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| 9/1/1997 12:00:00 AM

Mujeres en el poder

En ningún país de América Latina la mujer ha progresado tanto en el mercado laboral como en Colombia durante los últimos 25 años.

Hace apenas dos décadas, la discusión sobre si se debía decir presidente o presidenta, gerente o gerenta, era prácticamente irrelevante en Colombia. Era tan excepcional que una mujer ocupara alguno de esos cargos, que no había lugar a debate. Hoy las cosas son bien diferentes. Dos de cada cinco ejecutivos de alto nivel en el país son mujeres. Solamente en los cuatro grandes grupos económicos hay cerca de 40 ejecutivas manejando algunas de las empresas más importantes del país (ver página 194). Y el esquema se reproduce, casi igual, en los altos cargos del poder público. Presidentas, ministras, vicepresidentas, gerentas (o como se diga) son hoy la norma en el país, que ya no la excepción.



La verdad es que en ningún país de América Latina, la mujer ha progresado tanto en el mercado laboral como en Colombia durante los últimos 25 años. La participación de las mujeres en la fuerza de trabajo ha crecido en forma excepcional. A comienzos de los años setenta, apenas una de cada cuatro mujeres participaba activamente en el mercado de trabajo. A mediados de los noventa, la participación laboral había alcanzado ya al 50% de las mujeres. Esto quiere decir que por lo menos una de cada dos mujeres estaba trabajando a cambio de un sueldo o estaba buscando afanosamente puesto. Y eso ha tenido unas repercusiones enormes sobre el conjunto de la fuerza de trabajo del país.



Como en muchos otros aspectos del desarrollo colombiano, la velocidad con la cual se ha producido la transformación en este campo ha sido enorme. Una consecuencia de los cambios señalados es que más de un millón de mujeres que nunca en su vida habían trabajado se han vinculado en estos años al mercado laboral. Por eso no es de sorprender -como lo indica la Comisión Económica para América Latina Cepal, en un trabajo reciente sobre el Panorama Social de América Latina-, que las mujeres colombianas entre los 25 y los 45 años tengan hoy en día una de las mayores tasas de participación laboral en la región, fenómeno que se puede corroborar a simple vista recorriendo las principales capitales del centro y el sur del continente.



Con semejante cantidad de mujeres ingresando al mercado de trabajo -en una sociedad que se ha creído tan machista como la colombiana-, la situación laboral femenina tendría que haberse deteriorado en todos estos años y ser muy débil en la actualidad. En un panorama de aumento acelerado de la mano de obra femenina, cualquier economista habría esperado que las tasas de desempleo femenino se dispararan, que los ingresos relativos de las mujeres frente a los hombres se mantuvieran muy reducidos y que aumentara la discriminación de la mujer en el mercado de trabajo. Y es muy posible que eso haya sucedido durante un tiempo, como seguramente lo corroboran muchos de los estudios realizados en los últimos setenta y ochenta en el país.



Adiós sabiduría



Como en muchos otros frentes en Colombia, sin embargo, los hechos en materia laboral han cambiado más rápido que el pensamiento de los analistas. En los últimos meses se han publicado, o están en vía de publicarse, estudios de gran rigor empírico que así lo demuestran. Varios fueron realizados por Rocío Ribero -una joven economista con PHD en la Universidad de Nueva York y profesora de la Universidad de los Andes- y en ellos presenta evidencias lo suficientemente contundentes como para poner en cuestión gran parte de la sabiduría convencional. Sus investigaciones llegan, en particular, a tres conclusiones que de no ser porque están muy bien respaldadas por las cifras, resultarían difíciles de aceptar:



1. Durante los últimos 20 años, los salarios de las mujeres han crecido mas rápidamente que los salarios de los hombres.



2. La discriminación de la mujer en el mercado de trabajo en razón de su educación ha desaparecido. Hoy en día las mujeres tienen mayor educación que los hombres y el reconocimiento monetario que el mercado hace por tal educación no es diferente que en el caso de ellos. Por cada año de educación, una mujer recibe en promedio un 11% de salario adicional. A diferencia de los hombres, que han visto disminuir en los últimos años la rentabilidad de su educación, ésta se ha mantenido estable para las mujeres a lo largo del tiempo.



