| 2/6/2004 12:00:00 AM

Negocios informales, qué hay detrás

La actividad informal es casi la mitad de la economía colombiana. Dinero analizó hace dos año este fenómeno. Es hora de activar su potencial para la generación de riqueza.

Miguel trabaja 12 horas al día, 6 días a la semana, en la carrera Séptima con calle 114, en Bogotá. Se gana la vida vendiendo mapas. "Compro $30.000 en mapas para la semana. Me valen $1.000, los vendo a $3.000 y vendo 5 ó 6 diarios". Miguel no es empleado de nadie y se gana en un mes unos $250.000. Esto es menos que un salario mínimo y además no tiene seguridad social ni está cotizando para una pensión. No obstante, Miguel no se ve a sí mismo como una víctima, sino como un empresario. Su ambición no es trabajar como obrero, sino ganar más en la calle.

La vida que este vendedor ambulante lleva en la calle ilustra la realidad del sector informal, una parte fundamental de la economía colombiana que pocos quieren mirar de frente. El aporte que estas personas hacen al consumo es sustancial en un país donde, según el Dane, el 60,7% de los puestos de trabajo es generado por el sector informal. Por su parte, la producción y las ventas que se mueven por esta vía son vitales para muchas empresas formales, las cuales han encontrado allí una solución de bajo costo para llegar a sus consumidores.

Aunque nadie piensa en la economía informal cuando se habla del comportamiento de la economía colombiana, su tamaño podría acercarse al 39% del producto interno bruto medido por las cuentas nacionales. Es una realidad difícil de tratar, que despierta reacciones contradictorias. Quienes operan en la economía informal violan múltiples leyes y regulaciones nacionales y municipales; de hecho, sus ventajas competitivas se basan precisamente en este factor. Las empresas que se valen de trabajadores informales como vendedores o productores no quieren hablar del tema, pues saben que se meterían en problemas con las autoridades; tampoco están dispuestas a dejar de usar sus servicios. Los peatones lamentan la toma del espacio público por los vendedores ambulantes, pero les compran para aprovechar los precios. Los trabajadores informales piden ayuda y solidaridad del resto de la sociedad, pero con frecuencia no les interesa ubicarse en un empleo formal.

Como resultado, se ha generalizado en nuestra sociedad una actitud ambigua y pasiva hacia el tema, una especie de acuerdo tácito para dejar ser. Esta salida para el dilema tiene un costo muy alto. La economía informal mantiene niveles de improductividad que arrastran hacia abajo todo el potencial de la economía colombiana. Si el país lograra involucrarla en el cauce formal, esta actividad haría una contribución enorme al crecimiento y a la generación de riqueza. El potencial del sector informal se ha convertido en uno de los temas críticos del crecimiento mundial. De acuerdo con Hernando de Soto (autor de El misterio del capital y quien podría ser "el más importante economista vivo en el mundo", en opinión del ex presidente Bill Clinton, según lo afirmó en el reciente Foro Económico Mundial de Davos), la economía informal es la más importante fuerza económica en el mundo en desarrollo, y la más desaprovechada (ver entrevista página 34). Si lográramos integrar la economía informal en el cauce de la sociedad y liberar el potencial de riqueza que ella encierra, países como Colombia podrían acelerar su crecimiento y reducir en décadas el tiempo necesario para la erradicación de la pobreza.



Oculta a la vista de todos

El término "economía informal" abarca una gran cantidad de actividades que tienen en común el hecho de no estar registradas en las cuentas nacionales. Incluye empresas que funcionan por fuera de los registros oficiales, trabajadores de esas empresas y autoempleados, vendedores ambulantes, trabajadores domésticos, trabajadores de tiempo parcial que no se emplean en empresas formales, y muchos otros. El concepto no incluye las actividades ilegales, como la venta de droga ni los ingresos de empresas formales que evaden impuestos.

Tan solo por su tamaño, la economía informal debería ser foco permanente de análisis y seguimiento en nuestro país. De acuerdo con un reciente estudio del Banco Mundial, en Colombia equivale al 39% del PIB, uno de los porcentajes más altos entre las economías de América Latina, solo comparable con Brasil (40%) y Perú (60%).

El trabajo informal está fuertemente concentrado en algunos sectores. Según el Dane, los sectores que presentan la mayor participación de empleo informal son comercio y servicios. El 40% de la población ocupada en comercio es informal, mientras que en servicios es 20,3% y en industria 16,7%.

Estas cifras son reveladoras y demuestran que la actividad informal es un competidor significativo en un amplio número de sectores. Cifras de Fenalco muestran que en Bogotá puede haber entre 25.000 y 30.000 vendedores, si bien no hay un censo. El número de vendedores ambulantes se elevaría a 100.000 en todo el territorio nacional. Un sondeo entre distribuidores estima que en Bogotá este tipo de comercio puede mover unos $300.000 millones al año.

La construcción de vivienda es otro caso en el cual la actividad informal es un factor de enorme importancia. Se calcula que entre el 35% y el 40% de la vivienda del país es informal. De acuerdo con Andrés Escobar, consultor y ex director de Metrovivienda, en Bogotá se construyen ilegalmente 160 hectáreas al año, un negocio que puede valer $140.000 millones anuales. "El 28% del desarrollo urbano del suelo de Bogotá nació a partir de desarrollos ilegales, y hoy tenemos el 35% de la población viviendo en esos lugares", afirma Juan Carlos Ortega, subdirector de control de vivienda del Dama.



