Nuestro hombre en Washington

| 8/9/2002 12:00:00 AM

Nuestro hombre en Washington

Luis Alberto Moreno convenció a los gringos de que Colombia no es solo narcotráfico. Ahora hay que convencer a los colombianos de que esta alianza es esencial para el futuro del país.

El pasado 26 de julio fue una de las jornadas legislativas más importantes en tiempos recientes en Estados Unidos. El presidente Bush realizó una rara visita al recinto de la Cámara de Representantes y dirigió unas emotivas palabras a los congresistas, que se preparaban para votar sobre la autorización que permite al Presidente firmar acuerdos comerciales con otros países. A la madrugada del día siguiente, la discusión continuaba y algunos de los integrantes más importantes del poder Ejecutivo, como el Secretario de Comercio y el Representante Comercial, seguían presentes en los corredores, asegurando votos. A esa hora también estaba allí, trabajando hombro a hombro con los congresistas gringos, el embajador colombiano Luis Alberto Moreno. "Si uno se pone a pensarlo, podría parecer absurdo que un embajador extranjero estuviera en la Cámara en un momento como ese", dice Cass Ballenger, presidente del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara. "Pero con el embajador Moreno esto termina siendo natural, pues él ofrece apoyo de extraordinario valor con información para las decisiones".



Luis Alberto Moreno es considerado hoy como "uno de los más efectivos diplomáticos extranjeros en Washington en varias décadas", en palabras de la embajadora de Estados Unidos en Colombia. The Washington Post lo llama un "genio de las relaciones públicas" y afirma que logró "transformar dramáticamente el status de Colombia en Washington, que dejó de ser un estado paria para ser el receptor de más de US$2.000 millones en ayuda". Lo que se obtuvo en la madrugada de este 27 de julio tiene la mayor importancia para Colombia. La aprobación del Atpa, Andean Trade Preference Act, que renueva y extiende las preferencias comerciales para los países andinos, estaba incluida en el texto de la ley sobre autoridad comercial que aprobó la Cámara ese 27, y que le permitirá al presidente Bush firmar tratados comerciales sin que el Congreso pueda modificar su texto. La decisión de la Cámara fue seguida una semana después por el Senado, y la ley pasó para la firma de Bush.



Al sumar el Atpa, la ayuda del Plan Colombia y la reciente decisión que permite utilizar la ayuda militar no solo para combatir el narcotráfico, sino también el terrorismo, el panorama muestra un cambio radical en la actitud de Estados Unidos hacia nuestro país. Colombia ha dejado de ser un problema de narcotráfico, para pasar a ser considerada como lo que realmente es: un país con un grave problema de seguridad nacional que podría desestabilizar toda la región; pero también un país dotado de un enorme potencial productivo, con una fuerza de trabajo altamente capacitada en términos regionales, de gran importancia estratégica, que es amigo de Estados Unidos. Las implicaciones de este cambio de actitud, como estamos empezando a ver, son de largo alcance. En medio de su más profunda crisis, Colombia tiene la oportunidad de consolidar una ambiciosa alianza con Estados Unidos para iniciar una nueva fase de desarrollo.



El nuevo talante de la relación con Estados Unidos es, por supuesto, un logro del gobierno de Andrés Pastrana, mediante una estrategia que ha involucrado diferentes ministerios, desde Defensa hasta Medio Ambiente y Comercio. Sin embargo, quien abrió el espacio en Estados Unidos fue Moreno, con un trabajo sistemático y permanente que creó una masa crítica de apoyo para Colombia, entre legisladores y formadores de opinión. El gran éxito de Moreno es haber convencido a los gringos, en un acuerdo bipartidista, de que el problema de Colombia es la seguridad nacional y que este también es un problema de Estados Unidos.



