| 8/15/2008 12:00:00 AM

No es sólo cuestión de calentamiento

Los gobiernos y el sector privado están incluyendo en sus agendas la incertidumbre del cambio climático, no solo para identificar los cambios físicos, de regulación y de comportamiento, sino también para sacar provecho del cambio a través del mercado de la energía y de las emisiones de carbón, y para entender las diferentes oportunidades potenciales para estabilizar las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera.

 

Hoy en día se está hablando cada vez menos de los efectos perversos del aumento de temperaturas en el globo para concentrarse en soluciones económicamente viables, que beneficien no solamente al medio ambiente, sino también los bolsillos de quienes logren encontrar salidas eficientes a la crisis del calentamiento global.

El reto al que se enfrentan hoy los líderes de las políticas públicas y de los negocios es el de incrementar la productividad de forma significativa y sostenible en un contexto carbono neutral, y permitir por esta vía que no se detenga la expansión de la economía mundial. Desde la consolidación de la industrialización, en el planeta la emisión de gases contaminantes ha crecido a la mitad de lo que lo ha hecho el Producto Interno Bruto (PIB), pero para alcanzar los niveles considerados seguros por la comunidad científica mundial, la producción de CO2 debe decrecer 5% anualmente.

 

Para lograr este objetivo sin afectar el crecimiento económico, se requiere un cambio de actitud frente a la eficiencia energética; una significativa “descarbonización” en los sectores de energía, industria pesada, agricultura y transporte; y la protección de la selva tropical, que actúa (junto con los océanos) como un regulador natural de CO2.

El cambio climático no es un evento fruto del azar, es el resultado del cambio de tendencia de la economía que produjo la revolución industrial que se ha perpetuado por más de un siglo. Pero el calentamiento global representa a su vez un cambio de tendencia que desborda la economía y afecta la base de la vida misma: el medio ambiente, y los daños que se dan en esta base son irreversibles.

 

Por ello el calentamiento global impone la mayor de las restricciones; en el mejor de los casos tendremos que vivir con el daño causado hasta el momento en que se logre su control. Los científicos y los economistas son en última instancia optimistas al considerar que lo que se ha perdido hasta el momento es poco, comparado con la potencial destrucción que podría darse si no se actúa de inmediato. Y hablar de inmediatez en términos de medio ambiente a escala global es pensar en un horizonte de tres décadas, el tiempo estimado que tomaría frenar el calentamiento adoptando medidas cuanto antes.

Así lo han entendido los entes supranacionales y los gobiernos, las primeras instancias en las que se debe tomar conciencia, lo que ha traído consigo las oportunidades económicas de mercado para que el sector privado tenga los incentivos necesarios para actuar de manera independiente; el libre mercado opera eficientemente en la medida en que una regulación acertada lo permita.

Es vital detener el calentamiento global, pero la obsesión por reducir las emisiones de CO2 en el corto plazo no puede hacernos olvidar que el cambio climático no es más que el reflejo de problemas más profundos, la actividad humana está consumiendo el planeta de forma tan acelerada que resolver el problema de la temperatura no asegura estar a salvo de un colapso ambiental; es tan solo un paliativo, necesario pero no suficiente.

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