fortaleza de las exportaciones de petróleo y las divisas que entraron por el aumento de la deuda externa llevaron a mantener un peso sobrevaluado, que limitó el crecimiento de las exportaciones no tradicionales. Los grandes negocios se hacían en construcción, servicios y, en general, en bienes no transables. Para estas actividades, Bogotá era un terreno fértil.



Hoy, pocos años más tarde, el escenario ha cambiado radicalmente. No hay más petróleo, el café está en una trayectoria de descenso en el largo plazo y los mercados de capital dejaron de mirarnos favorablemente. El país necesita exportaciones nuevas con desesperación. Por otro lado, los avances de la tecnología permiten prever que los costos de relocalización de empresas serán cada vez menores. Y la renovación de la infraestructura de transporte (lo que se ha logrado en puertos y lo que se completará en carreteras en el curso de los próximos años) dará sustanciales ventajas de costos a las empresas orientadas a la exportación que se ubiquen lejos de Bogotá y más cerca de las fronteras.



Estos nuevos desarrollos están sobre la mesa, pero sólo van a favorecer a las regiones que trabajen arduamente para crear, a partir de ellos, ventajas tangibles para las empresas establecidas en su territorio. Los inversionistas necesitan más. Por un lado, requieren un clima empresarial pujante, que le dé la bienvenida a la inversión, con acceso a la tecnología y a trabajadores calificados. Irán a las regiones con más capacidad empresarial. Por otro, tanto trabajadores como inversionistas se ubicarán en las regiones que ofrezcan mejor calidad de vida, confianza en los demás y seguridad y, en suma, donde el tejido social de la comunidad sea de mayor calidad. Irán a las regiones que demuestren tener el mayor capital social.



La capacidad empresarial



La buena noticia para las regiones es que muchas de ellas compiten bien con Bogotá en términos de los factores de capacidad empresarial que serán determinantes en el futuro. Dinero construyó un índice de capacidad empresarial regional, calificando y combinando factores como el número de sociedades y de patrones empleadores, el cubrimiento educativo en primaria y secundaria, el soporte universitario, la capacidad de incubación de empresas, la existencia de centros de desarrollo tecnológico, la disponibilidad de infraestructura y la seguridad.



El resultado es que la Costa Caribe y Antioquia tienen unos niveles de capacidad empresarial similares a los de Bogotá. El Valle se encuentra un poco más atrás, seguido de los Santanderes y la zona cafetera. Los grandes rezagados son Huila, Tolima y la Amazonia.



El indicador permite verificar dónde se encuentran las mayores fortalezas y debilidades de cada región en términos de capacidad empresarial. En la Costa, los factores que contribuyen más a su avance son la elevada inversión por habitante, la disponibilidad de soporte universitario y la creación de empresas, si bien hay un atraso en infraestructura, en especial en disponibilidad de líneas telefónicas y vías. En Antioquia, por su parte, la inversión por habitante no es muy alta, pero la infraestructura y el soporte universitario le permiten elevarse en la clasificación. El Valle, entre tanto, está avanzando en educación, pero su desempeño en las demás variables no es sobresaliente.



El capital social



Hoy no sólo se reconoce que el desarrollo económico depende fundamentalmente de variables micro, sino también que las variables económicas tradicionales son muy limitadas y dejan por fuera unos determinantes críticos del éxito. Para tener desarrollo no sólo hay que pensar en precios, capital y tecnología, sino también en la calidad de la interacción que la empresa va a encontrar con sus trabajadores, con otras empresas y con la comunidad en general. Esta red de relaciones, instituciones y normas que determinan la calidad de las relaciones en una sociedad se denomina capital social.



La importancia del capital social como factor de competitividad no puede ser subestimada. A ninguna empresa le interesa irse a trabajar a un sitio donde reina la desconfianza, donde la gente no respeta sus compromisos o donde los individuos se preocupan únicamente por perseguir sus intereses, aunque se lleven por delante los intereses de la comunidad. Los costos de trabajar en un sitio así son mucho mayores que los que se tienen en un sitio donde reinan las condiciones opuestas. En particular, en la economía moderna, donde la agilidad de respuesta y la fluidez en las relaciones con clientes y proveedores son temas críticos, la red de relaciones en la cual se desenvuelve el trabajo empresarial es un elemento fundamental de competitividad.