Lo obtenido hasta ahora es muy importante, pero el tiempo que tenemos los colombianos para felicitarnos y darnos palmaditas en la espalda es breve. Las exigencias en esta nueva fase de la relación son mucho mayores que en la anterior. Estados Unidos ha multiplicado su apuesta en Colombia, pero también quiere saber cuál va a ser la estrategia de los colombianos para resolver en forma definitiva su problema y cuánto va a costar. Dentro de Colombia, por su parte, hace falta generar un inequívoco propósito nacional para salir de esta crisis. En el terreno político, la creciente presencia de Estados Unidos puede convertirse en obstáculo para llegar a ese objetivo, pues podría generar rechazo en grupos muy diferentes, desde empresarios a los que no les gusta que unos extranjeros los llamen a pagar más impuestos, hasta movimientos políticos que se oponen a la intromisión en asuntos internos.



Así, la misión del embajador Moreno en Washington bajo el gobierno de Alvaro Uribe tiene un nuevo carácter. Mientras que hace cuatro años Moreno partió de un desconocimiento y un prejuicio sobre Colombia, que le permitía aprovechar ampliamente el factor sorpresa al presentar la Colombia ajena al narcotráfico, hoy enfrenta un grupo de legisladores que recita de memoria las cifras de la evasión de impuestos en Colombia y la baja participación del gasto de defensa en el PIB. Su capacidad para mantener el impacto y la dinámica en la relación depende de los resultados que demuestre Colombia y del grado en que avance hacia la solución de su crisis económica, social y de seguridad.



Paradójicamente, entonces, buena parte del trabajo de Moreno en esta segunda etapa tendrá que desarrollarse en Colombia. Así como se gastó cuatro años explicándoles a los gringos que no todos los colombianos somos narcotraficantes, ahora tendrá que explicarles a los colombianos, desde congresistas hasta empresarios, que no hay que tenerle miedo a hablar y negociar con los gringos, pues hay grandes oportunidades para quienes aprenden a tratar con ellos. Así, el embajador Moreno ha asumido la nueva etapa de su trabajo: trabajar desde Washington para evangelizar en su propia tierra.



Ayuda concreta



El apoyo que se concretó en julio tiene enorme importancia para Colombia. El cambio de uso de los equipos entregados para la lucha antinarcóticos permitirá utilizar los 73 helicópteros del Plan Colombia para cubrir el territorio nacional en la lucha contra la guerrilla y las autodefensas. También será posible que Estados Unidos comparta con las autoridades colombianas la información de inteligencia que recoge por medio de sus satélites sobre las actividades de estos grupos. Ambas cosas estaban prohibidas por el Congreso.



La suma de estos dos instrumentos permitirá "perfeccionar un sistema nervioso que traerá un cambio cualitativo en la lucha contra el terrorismo", afirma Moreno. También se financiará una brigada para la protección de la infraestructura económica, empezando por el oleoducto Caño Limón-Coveñas (donde los atentados significaron pérdidas por US$500 millones en ventas de petróleo solo el año anterior) y se asignarán recursos para el entrenamiento de grupos contra el secuestro y el terrorismo.



El Atpa, por su parte, entregó unas condiciones excepcionalmente favorables de acceso al mercado de Estados Unidos para los países andinos. Colombia es el más beneficiado, pues tiene la base industrial más diversificada y capaz. La ley que firmó el presidente Bush no solo renueva las preferencias concedidas en el pasado, que fundamentalmente eran aprovechadas por las flores y otros productos menores como los espárragos, sino que permite el acceso, entre otros, de confecciones hechas con telas e hilazas producidas en la región. Este acceso es superior al que tienen los países del Caribe, que solo reciben beneficios para las confecciones hechas con telas manufacturadas en Estados Unidos. Esto abre la puerta para un crecimiento extraordinario de las confecciones y de toda la cadena.



El impacto es inmediato. La asistencia de compradores estadounidenses a la feria Colombiamoda se multiplicó ante la expectativa de la entrada en vigor del Atpa. Mark Newman, directivo de The Limited, la gran cadena de ropa en Estados Unidos, afirmó que el Atpa podría significar para Colombia más de US$1.000 millones en nuevos pedidos. Otros productos, como cuero y calzado, que no estaban incluidos en el Atpa anterior, también recibieron acceso preferencial.



¿Qué viene ahora?



