| 10/1/1995 12:00:00 AM

Pecado santo

Era algo así como el día señalado. Monseñor Abraham Gaitán Mahecha celebraba su cumpleaños número 61 y también los 29 años de haber creado la Caja Vocacional, una fundación autorizada por el Vaticano y dependiente de la Conferencia Episcopal Colombiana. Entre la opinión pública en general muy pocos habían oído hablar del monseñor y de la fundación, pero precisamente a partir de ese día y durante casi un año el escándalo de la Caja Vocacional fue el tema preferido de los colombianos.

Ese número 17 que monseñor usaba como agüero había señalado todos los acontecimientos importantes de su vida. Nació el 17 de octubre de 1925, el 17 de marzo de 1956 fue ordenado sacer

dote, el 17 de octubre de 1957 fundó en Tunja la Caja Vocacional, el 17 de mayo de 1968 la Caja se convirtió en obra de la Conferencia Episcopal, el 17 de enero de 1980 inició ventas del conjunto residencial El Greco en Bogotá, su gran catástrofe como urbanizador, el 17 de julio de 1984 asumió la primera junta directiva que le pidió explicaciones sobre sus desafueros.

Un 17 al que los adoradores del diablo tienen como suyo, y es símbolo del mal agüero y lo perverso, y al que los egipcios aborrecían porque un día 17 de luna murió su gran gobernante Osiris. Y ahora, un día 17, le llegaba el fin de la Caja, una obra a la que monseñor Gaitán Mahecha había dedicado todo su tiempo como sacerdote, y que en verdad era un pequeño banco de inversiones.

Nació para promover el cultivo y conservación de las vocaciones sacerdotales, pero después fue diversificando sus objetivos desde operaciones en bolsa, pasando por el otorgamiento de becas, el manejo de préstamos estudiantiles al estilo Icetex, la importación de Volkswagens y jeeps, caballos ponies, vino para consagrar, y hasta alpiste para canarios.

Luego creó un Fondo Coordinador de Inversiones Eclesiáticas, para administrar bienes y valores de la diócesis. Allí garantizaba a sus inversionistas un rendimiento superior a la pérdida del poder adquisitivo del peso colombiano. Al parecer todo marchaba viento en popa, hasta que en medio de la Conferencia Episcopal de 1972, monseñor Darío

Castrillón denunció graves irregularidades al interior de la Caja.

El escándalo centró las discusiones de la Conferencia, pero al final nada pasó. Cuando se dio por terminado el impase, se elaboró un comunicado de respaldo a la labor del entonces padre Gaitán Mahecha, aunque el obispo José Joaquín Flórez hizo una aclaración: "No me opongo a que en la proposición se alabe al padre Gaitán, pero no quiero que en esa carta se diga nada de su rectitud".

n 1973 la Caja dio un salto que transformó para siempre su papel. Creó un Fondo Pastoral que se dedicó a captar y a prestar dinero a diócesis, arquidiócesis y otras entidades de la Iglesia, a los familiares de los religiosos y más adelante a los laicos en general. Con esa nueva liquidez, la Vocacional se convirtió en constructora, en aseguradora y hasta en casa de cambios. Por sus cajas pasaban centenares de cheques en dólares de toda índole (hasta de las fortunas repentinas que hacían su aparición en el panorama colombiano), violando el Estatuto Cambiario vigente entonces.

De allí en adelante se tuvo un negocio de locura. Se vendían carros blindados a presuntos narcotraficantes, le prestaban plata a los hermanos Ochoa Vásquez, se construían apartamentos que no se vendían, se creó la Corporación de Ahorro y Vivienda Fundavi (con la asesoría de Virgilio Barco Vargas) que fue otro desastre, se adquirían fincas y lotes que no producían y se asumieron créditos en dólares que le dieron la defunción a la entidad.

La Caja Vocacional debió terminar su loca carrera en 1982 como ocurrió con otras entidades que venían haciendo lo mismo, captación ilegal de

dinero sin permiso de las autoridades, pero se escudó en el Concordato para sobrevivir artificialmente hasta 1986. Al final, después de su intervención, con la venta de algunos bienes de la Conferencia Episcopal debió responder por unos $3.000 millones de sus ahorradores

Al final los dedos acusadores señalaron a monseñor Abraham Gaitán Mahecha, su director, y a Ignacio Aguilar Zuluaga y Ernesto Cantini Valbuena, ex gerentes. Nunca se analizó la responsabilidad de los jerarcas de la Iglesia, quienes por acción y por omisión permitieron el colapso. Los abogados de los acusados interpusieron hasta 16 recursos para dilatar el proceso. El 19 de marzo de 1993 monseñor fue condenado a 30 meses de prisión y a 24 meses los otros tíos ex directivos, por el delito de captación ilegal de fondos, conminándoles a

restituir $6.472 millones (capital más intereses).

La Sala Penal del Tribunal Superior de Bogotá confirmó el fallo y

" la intención criminosa del sacerdote" e incluso estimó que "las penas de 30 y 24 meses impuestas a los directivos habían sido mínimas por la magnitud cíe los daños causados". Pero el tiempo favoreció a los condenados y en momentos en que se cumplían los términos para la casación ante la Corte, prescribió el proceso.

onseñor vive hoy en la calle 124 N° 27-55, al norte de Bogotá, en su residencia que simuló vender en 1987 a otro sacerdote, con el único fin de que una posible medida civil de embargo u obligación de pago con sus bienes fuera posible. Durante sus fines de semana aún asiste a bautizos, celebraciones eclesiásticas en general y su tiempo de esparcimiento lo dedica a sus ponies en las fincas en Tenjo, en las afueras de la capital.
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