Por fortuna, en Colombia se ha realizado un trabajo importante en la medición del capital social. En una de las más sofisticadas investigaciones sociológicas realizadas en el continente, el investigador John Sudarsky logró cuantificar por primera vez el concepto de capital social en Colombia. De este apasionante estudio, que Dinero presentará en una próxima entrega, se obtuvo una clasificación del capital social en los diversos departamentos que resulta estadísticamente asociado con el crecimiento no explicado por los factores tradicionales y la nueva geografía económica .



Los resultados dan luces a los líderes regionales respecto a dónde deben concentrar su labor para mejorar la competitividad de su respectiva zona en este campo. La región Caribe tendría un mayor grado de confianza entre sus gentes y una menor propensión a la violencia, que contrasta con la situación de la zona central cafetera del país. Esto habría incidido significativamente en las diferencias de crecimiento económico reciente y confirma que la Costa Caribe tiene un potencial para el crecimiento económico aún no plenamente realizado.



Una mirada a la próxima década



Si la concentración de la actividad en Bogotá está asociada a la crisis que atraviesa el país a finales de los 90, ¿qué pasaría si lográramos volcarnos hacia un patrón de crecimiento fundado en la capacidad exportadora de las regiones? ¿Qué les pasará al país y a las regiones, si logran la meta de duplicar las exportaciones no tradicionales?



Las simulaciones que presentamos, gracias a la valiosa colaboración de la investigadora Angela Cordi, indican que duplicar las exportaciones tradicionales (básicamente mineras, porque no parece factible en café ni petróleo) agregaría casi 6 puntos al PIB, y que duplicar las exportaciones no tradicionales agregaría casi 9 puntos al PIB. En términos de crecimiento promedio durante el próximo quinquenio, duplicar las exportaciones permitiría un crecimiento adicional de la economía de casi 3% sobre las tendencias de largo plazo. El impacto sobre el crecimiento regional sería mayor para la Costa Caribe, para la que representaría una aceleración del crecimiento de casi el 5% anual. La región oriental (que incluye Cundinamarca), Antioquia y el Valle crecerían por encima del país, aunque Bogotá y el Pacífico tendrían un impacto mucho menor .



El efecto del crecimiento regional resulta muy distinto dependiendo del tipo de exportaciones que se logren duplicar. La gráfica Crecimiento regional indica que la Costa Caribe tendría el mayor impacto derivado de las exportaciones mineras, mientras que Antioquia y la región oriental tendrían el mayor crecimiento económico asociado a las exportaciones no tradicionales.



Si se duplicaran las exportaciones agroindustriales, Antioquia y la región oriental tendrían un PIB adicional mayor al 8%, y si se duplicaran las exportaciones propiamente manufactureras (textiles, confecciones, maderas, papel y cartón, química y metalmecánica), el impacto sería mayor en Antioquia, la región oriental y central que en Bogotá, el Valle y el Pacífico.



Sin la menor duda, duplicar las exportaciones puede ser entonces el mejor instrumento para lograr revertir el modelo concentrador de los años 90. El Caribe, la región oriental, Antioquia y el Valle serían los grandes beneficiados. Y para que logren montarse al tren del nuevo modelo de desarrollo, el sur del país y Bogotá tendrían que hacer un esfuerzo sustancial de reorientación hacia la modernización y las exportaciones.



Quienes quieran la verdadera descentralización en la próxima década tendrán que pensar en depender menos de las transferencias del gobierno central a las burocracias locales y más en la fundamentación de una política de competitividad que, aunque con correctas señales macroeconómicas, siempre será de corte local. Bienvenida la orientación del nuevo director de Planeación Nacional. Más que de políticos locales o del Congreso, la descentralización dependerá de los empresarios que aceleren la transición del modelo de desarrollo.
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