El hecho de que Colombia haya logrado una alianza de apoyo bipartidista es positivo, pero tiene consecuencias que aquí no hemos medido bien. Hoy, los centros de poder en Estados Unidos tienen una posición unificada sobre Colombia, que es repetida casi sin variaciones por los representantes del gobierno, los congresistas e incluso los think tanks: Colombia debe desarrollar una estrategia y poner más de su parte, establecer cuánto le cuesta resolver el problema y estar dispuesta a pagar el costo.



Colombia fue la que buscó esa posición unificada, y ahora tiene que responder. El primer paso es lograr la seguridad. Como lo expresó el embajador Moreno en un reciente foro de Anif-Fedesarrollo, "si no se paga el precio de solucionar el problema de la seguridad, si no se logra consolidar el imperio de la ley y derrotar a quienes han hecho de las actividades ilegales su forma de vida, no somos viables como Nación".



Por su parte, Estados Unidos está dispuesto a hacer más. Colombia podría pensar en buscar niveles de ayuda similares a los que hoy reciben Israel o Egipto, del orden de varios miles de millones de dólares al año, si lograra articular una estrategia de salida de esta crisis nacional. La idea sería apoyarse en una ayuda de esa magnitud para resolver el conflicto y volver a hacer viable el país. No podría ser simplemente una estrategia militar, sino que tiene que estar firmemente cimentada en el crecimiento económico y la corrección del rezago social. Esto solo sería viable si los colombianos pusieran el grueso del esfuerzo, en una profunda reorientación de las prioridades nacionales.



En Washington, lograr una ayuda de este tipo sería mucho más complejo que la firma del Atpa. Colombia tendría que saltar a las grandes ligas en términos de su prioridad en la agenda política para Estados Unidos. Y no debemos engañarnos, aún estamos lejos de llegar allí.



En busca de una estrategia



Desarrollar una estrategia creíble que permita a Colombia moverse hacia adelante no va a ser sencillo; en particular, cuando se parte de un problema básico: el narcotráfico no se va a acabar y el mundo no va a avanzar hacia la legalización de la droga en un horizonte de tiempo razonable.



La estrategia debe desarrollarse en los frentes político-militar y también en el económico. En lo político-militar, el país debe demostrar que está unido. Así como Estados Unidos se unió alrededor de su bandera después de los hechos del 11 de septiembre y respaldó a su Presidente en la estrategia, Colombia debe hacer lo mismo alrededor del objetivo de superar el conflicto. En lo económico, ahora corresponde una estrategia pragmática, basada en la inversión de largo plazo. La búsqueda de apoyo para superar los problemas fiscales debe estar basada en una estrategia que muestre que el gobierno es el mejor aliado de la inversión.



El gobierno de Alvaro Uribe debe superar la inercia que ha frenado el entusiasmo de tantos inversionistas. La inseguridad jurídica, la inestabilidad de las reglas del juego y la indecisión de las entidades regulatorias tienen un peso definitivo.



La gran meta hacia adelante debe ser la entrada en el Area de Libre Comercio de las Américas, Alca, o la firma de un acuerdo comercial bilateral con Estados Unidos. Las preferencias del Atpa son una concesión unilateral de Estados Unidos, que llegará hasta diciembre del año 2006 y que tiene pocas posibilidades de renovación, pues va en contravía de la tendencia mundial, que apunta hacia acuerdos bilaterales, regionales o multilaterales.



En un acuerdo comercial, además, se establecen unas reglas de juego que permiten la solución de muchos temas que frenan el comercio y la inversión, desde la aplicación de normas fitosanitarias hasta las reglas para el tránsito de trabajadores entre países.



Hasta ahora, el peso de abrir puertas en Estados Unidos ha recaído en la embajada colombiana en Washington y en el embajador Luis Alberto Moreno. La experiencia de los confeccionistas, que empezaron su esfuerzo de lobby en la capital estadounidense hace relativamente poco tiempo, muestra hasta dónde puede llegar el sector privado colombiano al explorar oportunidades en ese país. Su ejemplo debería ser seguido por otros empresarios, congresistas y académicos, que deberían emular los métodos de nuestro embajador en Washington para abrir puertas y ganar espacios en Estados Unidos. Esa nueva relación entre colombianos y estadounidenses sería la base para una nueva etapa de crecimiento económico en Colombia.
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