3. Las oportunidades han mejorado en especial para las mujeres más jóvenes y con mejores niveles de educación, sobre todo para las mujeres nacidas a partir de la segunda parte de los cincuenta. Pero han seguido en aumento: para el grupo de mujeres nacidas a partir de los sesenta que logró educarse, la participación laboral y las remuneraciones ya no difieren significativamente de aquellas de los hombres. Y esto es un hecho inusual en el mundo.



Basada en tales descubrimientos, que demuestran que los cambios de la mujer en el mercado de trabajo han sido dramáticos, Ribero concluye que "las diferencias entre los ingresos de los hombres y las mujeres en períodos largos ya no se deben a la discriminación laboral del capital humano de la mujer, porque sus retornos son ahora iguales que en los hombres. Las fuentes de diferenciación ahora radican mucho más en la experiencia laboral de las mujeres".



Un tema de moda



Las conclusiones de Rocío Ribero y de otras investigadoras que han trabajado con ella, como Carmen Juliana García y Claudia Meza, podrían no convencer a muchas o muchos analistas escépticos. Pero la verdad es que, aunque no dejan de ser sorprendentes, están respaldadas por investigaciones internacionales de alto nivel, realizadas por entidades que han mostrado un gran interés por el tema en los últimos años, como las Naciones Unidas y el Banco Mundial. Esta última entidad publicó el año pasado un estudio de George Psacharopoulos, el más conocido economista de la educación y los mercados laborales del mundo, sobre la situación laboral de las mujeres en América Latina. Y en éste se demuestra que si bien las mujeres todavía obtienen ingresos menores que los hombres, el país que tiene la menor brecha salarial en todo el continente es Colombia.



Pero eso no es todo. El carácter dramático de los cambios en la situación laboral de las mujeres colombianas se refleja también en la escala de ocupaciones. El informe sobre el Desarrollo Humano de 1997, de las Naciones Unidas, permite hacer una comparación acerca de la importancia de las mujeres en los cargos altos en las diferentes regiones del mundo. Y, de nuevo, los resultados son sorprendentes. La participación de las mujeres colombianas en los puestos ejecutivos y de gerencia es dos veces más importante que en el resto del mundo. Y la participación en los cargos públicos es tres veces superior a la del mundo en desarrollo, supera en tres veces a la de los países de la Organización Económica para la Cooperación y el Desarrollo, OECD, es cinco veces mayor que la de los países de Europa Oriental y 10 veces más importante que en los países árabes.



El poder relativo de las mujeres en ese campo es bastante claro. Con Ecuador y Panamá, que tienen una altísima participación de la mujer en la gerencia, Colombia es un país privilegiado para las mujeres que quieren tener acceso a los más altos cargos directivos del sector empresarial. (Ver Gráfica) Y en el caso de la participación de la mujer en los cargos públicos, no existe ningún país en desarrollo en donde la mujer tenga mayor presencia. (Ver Gráfica)



Todo lo anterior no significa, por supuesto, que los problemas de la mujer en el mercado de trabajo colombiano hayan desaparecido. En junio de 1997, la tasa de desempleo de las mujeres era casi el doble de la de los hombres. Y las fuentes de diferenciación del grupo de las mujeres parecen ahora más notables que antes. Por ejemplo, las mujeres con más hijos y con responsabilidades familiares por rupturas de la relación conyugal tienden a ser discriminadas en el mercado. Y aquellas que tienen menos interrupciones en su carrera laboral y más horas posibles de trabajo por el menor número de hijos y la mayor estabilidad de la relación de pareja tienden a destacarse notablemente.



El ascenso al poder laboral de las mujeres no ha estado, además, exento de dificultades y retos, tanto para ellas como para la economía nacional. Por el contrario, la creciente heterogeneidad de las condiciones laborales de la mujer ha contribuido mucho más a la desigualdad del ingreso que lo que muchos reportes gubernamentales atribuyen a la apertura y a la liberalización de la economía. Sin embargo, a pesar de la diferenciación, el progreso laboral de la mujer colombiana típica es notable.



Aún más notable es el ascenso en los cargos de poder. La muestra de ejecutivas que presenta Poder & Dinero es una prueba fehaciente de ello. Presidentes o presidentas, gerentes o gerentas, lo cierto es que están en el poder.

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