| 11/1/1995 12:00:00 AM

Ojo con la integración

Federación Colombiana de Fabricantes de Grasas y Aceites Comestibles

EI sector de aceites comestibles ha tenido un desempeño que me atrevo a calificar apenas como regular en lo que va corrido de 1995. De esta manera, el potencial de un mayor crecimiento y modernización no ha podido lograrse porque el sector ha estado rodeado de un entorno, en el seno del Grupo Andino que, al menos hasta ahora, estimula la competencia desleal. Al empezar el año en curso esperábamos ansiosamente un avance en la igualación de las condiciones de competencia, ya que deberían entrar en vigencia medidas diversas de harmonización, como el arancel externo común y la adopción de las franjas andinas de precios. Sin embargo, estos instrumentos todavía se encuentran en proceso de implantación y aún son objeto de prórrogas consecutivas de ciertas excepciones.

Otras armonizaciones se están discutiendo en mesas académicas y presentándose a consideración del Congreso. Por ejemplo, el sistema antitécnico del régimen de exclusión que se aplica al IVA en Colombia implica que los aceites importados refinados no sean gravados con el IVA. En cambio los industriales colombianos deben pagar IVA sobre un grupo importante de materias primas y servicios necesarios para la fabricación de los aceites, que luego no pueden recuperar, y en consecuencia sus costos se incrementan en más de un 4%. Todo esto los coloca en desventaja con los importados. Como los márgenes netos en esta industria son inferiores a este porcentaje, es evidente que cuando los aranceles a las importaciones son muy bajos o de cero, la competencia externa resulta demoledora para la producción nacional.

Venezuela, un fuerte importador de todo tipo de bienes de la cadena de las oleaginosas, se ha convertido sorpresivamente en exportador de aceites, margarinas y mayonesas al mercado colombiano.

Tales flujos no resultan de genuinas ventajas comparativas, sino gracias a descuentos arancelarios obtenidos por la aplicación del ATPA (especie de Plan Vallejo), acuerdos de alcance parcial con los países del MERCOSUR que les permiten importar materias primas con un arancel menor al externo común-, ventajas fiscales (combustibles, IVA) y de la operación de tasas de cambio múltiples generando, como es fácilmente observable, una competencia claramente desleal, que ha perjudicado a los industriales y agricultores colombianos de la cadena de las oleaginosas, que han visto gradualmente cómo se reduce su mercado interno.

Para dar los primeros pasos en la solución a estos apremiantes problemas, es necesario poner en plena vigencia lo establecido en las Decisiones 370 y 371 de 1994 emanadas de la Comisión del Acuerdo de Cartagena, relacionadas con el arancel externo común y las franjas de precios, sin más plazos dilatorios, de suerte que haya harmonización en las políticas y claridad en las reglas del juego. Igualmente, deberían establecerse sistemas de exoneración completa del IVA, como los que existían antes de 1991, que no discriminaban contra la producción nacional.

Se palpa temor en el sector, resultante de la inquietud de si la situación política interna le permitirá al país exigir con firmeza el cumplimiento de los plazos establecidos en las Decisiones 370 y 371 de 1994, y de aplicar salvaguardias o derechos compensatorios, especialmente a Venezuela. Mientras tanto, la imaginación venezolana para buscar formas de eludir la harmonización se hizo manifiesta cuando solicitó autorización a la junta del Acuerdo de Cartagena, a mediados de octubre de 1995, para importar 250.000 toneladas de fríjol soya sin el pago del arancel externo común correspondiente. Afortunadamente, el gobierno colombiano se opuso ante la junta del Acuerdo de Cartagena a este despropósito, que confiamos no se cristalice.

¿Cómo pueden los industriales colombianos reconvertir y modernizar sus empresas si se ven forzados a enfrentar tantas distorsiones en la naturaleza de la competencia que amenaza constantemente sus inversiones?

Justo es reconocer que la cadena de los aceites comestibles en Colombia tiene la suerte de contar con el aceite crudo de palma como materia prima en la producción de aceites, lo que le da al menos un camino viable para lograr ventajas comparativas. Por lo demás, su debilidad frente al comercio exterior es manifiesta pero no insuperable. Si existieran políticas armonizadas dentro del Grupo Andino, Colombia podría crecer exportando margarinas, aceites refinados y aceite crudo de palma. Si Venezuela de veras abriera su mercado, el futuro de la palma y de sus productos finales sería halagador para los empresarios colombianos, contrario a lo que está ocurriendo actualmente. De otra parte, si avanzamos en otros procesos de integración, como sería el caso del libre comercio de los países del Grupo Andino con el MERCOSUR, la producción de aceites en Colombia tendría un futuro bastante oscuro. Argentina, Paraguay y Brasil son países altamente competitivos a nivel mundial, como quiera que MERCOSUR es el primer exportador mundial de oleaginosas y aceites de todo tipo.

He podido apreciar que los industriales y agricultores están empeñados en mejorar aceleradamente su productividad a lo largo de toda la cadena agroindustrial. Sin embargo, tal proceso depende no solamente de la inversión de agricultores e industriales, sino principalmente de las políticas e inversiones del gobierno en vías, seguridad y servicios. Considero que es necesario lograr primero resultados positivos en productividad y en harmonización en el seno del Grupo Andino, antes de introducir estos productos tan sensibles en los acuerdos de libre comercio con el MERCOSUR, porque se corre el riesgo de barrer con un sector que tiene potencial a un nivel competitivo en el mediano y largo plazo. Primero hay que organizar el mercado andino, corrigiendo toda clase de perforaciones y armonizando los aspectos fiscales, cambiarios y de política de precios, antes de entrar a jugar en las grandes ligas sin protección alguna.
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