| 3/18/2005 12:00:00 AM

Obreras<br>Oficios de mujeres

El trabajo fuera del hogar, una tarea que al inicio del siglo XX era de mujeres de estratos populares, se generalizó a todos los estratos en el país. La historia de una verdadera revolución.

La industrialización del siglo XIX cambió radicalmente el papel de las mujeres en la producción. La imagen de la mujer como administradora del hogar o recolectora y comerciante perdió vigencia y la nueva mujer obrera pasó a ser parte importante de la sociedad. Este fenómeno, que comenzó en Europa y Estados Unidos, se generalizó durante el siglo XX en buena parte de las naciones del mundo, entre ellas, Colombia.

Antes del desarrollo industrial que se dio a comienzos del siglo XX, Colombia era una nación agrícola que tomaba parte en el comercio mundial, gracias a la exportación de materias primas como el café, la quina, el tabaco y el caucho. La recolección o la elaboración de algunos de estos productos, como el tabaco y el café, era prácticamente monopolio femenino. Aprovechando que los hombres se dedicaban a otros trabajos en el campo, la mujer poco a poco fue entrando al ciclo productivo del país.

Con el desarrollo de una industria nacional, el papel de la mujer fue dando cierto viraje. Si bien la mujer mantiene su papel como recolectora en el campo, también empieza a ser un agente industrial. Las primeras industrias colombianas, específicamente las textiles, utilizaron como principal mano de obra a las mujeres que vivían en las cercanías. Establecida en especial en el Valle de Aburrá, en Antioquia, la industria textil funcionó durante sus primeros años con operarias que realizaban labores manuales repetitivas, con algún contenido técnico como el tejido y la hilandería. Había además operarias envolvedoras y urdidoras, cortadoras o planchadoras.

Las mujeres que trabajaban en este sector eran por lo general jóvenes de escasos recursos del ámbito rural antioqueño que, impulsadas por sus padres y en algunos casos por los párrocos de sus pueblos, buscaban una entrada de dinero extra para ayudar a su hogar. Para muchas familias era más aceptable que sus hijas trabajaran en una industria como la textilera a que se fueran a Medellín o a otras ciudades del país a trabajar en el servicio doméstico, así que siempre hubo mano de obra dispuesta a trabajar en estas fábricas.



Las nuevas tejedoras

Fabricato, una empresa innovadora y que estaba a la vanguardia de la producción textilera en el país, fue un caso particular en cuanto a políticas de reclutamiento de mujeres jóvenes como obreras. Desde 1923, año de su fundación, hasta 1930, la empresa funcionó bajo un modelo paternalista. Las obreras eran tratadas como si fueran parte de la familia.

En 1930, comenzó una etapa en la que la acción de la Iglesia católica fue determinante, por medio de la Acción Social Católica y la creación de sindicatos católicos. En medio de un ambiente político polarizado, los dirigentes de Fabricato adhirieron a teorías socialcristianas e intentaron "preservar a sus trabajadoras de las influencias comunistas"1. Esta política llevó a la creación de El Patronato, un internado en el que todas las obreras residían, manejado por la Comunidad de las Hermanas de la Presentación. Aquí, y en un claro intento por manejar las vidas y el tiempo libre de las obreras para que no interfirieran con su desempeño laboral, la administración prohibía la entrada de mujeres casadas o embarazadas. Según datos de Luz Gabriela Arango, el 78% de las obreras que entraron a trabajar antes de 1941 era célibe. La alimentación era muy barata e, incluso, se fundó un ala en el Hospital San Vicente de Paúl de Medellín, en la que Fabricato atendía a sus empleadas.

En 1953, con un reacomodo de la planta, la participación femenina en las principales áreas de producción se redujo notablemente. Antes de 1944 era del 70%, en 1957, el 28% y en 1958 del 24%. La modernización llevó a la masculinización de los trabajos. Lo mismo pasó con la industria en general.



Cambio de oficio

Fabricato no fue la única empresa que se concentró en la contratación de mujeres. La Fundación Social, dirigida por el padre José María Campoamor, por medio de la Caja de Ahorros del Círculo de Obreros, concentró sus esfuerzos en darles empleo a mujeres en el sector bancario, como cajeras.

El proceso de integración de la mujer a la economía industrial nacional, que comenzó con mucho ímpetu en los 20, se debilitó en los 40. Las operarias fueron reemplazadas por hombres. En cambio, con la educación comercial y la expansión del comercio y algunos servicios modernos, se abrió un amplio campo para las mujeres en tareas de oficina y en el sector terciario (servicios).

Las 'dulcineas de las fábricas', como se conoce a las operarias industriales, se transformaron en los 'ángeles de las oficinas'. Transplantaron su papel de esposas a los negocios. Además, movidas por las dificultades económicas de los 30, muchas mujeres de estratos medios, educadas en escuelas comerciales decidieron ocupar cargos fuera del hogar.

En los 60, cuando las mujeres empezaron a graduarse de las universidades en carreras 'duras' (ver artículo de educación), entraron en campos que habían estado reservados a los hombres. Los cargos profesionales y de dirección en la empresa privada y en el gobierno. Esto completó una de las fases más importantes de la revolución laboral femenina en Colombia. El trabajo fuera del hogar, que fue característico de las mujeres de estratos populares, se extendió a los medios en los 30 y a los altos en los 60.



Las de ahora

Hoy el grueso de las mujeres sigue siendo trabajadoras en oficios de baja remuneración. Con una participación cercana al 56%, han aumentado su proporción en la fuerza laboral, en especial, en las épocas de recesión, cuando salen a buscar trabajo para complementar los ingresos del hogar.

Los datos del Dane muestran que la mayoría de ellas se emplea en comercio, servicios e industria en empresas privadas, pero casi con la misma intensidad en trabajos 'por cuenta propia', una denominación que cobija buena parte del empleo informal. Por eso, si se quisiera repetir la revolución inicio de siglo XX, cuando las mujeres cambiaron de trabajos de baja productividad a otros industriales de mayor productividad, el camino indicado parece ser llevar a la formalidad a los miles de mujeres que trabajan en la informalidad.

La segunda característica de gran parte del trabajo femenino es que recibe sueldos menores a los de los hombres, incluso por realizar las mismas labores. La situación es mucho menos seria que en la década de 1920, cuando los salarios eran inferiores en 50% frente a los masculinos. Según datos de Planeación Nacional, en 1976, las mujeres colombianas recibían 36% menos que los hombres. Para 1980, la cifra bajó a 30% y en 1990 a 25% y los datos más recientes muestran igualdad en la remuneración por hora, pero diferencias en los ingresos, por cuanto las mujeres tienen menos interés (o posibilidad) de trabajar horas extras.

Ahora, las mujeres no ejecutivas están en la mayoría de los oficios disponibles en el país. El reto, de nuevo, es aumentar y remunerar la productividad, para que la revolución laboral del siglo XX se perpetúe.



Por Juliana Gutiérrez
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