Mundos paralelos

La convivencia entre la economía formal y la informal merece mucha más atención de la que ha recibido. Esa convivencia se mueve entre la hostilidad abierta y la cooperación más o menos explícita.

En muchos casos, la convivencia se da mediante un sistema logístico que permite el flujo de mercancías y dinero de un sector a otro sin que los actores principales tengan que conocerse. Detrás de los vendedores ambulantes, por ejemplo, hay un sistema de distribución que conecta a empresas formales y piratas. "Hay distribuidores que compran en volumen a los fabricantes y tienen subdistribuidores que les llevan mercancía a los ambulantes. La fábrica no tiene manera de saber a quién le están vendiendo", explica un industrial.

Otros vendedores ambulantes o maneros llegan directamente a los comerciantes. "Los maneros compran mucho en nuestros puntos de venta. Son los que montan la mercancía en una carretilla, en el andén o en bazares públicos. Su volumen de compras es pequeño. Tienen un capital destinado para temporada escolar, compran 10 cajitas de cuadernos, le entregan una parte al hijo y ellos se llevan otra parte dos cuadras más adelante. El capital no es grande, solo que le dan mucho dinamismo y movimiento a lo que invierten", explica Luis Galván, de Provisiones Roca Viva, en Pereira, un mayorista de productos para cacharrerías y misceláneas.

El sistema de distribución puede ser muy sofisticado. En el caso de los periódicos, las casas editoriales le entregan los periódicos con un 30% de descuento al sindicato de voceadores de prensa y lotería, que se queda con el 5% y les transfiere el descuento a los mayoristas, que pueden ser afiliados o no al sindicato. El periódico se distribuye por zonas, donde los mayoristas se lo entregan a sus vendedores, que ganan una comisión por periódico vendido.

Otro caso que ha sido notable en esta convivencia entre lo formal y lo informal es el de Amarillos por Colombia, que organizó a los vendedores en las esquinas para vender tarjetas prepago de telefonía. Esa iniciativa, que llegó a tener 7.000 vendedores ambulantes en Bogotá, se extendió rápidamente porque entendió cómo generar un incentivo para todos los participantes en la cadena de distribución. "Empezamos en tres esquinas y cuando vieron que el producto era 'machete' nos buscaban", explica Fernán González, quien participó en este proyecto. "Tuvimos problemas con los distribuidores de basuco, porque los vendedores veían que las tarjetas eran mejor alternativa para ganarse la vida". Amarillos por Colombia desapareció después de un prolongado enfrentamiento con la administración de Antanas Mockus, que les impidió seguir actuando debido al uso ilegal que hacían del espacio público.



Los problemas

Pero es imposible obviar los problemas que se dan en la convivencia entre estos dos mundos. Las empresas formales protestan por la competencia desleal que plantea la actividad informal. Los trabajadores informales no cuentan con seguridad social y están expuestos a toda clase de injusticias y riesgos. La toma de bienes públicos como las aceras y las vías reduce la calidad de vida de todos los habitantes de una ciudad. Los productos de la economía informal no cumplen los estándares ni tienen garantías y pueden causar perjuicios a los consumidores. Estos son temas de gran trascendencia en la definición de una sociedad.

El énfasis de Antanas Mockus en la necesidad de cumplir las reglas de uso del espacio público, que causó un enfrentamiento permanente con los vendedores ambulantes, por ejemplo, sale de una profunda convicción respecto a lo que debe ser el respeto a la ley en la cultura de los ciudadanos. "Cuando se trata de respetar la ley no puede haber casos importantes y otros ligeros", afirma Mockus. Desde este punto de vista, en una sociedad como la colombiana, en la cual la tentación de hacer justicia por los propios medios está tan arraigada, es indispensable hacer respetar todas las normas.

Por otra parte, está la visión de Hernando de Soto, para quien la esencia del capitalismo está en unas instituciones y un sistema legal que permita la existencia de la propiedad privada y el ejercicio de la acumulación del capital. Los países en desarrollo fracasan en la producción de riqueza, porque no han logrado involucrar a la gran masa de la sociedad en unas instituciones que les permitan tener propiedad privada. Los pobres tienen activos, principalmente vivienda, pero no tienen títulos legales sobre ellos. En consecuencia, no pueden transarlos, no pueden sumar capitales mediante la constitución de sociedades, no pueden tomar deudas para desarrollar empresas y el potencial de riqueza encerrada en sus activos no llega a materializarse nunca.

La solución que plantea De Soto es facilitar el reconocimiento de la propiedad sobre los activos de los pobres. En su libro El misterio del capital, De Soto muestra cómo el desarrollo económico de Estados Unidos estuvo ligado al reconocimiento de la propiedad que habían tomado los colonos a medida que avanzaban hacia el Oeste. De Soto sugiere que un reconocimiento similar de títulos de propiedad en los países en desarrollo permitiría liberar riqueza rápidamente. De hecho, en un programa de formalización realizado en Perú, De Soto estima que los beneficios para los pobres llegan a cerca de US$9.400 millones.

El tema de la informalidad tiene muchas aristas y despierta grandes pasiones. Está estrechamente ligado con la justicia, la equidad, la existencia de oportunidades, la competencia justa y la pobreza. Es un problema muy complejo y no hay fórmulas mágicas para resolverlo. Sin embargo, por difícil que sea, Colombia no puede seguir dándose el lujo de ignorar su existencia y aceptar que las cosas sigan como están. Es hora de discutir en serio alternativas que, como las que plantea Hernando de Soto, pueden ir en contra de lo convencional, pero podrían generar una nueva salida para el potencial dormido de generación de riqueza en la sociedad colombiana.
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